El realizador argentino Lisandro Alonso presentó su extraño y de a momentos convincente filme Eureka en el marco de la selección oficial “Cannes premiere”, de este festival que se desarrolla junto a la Riviera Francesa y es la máxima cita anual del séptimo arte.
Ante una sala Debussy colmada, Alonso, parte del elenco como la francesa Chiara Mastroianni, y productores argentinos e internacionales de la película, dieron a conocer el nuevo invento del realizador de Los muertos y Liverpool, que se mantiene al margen de dictados y modas y sigue explorando una radical libertad artística.
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Eureka más que un filme unitario, es un tripítico bajo un tema común: los indios americanos, y retoma líneas que quedaron abiertas en la bellísima Jauja, donde exploraba con una fotografía impensable el desierto patagónico y donde la hija del explorador Gunnar Dinnesen (Viggo Mortensen), era raptada o huía sin que pudiera ser encontrada. La película actual toma ese hilo inconcluso y lo desarrolla en un peregrinaje que lleva a Gunnar del desierto patagónico a algún pueblo marginal y olvidado del oeste norteamericano.
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Esta primera parte del filme, que se desarrolla bajo el amparo del western, género que también abordó Pedro Almodóvar en este festival con su magnífico mediometraje Extraña forma de vida, resulta formidable, hipnótica y de una consistencia indestructible.
La cámara y la iluminación son de una excepcionalidad única, el ambiente, una especie de pueblito de mala muerte, sin ley ni más orden que el deseo y las balas, aunque antiguo parece distópico.
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Acaso unos vientos que vuelan y arrastran cosas, unos interiores que podrían ser ranchos pampeanos del siglo XIX pero en el oeste americano, toda una serie de reformulaciones que le dan al género una modernidad absoluta y que obligan a una atención máxima.
Por no “espoliar” la película no diremos cómo desde ahí, el filme se traslada a su segunda parte, la reserva sioux de Pine Ridge en la actualidad en Dakota del Sur, Estados Unidos, cerca de Canadá, considerado el sitio más violento, más pobre y con la mayor tasa de suicidios del imperio americano de la Guerra de las Galaxias.
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Allí aparecen actores no profesionales (a excepción de Chiara Mastroianni que ya estuvo en el western y aquí hace un pequeño papel) y un Alonso al que uno está más habituado. La nieve remite a algo de su película Liverpool, que filmó en Tierra del Fuego, aunque allí con 3 grados bajo cero y aquí en Dakota del Sur, con 30.

Un automóvil de una oficial de la policía por una ruta bordeada de nieve y un blanco infinito recuerda a Fargo, de los hermanos Coen. Allí, rodada casi en tiempo real y en la actualidad, todo podrían ser borracheras, gritos, peleas, ruidos, bullicio, mentes aturdidas o atormentadas, a excepción de una joven basquetbolista que decide dejar la reserva.
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La tercera parte, a la que llegamos a través del vuelo de un pájaro, es la selva amazónica, donde se habla en dialecto o en portugués. Primero hay unas imágenes de una pequeña comunidad donde sus integrantes se cuentan sus sueños; luego, las coartadas del destino obligan a un joven a abandonar la comunidad.

El joven y se va a trabajar como garimpeiro en busca del pequeño oro que se puede recolectar en los ríos amazónicos para un capo armado, un viaje en bote por el amazonas con el joven casi desfalleciente nos retrotrae a A la deriva de Horacio Quiroga.
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Si de algo trata el filme es de ciertas visiones del mundo actual entre la fantasía de lo lejano o las crudísimas realidades presentes reconocibles.
Es otro ejercicio de libertad, otro saludo victorioso de Lisandro Alonso por sostener un gesto inquebrantable y un western fantástico, para quedar en la historia de los westerns, o al menos de los westerns de esta parte del mundo (Almodóvar incluido).
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Fuente Télam S.E.
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