La editorial Páginas de Espuma acaba de publicar una edición comentada e íntegra de los Cuentos completos de Edgar Allan Poe con una nueva traducción de Rafael Accorinti. Se trata de una apuesta que busca acercar la obra del autor estadounidense a nuevos lectores y actualizar en el siglo XXI una lectura que en español estuvo marcada durante casi 70 años por la versión de Julio Cortázar. La publicación suma una edición a cargo de Fernando Iwasaki y Jorge Volpi, prólogos de Mariana Enriquez y Patricia Esteban Erlés, e ilustraciones de Arturo Garrido.
Edgar Allan Poe (1809–1849) es mundialmente reconocido como el padre del cuento de terror psicológico moderno y el inventor del género policial (gracias a su detective Auguste Dupin) pero su literatura se mueve más allá de esas casillas. Su estilo revolucionó la novela gótica tradicional y dejó de lado los monstruos fantásticos para enfocarse en los demonios interiores, la locura, el miedo a ser enterrado vivo y la obsesión por la muerte. Entre sus cuentos más memorables están “El corazón delator” y “Los crímenes de la calle Morgue“.
A continuación, Infobae Cultura publica el prólogo que escribió Mariana Enriquez, destacada autora argentina, actualmente es considerada la mayor exponente del terror contemporáneo en habla hispana y una de las voces más influyentes de la literatura latinoamericana contemporánea.
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El gran capitán
Cuando se leen así, uno detrás del otro, como acabo de hacer, todos los cuentos de Edgar Allan Poe, casi mil páginas de trabajo, es inevitable preguntarse, ¿por qué se lo exalta como el gran maestro del horror? En las Histoires extraordinaires, la célebre recopilación traducida y prologada por Charles Baudelaire, el poeta no incluyó solo los cuentos de terror: el volumen abre con “Los asesinatos de la rue Morgue” y “La carta robada”, dos de los cuentos que ubican a Poe como el creador del género policial, junto a “El misterio de Marie Rogêt” –y en menor medida, “El escarabajo de oro”, que se ubica entre la deducción y el relato de aventuras–. En los tres primeros aparece Auguste Dupin, modelo del detective racional que luego toma Arthur Conan Doyle para su Sherlock Holmes, y el resto, como se dice, es historia. La potencia de esos relatos policiales y su importancia en la literatura bastarían para consagrarlo como Gran Maestro. Un año después, en 1857, Baudelaire sí incluyó en una segunda edición muchos de los cuentos que hoy se consideran clásicos del terror en Nouvelles Histoires Extraordinaries. No puede atribuirse la fama de Poe y su entidad como icono tenebroso solo por esta edición. Hay sintonía, sin embargo, en la sensibilidad mórbida y satánica de Baudelaire, en esos años de preludio a Los poetas malditos de Paul Verlaine, Contra Natura de Joris-Karl Huysmans, y el breve fin de siglo simbolista obsesionado por la muerte y la decadencia que lo convierte en un santo patrono de aquel fin de siècle. Poe encarnaba aquella sensibilidad y la llevaba al extremo. Sin embargo, hoy no queda atrapado, en absoluto, en el espíritu de época. Y tampoco sus cuentos de horror. Edgar Allan Poe dialoga con la contemporaneidad. Qué tontería: esa es la definición de un clásico. Lo que sucede es que sus otros relatos, todos notables, no están en la misma conversación.
Insisto, en este volumen, Poe el escritor aparece en diferentes ropajes. Relatos metafísicos, casi todos en forma de diálogos, como “El coloquio de Monos y Una”, sátiras como “Conversación con una momia” o “El diablo en el campanario”, tertulias en el mundo clásico, relatos inspirados por su experiencia periodística, cuentos influenciados por temas de la época que probablemente le resultaban fascinantes, como el mesmerismo o el magnetismo, ciencia ficción pionera. Y entre estos relatos asoman tímidamente, pero contundentes, los de horror. Cuando lo acusaron de copiar a E. T. A. Hoffmann en sus cuentos de miedo, Poe dijo: “El terror no viene de Alemania, viene del alma”. Fue tan honesto cuando lo explicó de esta manera. Está expuesto en estos cuentos: no hay, más allá de su técnica prodigiosa, demasiados artificios que lo oculten. Casi que lo puede ver, o escuchar, un poco desafiante y un poco avergonzado. La escritura de Poe posee una precisión endiablada que, por supuesto, capturó a Borges y Cortázar, también sus traductores, enamoró a los franceses al punto de convertirse en faro en las tinieblas, y no solo para los decadentistas: Julio Verne, por ejemplo, escribió una secuela a The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket.
Pero a pesar de que cuando Poe irrumpió puso patas para arriba toda la literatura, el terror es su gran medalla. Porque es en el terror donde desata una tempestad psíquica que, hasta hoy, cuando ya lo leímos y vimos todo, exuda demencia, atrevimiento, verdad. Introducir la biografía en la obra es penoso en la mayoría de los casos y debería evitarse, pero Poe era alcohólico, fue abandonado por su padre, su madre murió de tuberculosis cuando era niño, a los veintisiete años se casó con su prima Virginia Clemm, de trece –la pareja estuvo casada más de una década, hasta que ella también murió de tuberculosis– y su vida por lo menos inquieta está bien documentada, incluso su muerte incierta a los cuarenta en Baltimore. Esa turbulencia e inestabilidad está sobre todo en sus cuentos de horror, pero no de modo transparente. No escribe sobre lo que le ocurría, sino cómo se sentía toda esa angustia.
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“Morella” es el primer cuento donde aparece la muerta fantasmal y hermosa, la moribunda enamorada, su personaje más recurrente. El relato se publicó el año de su casamiento con la niña Virginia, y no podemos suponer, no lo sabemos, que Poe albergase sentimientos mórbidos respecto de su joven esposa, que en ese momento estaba sana. ¿Quizá fue el terror a perderla? ¿Quizá sencillamente quiso escribir un cuento de romanticismo gótico, así como había incursionado en tantos otros géneros? En el cuento, lo aterrador es el deseo del narrador: quiere que esa mujer muera. “Aguardaba con un afán salvaje y devorador el instante de la muerte de Morella”. Y ella muere, en el parto, pero deja a su hija, que es un doble, está poseída por la madre... ¿o no? El crimen, si se tratase de una posesión sobrenatural, queda más o menos justificado, pero Poe se encarga de hacernos saber, con su ambigüedad característica, que el narrador posiblemente es presa de una obsesión desaforada. Le sigue, en orden cronológico, “Berenice”: es la prima del narrador, con lo que la referencia a Virginia parece obvia, aunque, a mediados del siglo XIX, los matrimonios entre primos tampoco eran un escándalo. El narrador se llama Egaeus, es un hombre rico y culto, que se reconoce enfermo de lo que llama “monomanía”, una suerte de hiper interés o fijación por ciertas cosas, por cualquier cosa. Berenice es su mujer amada, que pronto estará moribunda. Antes de morir se le aparece, o su fantasma vivo lo hace, o la mente enajenada de Egaeus la convoca: como sea, ella sonríe y él se obsesiona con sus dientes. Este cuento tiene uno de los finales más espantosos jamás escritos; el ritmo y el estilo son de una pesadez embriagadora. Es una pesadilla en la que aparecen casi todos los temas obsesivos de Poe: los dientes (aparecen en «Metzengerstein», en «Hop Frog», en «Los hechos del caso del señor Valdemar»), la muerte de una mujer hermosa y el entierro de una persona viva, en un ataúd o en alguna otra parte. Agregaría la enfermedad, física y mental.
«Ligeia» sigue el mismo patrón, pero aquí la oscuridad entre las palabras es perfecta, es una noche que avanzó hasta el eclipse, es Poe sin contención de su morbo en un cuento de altísimo espanto y detalle. Ligeia es la esposa perfecta, de una belleza extraña, moribunda por supuesto, pero en este caso además muy culta. Cree, porque con su esposo y narrador son estudiosos del trascendentalismo, que se puede vencer a la muerte con la voluntad. Que se puede luchar contra el Gusano Conquistador, título además del poema de Poe incluido en el cuento. Ligeia muere («mi amada, mi augusta, mi bella, mi sepultada») y el esposo, aunque la encuentra inolvidable e incomparable, se vuelve a casar con la pobre Rowena, a quien lleva a su cámara nupcial en una torre, un lugar que parece una fantasía húmeda de un joven vampiro. La horrenda agonía y el drama de la vivificación de Ligeia es pura perversidad y también erotismo, porque existe la atracción en un relato resurreccionista que es en sí voluptuoso, escrito sobre terciopelo azul.
“Eleonora”, el nombre de la siguiente víctima, tiene un poco de final feliz y este sí se considera autobiográfico, en parte al menos, porque se publicó cuando Virginia cayó enferma de la enfermedad que la mataría. Eleonora es la prima del narrador, una vez más. Y él reconoce estar loco desde el vamos, pero aquí también se protege y admite que el trastorno lo hace especial. “Los hombres me han tachado de loco, pero aún no se sabe si la demencia es o no la inteligencia más elevada”. Eleonora, que es una buena chica, teme que, cuando muera, el amado la abandone. Entonces, le promete regresar, si puede, una vez que él jura no volver a tocar a ninguna mujer. Así muere feliz y el novio a la espera de su fantasma. Pero, como sucede con Ligeia –aunque aquí no hay abadías oscuras, sino valles de flores y sol sobre los amantes–, el hombre se vuelve a casar. Y, en vez de sufrir un haunting, recibe la bendición de la buena de Eleonora. Ni siquiera es un cuento de fantasmas: es romanticismo con elemento sobrenatural de lo más benigno. “La caja oblonga”, en cambio, mezcla el misterio y el cuento de aventuras –un barco que naufraga, los sobrevivientes– con la necrofilia: tiene un tono detectivesco y toma también ciertos elementos de un crimen célebre en el momento de ser publicado (el de Samuel Adams), pero lo que hay en la caja del título es una mujer muerta, y resulta que cada noche, en su camarote, el marido abre la caja misteriosa y desde afuera se lo escucha llorar. Quién sabe si hace algo más con ella, en la noche del mar.
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La última de sus chicas muertas –hay algunas más, pero no es el personaje central– es la del breve y hermoso “El retrato oval”, que inspiró a Oscar Wilde su retrato de Dorian Gray. Una joven de rara belleza se casa con un pintor a quien nada le importa más que su arte. Y posa para él, sin descanso, y él no nota que ella se va muriendo con cada pincelada. Hasta que, claro, levanta la cabeza y la ve muerta en su silla.
En su ensayo sobre escritura de 1846, Filosofía de la composición, Poe afirma que “la muerte de una mujer hermosa es, sin cuestionamientos, el tópico más poético del mundo”.