
I
“La música, los poemas, el paisaje y los perros me dan ganas de pintar, y la pintura es lo que me permite sobrevivir”, dijo Joan Mitchell en 1974. Y es una buena definición de cómo vivió: pintando y sobreviviendo. Quizás algo de ese espíritu sensible en sus extrañas, abstractas y expresivas obras de arte. Como la que aquí vemos: Ladybug —o Mariquita en español—, un enorme óleo sobre lienzo de 197.9 centímetros de alto por 274 de ancho pintado en 1957.
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¿Qué es una mariquita? Así se suele designar a un insecto muy conocido, para muchos adorable, llamado coccinélido. Recibe diferentes nombres según el lugar. El más común es mariquita, pero también se le dice catarina, conchuela, catita o chinita. En Argentina, por ejemplo, se lo llama vaquita de San Antonio. Tiene el cuerpo redondeado y con frecuencia coloraciones brillantes. Muchos aseguran: trae suerte.
Mariquita se luce, junto a una gran cantidad de obras de Mitchell, en el MoMA de Nueva York, Estados Unidos. En una publicación del museo de 2019, el texto que acompañaba el cuadro dice que se trata de “una acumulación de pinceladas aparentemente espontáneas pero cuidadosamente trazadas. Arcos en staccato y toques de caléndula, malva, bayas oscuras y marrón parecen saltar del lienzo, mientras que el exceso de pigmento gotea hacia abajo”.
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La propia Mitchell, luego de terminar Mariquita en 1957, dijo: “La libertad en mi trabajo está bastante controlada”. A diferencia de muchos de sus contemporáneos expresionistas abstractos, ella rechazó el enfoque compositivo integral para ofrecer una separación entre figura y fondo ya que, como dice el mencionado texto curatorial, “la red cromática parece flotar sobre un suelo vacío, que en realidad está compuesto por varias capas de pintura blanca”.
II
En 2014 se convirtió en la pintora más cotizada de la historia en una subasta. Su cuadro Sin título de 1960 fue vendido en Christie por 11.9 millones de dólares superando Después de comer de Berthe Morisot pintado en 1881. Pero a los pocos meses hubo otro récord: los 44.4 millones de dólares que obtuvo Jimson Weed, White Flower No. 1 de Georgia O’Keeffe. Duro poco ese “éxito”, aunque a Mitchell, de estar viva, le habría importado poco.
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III
Nació en Chicago, Illinois, en 1925. Hija del dermatólogo James Herbert Mitchell y de la poeta Marion Strobel Mitchell. Nadaba, patinaba, hacía atletismo, estudiaba, hacía los deberes, cumplía muy bien con la categoría de “buena alumna”. Los sábados iba al Instituto de Arte y en los veranos hacía cursos de pintura. “Mitchell se acercó a la pintura casi como si fuera un deporte competitivo”, dijo David Leiber de la galería neotorquina David Zwirner.
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A los 22 años entró a la Escuela Hans Hofmann en Nueva York pero, según Jane Livingston en su ensayo publicado en 2002 Las Pinturas de Joan Mitchell, fue una sola clase y abandonó: “No podía entender una sola palabra. Por eso, aterrada, dejé esa escuela”. Pero al año siguiente, mediante una beca, se fue a estudiar a París y a Provenza, en Francia. Estuvo allí en 1948 y en 1949 y aprovechó para conocer Italia y España.
Poco a poco fue encontrando su estilo, su forma, su tono, su pulso. Se la suele encasillar dentro de lo que se conoce como la segunda generación del expresionismo abstracto. Logró ser una de las pocas artistas aclamadas —junto a mujeres como Lee Krasner, Grace Hartigan, Helen Frankenthaler, Shirley Jaffe, Elaine de Kooning y Sonia Gechtoff— tanto por la crítica de su época como por el público.
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IV
Cuando pintó Mariquita tenía 32 años y vivía en Nueva York. Para ese entonces sabía muy bien que no quería describir la naturaleza, sino “pintar lo que la naturaleza deja en mí”. Es más, decía que el asunto de sus pinturas eran “sentimientos” o “recuerdos” de distintos tiempos y lugares, cuyo disparejo fluir fijaba en la pintura. ¿O acaso los sentimientos tienen formas claras, concretas, reconocibles?
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V
Las cosas cambiaron en 1984, cuando fue diagnosticada con cáncer de boca que, encima, estaba bastante avanzado. Le aconsejaron la extracción de la mandíbula, sin embargo optó por la novedosa radioterapia oncológica de Jean-Pierre Bataini en el Instituto Curie. El resultado fue una osteonecrosis —muerte del tejido óseo—, ansiedad y depresión. Dejó de fumar pero no de beber. Mientras tanto, hacía psicoanálisis con Christiane Rousseaux-Mosettig.
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En ese entonces, en Francia, conoció a Sara Holt y a su marido Jean-Max Albert, ambos artistas. Comenzaron a pintar juntos, algo que Mitchell no había hecho. En una carta de esa época, confesó “amar el trabajo grupal” y “estar muy feliz”. Pero su salud no iba a acorde a su estado de ánimo. Otra complicación: tuvieron que operarla de la cadera, por lo que empezó a pintar en caballete y usar formatos más pequeños.
En octubre de 1992 se tomó un avión a Nueva York para ver una exposición Henri Mattise. Pocos artistas le gustaban tanto como este gran pintor francés. Adoraba el uso que hacía de sus colores. Era una especie de fascinación. Al bajar del avión comenzó con dolores. Asistió a un médico, y la noticia, luego de los estudios, fue ineludible: cáncer de pulmón. Murió en París, en el hospital, la mañana del 30 de octubre de 1992. Tenía 67 años.
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