Quiero escribir desordenado, fragmentado y contrariado, que es como está mi cabeza en estos días: desordenada, fragmentada y contrariada. Quiero también que me puedan entender y que sepan comprender esta imposibilidad de cohesión, de coherencia interna del texto que refleja la incoherencia interna de mi mente. Voy a disectar entonces estos pensamientos para poder darles forma, y los libros y el cine –el arte– siempre ayudan…
Matrix (1999-2003), la trilogía de las hermanas Wachowski, cuenta la historia de Thomas Anderson, un programador informático y hacker conocido como Neo. La humanidad ha sido sometida y la mayoría de las personas viven sin saberlo dentro de una realidad artificial, mientras que sus cuerpos son utilizados como fuente de energía. Neo es contactado por Morfeo y Trinity, quienes lo sacan de la simulación y lo llevan al devastado mundo real, donde descubre que puede ser “el elegido”, una figura capaz de doblegar o trascender las reglas de Matrix. La trama sigue su despertar: desde la duda y la confusión hasta el conocimiento, la resistencia, el sacrificio y los primeros signos de liberación.
Entre otras tantas ideas profundas, la película explora una ansiedad más moderna: que los sistemas tecnológicos, la ideología o el condicionamiento social pueden moldear la conciencia de tal manera que las personas consientan su propio cautiverio. Por lo tanto, el viaje de Neo no es solo físico, sino también epistemológico y espiritual: debe aprender a ver más allá de las apariencias, desconfiar de la realidad heredada y descubrir que la liberación comienza en el pensamiento. En una entrevista para una revista alemana, Yung-Chul Han plantea que “nos explotamos voluntaria y apasionadamente”, al referirse a una lógica del trabajo contemporáneo, especialmente en contextos flexibles o digitales, donde la disponibilidad permanente puede presentarse como autonomía cuando en realidad intensifica la presión. Una gran matriz. “bienvenido al desierto de lo real”, le dice Morfeo a Neo cuando lo lleva a ver el paisaje del planeta con un cielo incendiado.
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En su libro Elogio de la lentitud, Carl Honoré cita al doctor Larry Dossey, quien en 1982 acuñó la frase “enfermedad del tiempo” para referirse a ese estado mental en que sentimos que el tiempo vuela, que debemos acelerar nuestra vida para poder ir al ritmo del tiempo. La imposibilidad de hacerlo generaba, según Dossey, ansiedad, estrés, incapacidad de disfrutar el momento. Esto se debe, según el doctor, a que esta dolencia, esta enfermedad, surge de una visión lineal y monocromática del tiempo, contraria a nuestra naturaleza… y a la física moderna. Honoré, que escribió Elogio de la lentitud en 2004 ya planteaba que “este libro no es una declaración de guerra a la velocidad, ya que esta ha ayudado a rehacer el mundo de manera extraordinaria y liberadora. ¿Quién quiere vivir sin Internet o los vuelos en reactor? El problema estriba en que nuestro amor a la velocidad, nuestra obsesión por hacer más y más en cada vez menos tiempo, ha llegado demasiado lejos. Se ha convertido en una adicción, una especie de idolatría”. 20 años después podemos hacer una película de cero costo en un celular, en pocos minutos, sin humanos y que casi nadie note la diferencia.
Muchos usuarios la verán en velocidad x2 para acelerarla y así terminar de verla en la mitad del tiempo.
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En 1951, Isaac Asimov escribió el cuento “Cuánto se divertían”. Es un relato breve en el que dos niños tienen clases en su casa con un “maestro” que es una computadora. Sí, 1951. El cuento comienza así: “Margie lo anotó esa noche en el diario. En la página del 17 de mayo de 2157 escribió: “¡Hoy Tommy ha encontrado un libro de verdad!”. Entonces Margie recuerda que el abuelo le había contado que su abuelo le había contado que leía esos libros y que eran maravillosos porque, entre otras cosas, “las palabras se quedaban quietas”. El cuento es hermoso y muy inocente. O tal vez no. En un momento el “maestro” comienza a exigirle mucho a la niña y la madre llama a un inspector que desarma la computadora, la arregla y concluye: “Creo que el sector de geografía estaba demasiado acelerado. A veces ocurre.” Así el cuento avanza sobre la indagación de los niños acerca de las escuelas de antaño y que los niños iban juntos a un lugar y había maestros humanos. Esto impacta en la niña que vuelve a su “maestro” y mientras la máquina le enseña aritmética ella piensa “que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían”.
En la adaptación cinematográfica del libro Contacto, de Carl Sagan, la protagonista tiene un contacto con alienígenas por radio. Un jurado que la convoca para indagar sobre el tema le pide que la investigadora diga qué les preguntaría a los alienígenas si pudiera hablarles. Ella dice: “Les preguntaría ‘¿Cómo lo hicieron? ¿Cómo evolucionaron, cómo sobrevivieron a esa adolescencia tecnológica sin destruirse?’”. Hoy en casi todas las escuelas se está prohibiendo el uso del celular, no por el celular, sino porque las pantallas aíslan, nos dejan solos bajo un manto de extraña compañía y destruyen nuestra capacidad de estar con otros. Alejar a los niños de los celulares al menos por unas horas es una forma de sobrevivir a la tecnología sin destruirnos. Si tienen ganas de escuchar el cuento de Asimov, aquí se los leo.
El lunes, mi amigo Pablo Martínez Samper me envió un artículo de reciente publicación en el blog de Andrew Yang. Este autor sostiene que la IA está haciendo ahora con el trabajo intelectual lo que las primeras oleadas de automatización hicieron con la industria manufacturera. Su visión hace tiempo se ha enmarcado como “centrada en el ser humano” y su intención es buscar formas de paliar la inminente desocupación masiva. Todo conocido hasta ahora excepto que en este último posteo Yang se puso más apocalíptico que nunca. En “The End of the Office” (El fin de la oficina), el autor sostiene que la inteligencia artificial está automatizando rápidamente el trabajo de oficina y podría eliminar un gran número de puestos de trabajo, no solo en codificación de información o análisis, sino también en gestión, tecnología del mercado, finanzas, derecho y otras profesiones administrativas. Advierte que esto provocará consecuencias sociales más amplias, como quiebras, debilitamiento de las economías de servicios locales, menos oportunidades para los graduados universitarios, distritos comerciales más vacíos en los centros urbanos y un aumento de la ira pública a medida que se rompe la promesa tradicional de que la educación conduce a la estabilidad. Su argumento principal es que la IA está remodelando el contrato social más rápido de lo que las instituciones pueden responder. Las últimas líneas de este posteo te ponen la piel de gallina: “Prepárate para una situación intergeneracional increíblemente difícil. Cierra las puertas y ventanas, y haz lo que puedas por ti mismo y por los que te rodean”.
Esa misma tarde encontré una nota en el New Yorker que hablaba de la app Friend para encontrar maridos no humanos; no parejas, no amantes, no encuentros furtivos, una app de maridos virtuales. Por suerte, la noche de ese mismo lunes fui a ver la premiere de Como bestias, de Violaine Berot, en la adaptación teatral de Claudia Piñeiro y Marcelo Moncarz; en la bella sala Hasta Trilce. Conmovedora, durísima, de muy difícil puesta. Esta novela habla de la mirada humana, la aceptación del otro, las formas que tenemos de contarnos las historias, los traumas. La sala estaba llena y por momentos nadie respiraba y estábamos todos juntos, presentes al hecho artístico, muy cerca de los actores y actrices: podíamos ver sus gestos con claridad, oír sus respiraciones; y creo que ellos también nos sentían a nosotros. Cuerpos, música en vivo, palabras, gestos, frágil humanidad, conexión real. Compartí este momento con las bellas Dolores Reyes y Selva Almada. Antes de entrar, con un timing poco feliz, les conté de la nota de Yang y creo que les contagié la angustia, pero Dolores le dio una vuelta de tuerca, más duro aún para mi angustia: “Encima, cada vez que hacemos esos videítos de pocos segundos consumimos miles de litros de agua”.
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El martes charlaba con Pato Kolesnicov sobre el tema (estoy un poco intensa) y compartimos un video hecho enteramente con IA. La historia es la siguiente: una mujer llama a un jardinero de la empresa “manos auténticas” para que el jardín parezca imperfecto. El hombre va recortando partes de plantas dándole toques humanos. Al irse, la mujer le dice “perfecto, se ve vivo”. Luego le pregunta al hombre qué hacía antes y el jardinero le responde que había sido CEO de una corporación de IA, a lo que ella le responde: “El mercado está difícil”. Más tarde, llega el jefe del marido y le dice: “Qué bien, a tu jardín lo hace un humano, qué buen gusto.” Por suerte, luego comenzamos a mandarnos fotos de los exquisitos boios turcos que Pato cocina para su familia y entramos al fascinante mundo de la cocina, y las manos, los olores y sabores de la infancia, y se me fue un poco la angustia. Pero luego, mi amiga Magda, con quien también compartí el video, me respondió: “La paradoja es que el corto está hecho con IA”.
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En estos días surgió una nueva dificultad: la de distinguir videos reales de los falsos en los ataques en el conflicto bélico en Irán. Esto ya pasaba, pero siempre podía rastrearse el video original, ahora ya no, porque es “original”. Muchos de ustedes, los más grandes, recordarán aquella famosa película Mentiras que matan (Wag the dog), una sátira política de 1997 dirigida por Barry Levinson, escrita por Hilary Henkin y David Mamet, y protagonizada por Robert De Niro y Dustin Hoffman. La trama sigue a un asesor político y a un productor de Hollywood que inventan una guerra ficticia para desviar la atención de un escándalo sexual presidencial antes de una elección. La película se volvió célebre por su mirada sobre la manipulación mediática, la fabricación del consenso y el modo en que la política puede convertirse en espectáculo. En fin.
Además,cada día aparecen películas y series hechas enteramente con IA, canciones que llegan a primeros puestos y que no han sido cantadas ni compuestas por humanos o actores que llevan su cara, su voz, sus actuaciones a un registro de la propiedad para resguardar el uso que puedan hacer de su imagen. En Australia acaban de diseñar una computadora con neuronas humanas vivas. La ansiedad que se ha apoderado de muchos de nosotros no se debe únicamente a la pérdida de ingresos, aunque ese temor es real y acuciante. Se trata de un estremecimiento existencial. Por primera vez, nos enfrentamos a una imitación tan profunda que amenaza con colonizar lo que creíamos que era solo nuestro. En La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica de Walter Benjamin -ensayo escrito entre 1935 y 1936- el filósofo plantea de manera central la idea de que la reproducción técnica debilita el aura de la obra de arte; y define el aura como una presencia única ligada a su “aquí y ahora”, la presencia única de una obra en el tiempo y el espacio. Si una máquina aprende a jugar un juego como un niño –exactamente de la misma manera que aprende a jugar un niño– o puede cooperar con una base de datos para producir un “nuevo” Van Gogh, debemos preguntarnos qué tenía de especial el antiguo.
El peligro de la IA en las artes no es que produzca mal arte, sino que produzca arte perfectamente “bueno”, tan perfecto que necesite, como el jardín del video, tener fallas para parecer humano. Gabriel Levinas, el crítico de arte, habla desde siempre de “la falla” como gesto fundamental del arte, y hoy se vuelve más actual que nunca. La IA busca lo más probable, ya lo sabemos: el adjetivo más probable, la imagen más probable, la idea más políticamente correcta. No sabe hacer chistes, eso debería ser prueba suficiente de su falta de creatividad. No sabe reírse de nadie, y menos de sí misma. Si hay algo perfecto que tiene un cuadro de Van Gogh es precisamente sus limitaciones: la flexibilidad de su mano, la temperatura y humedad del ambiente, la luz que entraba por la ventana, su propia locura. Cuando miramos una obra humana, estamos viendo un registro de esfuerzo, un mapa de decisiones tomadas en la oscuridad. La pregunta ahora es si estamos a tiempo de redirigir toda esta tecnología, de volverla a nuestro servicio para seguir siendo nosotros los productores de lo que nos hace humanos.
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Asimov, de nuevo Asimov, entendía perfectamente los peligros de la IA. Las leyes de los robots que aparecen en el libro Yo, Robot eran tres:
- Primera Ley: Un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño.
- Segunda Ley: Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley.
- Tercera Ley: Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.
Así como hoy Andrew Yang en su entrada del blog “El fin de la oficina”, plantea el fin de un contrato social, recuerdo que el periodista Jorge Lanata ya hace varios años decía que la tecnología estaba avanzando mucho más rápido que la ética, y que debíamos encontrar leyes planetarias para los cambios que se venían. Tal vez estas tres simples leyes que Asimov escribió en el cuento “Círculo vicioso”, publicado por primera vez en una revista de ciencia ficción en 1941, sean una buena base para empezar a pensarlas.
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En estos momentos de tanta incertidumbre me viene a la cabeza la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera, que narra una epidemia inexplicable de “ceguera blanca” que se expande rápidamente por una ciudad sin nombre y desintegra todo orden social, hasta revelar la fragilidad y la violencia latente bajo normas que no asisten a todos por igual. A través del encierro, el hambre, el miedo y la degradación moral que sufren los personajes -entre ellos una mujer que conserva la vista y se convierte en testigo y guía-, la novela explora no solo la pérdida de la visión física, sino una ceguera ética y colectiva: la incapacidad de ver al otro como semejante; entender que lo que hoy le pasa a otros nos puede pasar a nosotros también, y que estamos juntos a la vez que solos en este nuestro planeta, “el pálido punto azul” del que hablaba Carl Sagan. Una de las frases más terribles de la novela de Saramago dice: “Por qué nos hemos quedado ciegos, No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón, Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.
Y hoy pienso en eso, en nuestra ceguera, pero también en nuestra indefensión y desamparo. Y pienso si lo que queda es cerrar puertas y ventanas y cuidar de los míos. Y toda la ciencia ficción que leí no alcanza para procesarlo.
Fotos: Reuters/ Mike Blake y archivo de Infobae.