La belleza del día: “Organillero en Zandvoort”, de Fritz von Uhde

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

"Organillero en Zandvoort" (1883), de Fritz von Uhde. Oleo sobre tela (36 x 47 cm), en la Antigua Galería Nacional, de Berlín
"Organillero en Zandvoort" (1883), de Fritz von Uhde. Oleo sobre tela (36 x 47 cm), en la Antigua Galería Nacional, de Berlín

Fritz von Uhde es uno de esos nombres que los libros del arte olvidaron, incluso en su país, Alemania, ha casi desaparecido. Es verdad que sus temas no son para nada populares ya, en especial los religiosos. Hay que ser justos en eso, salvo que seas un clásico, realizar obras sobre Jesús no tiene marketing, aunque el pintor lo hizo de una manera bastante original, combinando lo sacro con la pintura de género, la otra de sus especialidades, como se demuestra en Organillero en Zandvoort.

Durante su vida, von Uhde (1848–1911) fue un pintor de un éxito medido, tanto en sus obras religiosas -que se encuentran en museos importantes como el parisino d’Orsay- como en toda una serie de trabajos que incluía a niños. En ese sentido, su obra más famosa es Pequeña princesa de Heathland, que se encuentra -al igual que esta- en la Antigua Galería Nacional, de Berlín.

El artista tuvo una sólida formación -las academias de Bellas Artes de Dresde y Munich- y esa influencia se aprecia en sus primeras obras, donde se vuelca hacia una estética de claroscuros, aunque luego de un paso por París y sobre todo por los Países Bajos deja el trabajo de estudio y se convierte en uno de los primeros planeiristas del arte alemán.

Uhde era un admirador de su compatriota Max Liebermann y fue por seguir sus pasos que decidió partir hacia los Países Bajos. Sus obras de aquella época, plenas de gente y lugares, vivieron entre la aceptación y la crítica, sobre todo por las escenas “bajas”, ordinarias, que retrataba. La crítica de arte oficial consideraba a sus representaciones vulgares o feas. Aunque para el crítico Otto Julius Bierbaum “como pintor de niños, por ejemplo, Uhde se distingue extraordinariamente. No los retrata tan dulcemente como suele hacerse; en otras palabras, no como muñecos entretenidos o encantadores, sino con una naturalidad extrema, muy estricta”.

En Organillero en Zandvoort se mixtura su realismo como su impresionismo. No hay una explosión de colores, es más están todos algo opacados, pero muestra una paleta amplia, en la que contrasta los blancos sucios con los rojos de los ladrillos, que no son los mismos que lo de los vestidos, en especial el de las niñas que bailan. En el verano de 1882 viajó a Zandvoort donde realizó estudios para esa obra.

El pintor no estaba entonces tan interesado en que sean los retratos, las expresiones, los que dominen la atmósfera de la obra, si no en poder manejar el ambiente a través del manejo de la luz que, en este caso, parece casi ausente, como marca ese cielo nublado y que se revela en las tonalidades elegidas. Con el tiempo, von Uhde se convirtió en uno de los líderes de las Secesiones de Munich y más tarde de Berlín, ciudad donde murió.


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