
No sé dónde escuché por vez número doscientos mil que “no hay que llorar sobre leche derramada”. Como si fuera una premisa, una obviedad lo escuché: no-llorar-sobre-la-leche-derramada. Y pensé, perdón si ofendo, que eso es una pavada. O peor, que es algo dañino. Claro que hay que llorar.
Primero me pregunté si se nos pedía una reacción de robot ante una pérdida. Si yo fuera un auto de esos sin chofer que ya hay en algunas partes, por ejemplo, y atropellara a alguien... ¿me detendría a llorar sobre la sangre derramada? No, o sí, si me hubieran programado para eso. Ya sé que en el dicho no es sangre sino leche lo que se derrama. No una vida sino producción. Podría extenderlo a un proyecto, pongamos. ¿A un vínculo? Creo que sí, creo que a todas las pérdidas. La leche derramada es todo eso a lo que le pusimos corazón y trabajo y crash, se fue para siempre. Hay que estar loco para no llorar.
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Lo de “la leche derramada” parece que viene de una fábula que escribió en el siglo XVII el español Félix María Samaniego. Ya lo sabés: una joven campesina que va al mercado con el cántaro sobre la cabeza. Ilusionada, imagina cómo se multiplicará lo que gane vendiendo la leche. Son cosas modestas: con la ganancia de la leche comprará huevos, que se convertirán en pollitos y cuando los venda podrá hacerse de un cerdo y así. Ya sabés lo que pasa: de tan contenta que va, la chica pega un saltito, el cántaro se rompe y todo ese futuro se derrama a sus pies. “¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, huevos, pollos, lechón, vaca y ternero”, canta, cruel, Samaniego. Que termina dándole un consejo: que no sea ambiciosa, que cuide el presente antes de soñar con el futuro. Bueh.

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No me extrañaría que esa fábula fuera también la inspiración del Lamento Boricano, de Javier Solis, que seguramente oíste en la bellísima versión de Caetano Veloso: “Pasa loco de contento con su cargamento para la ciudad, para la ciudad, Lleva en su pensamiento todo un mundo lleno de felicidad, de felicidad. Piensa remediar la situación del hogar que es toda su ilusión”.
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Una vez que se le derramó la leche a la chica, o que el muchacho volvió con el cargamento sin vender no les queda otra que levantar el corazón del suelo y empezar otra vez. Y cuando digo “no les queda otra”, digo que los que no somos “de ascendencia noble”, como era Samaniego, si queremos seguir viviendo nos tenemos que poner de pie más temprano que tarde.
Pero para hacerlo como un ser humano con psiquis y no como un alienado, para hacerlo bien y no quedar tan magullados, primero hay que reconocer que se ha perdido algo, hay que rumiar esa pérdida, hay que sentir lo que se siente cuando las ilusiones o -y- las condiciones reales de vida se vienen abajo. Primero hay que saber sufrir, como dice el tango.
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No se puede matar el dolor con la indiferencia, hacer como que no pasa nada cuando pasa. El dolor insiste, se cuela, se vuelve otras cosas, busca alivios artificiales o araña el alma si no se le da su tiempo y se lo atiende bien. Por algo todas las civilizaciones tienen rituales de duelo. La muerte es la peor pérdida, la irreversible, pero se requiere sanar y seguir. Quien haya atravesado un duelo difícil sabe que, de ahí en más, se vive con la cicatriz y eso es haber hecho el duelo: estar marcado.
Los maestros de llorar por la leche derramada, creo, son los chicos. Les decís que no y lloran, se frustran porque quieren otra vuelta en la calesita y ya es hora de volver a casa y lloran, se va la amiga después de jugar toda la tarde y lloran con una congoja y un desconsuelo que a veces nos parecen desproporcionados. Están tramitando la idea de que su deseo es contrariado y como son nuevitos en esto, que luego será esencial para vivir, lloran. No les cuento si la perrita de la abuela se come la cabeza de esa muñeca que dejaron tirada.
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Empezar de nuevo no es negar el daño que se ha sentido, es haberse acostumbrado a la idea. Hay que llorar para eso, con lágrimas o como cada uno sepa.

Siempre me irritan los amigos que -porque nos quieren y no quieren que suframos- relativizan el motivo de nuestro llantos, ven el lado, tratan de mostrarnos que “no es para tanto”. Son las famosas buenas intenciones con las que está empredrado el camino del infierno. Por lo menos yo, no preciso que me digan que esa pérdida quee me tiene tan mal en realidad no es tan así y que en cambio no veo la suerte que tengo por lo que sí tengo. Antes de pasar a la etapa siguiente, necesito no tapar lo que duele, dejar que duela, llorar porque iba a tener los pollitos y luego el cerdito y en cambio me tuve que ir de vuelta con los zapatos enchastrados.
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Los amigos, si es por mí, alcanza con que acompañen sin decir casi nada. Que me pongan un brazo en el hombro. Que si no entienden, disimulen, no sea cosa que además de por lo que perdí tenga que llorar porque soy idiota y no entiendo que no perdí.
Tal vez haya alguna lógica de la producción que señale que el show debe continuar como sea, a como dé lugar. Tal vez a eso responda el ideal de un mundo -como el de las redes- de éxitos y sonrisas. Pero incluso para que el show continúe después de la herida, mejor hacerse cargo de la realidad, aunque la realidad no sea la que nos gusta. Y eso, qué remedio, duele.
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Se equivoca Samaniego cuando aconseja quedarse en el molde, en lo presente, quedarse con lo que uno tiene y no soñar alto. La leche, los proyectos, las esperanzas, son la nafta de la vida.
Y cuando esas esperanzas se vuelcan y se las traga la tierra, son nuestras lágrimas lo que lavará la leche, la disolverá, la hará correr para levantarnos sobre terreno limpio, limpio otra vez , limpio por un rato hasta que volvamos a intentar y rompamos mil cántaros. Eso, soñar, intentar, fracasar, llorar, soñar, ir de nuevo, eso es estar vivos.
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* Contame cómo pensás que se sale o qué te provocan estas historias a pkolesnicov@infobae.com. Leo todo, contesto a medida que puedo.
* Ediciones anteriores de este newsletter están recogidas en este enlace.
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Hasta la próxima,
Patricia
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