Anticipo de “El Presente”, el libro de crónicas de Ana Basualdo

La obra, editada por Sigilo, recopila por primera vez una selección de los textos de la periodista argentina, desde principios de los 70 a la actualidad. Infobae Cultura reproduce “Perón busca paraíso”, que salió en “Panorama” en 1972

El ex presidente junto a uno de sus caniches
El ex presidente junto a uno de sus caniches
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Perón busca paraíso

Panorama, 30 de noviembre de 1972

El largo exilio y un sinnúmero de intermediarios no impidieron que Juan Perón se instalara cómodamente en el campo de batalla argentino. Sin embargo, sus ojos ya han comprobado que Buenos Aires no es la misma ciudad que él abandonó, una mañana lluviosa, hace diecisiete años. Perón salió varias veces de su casa de Vicente López: comió en Nino y, el jueves 22, paseó brevemente por Palermo. Pero, al parecer, no solo aspira a pasear por la ciudad; también querría mudarse, ya que –según se rumoreó– la casa de Gaspar Campos le resultaría un poco estrecha. Si el gobierno levantara la interdicción que pesa sobre su antigua quinta de San Vicente, tendría ocasión de comprobar, también, cuánto ha cambiado.

Vendedora de fantasía. La tarde del viernes 23, Libertad Leblanc eligió ojos pardos, pelo rubio y un escote en forma de escudo medieval para hablar de su extraño deseo: “Cuando leí que Perón se sentía incómodo en Vicente López, pensé que podríamos hacer una permuta. Mi quinta en Castelar es divina: tiene ocho mil metros cuadrados, dos piletas –una en forma oval, al estilo Hollywood–, dos cataratas, lagos artificiales. Una maravilla. Claro que yo no hice todo eso: sería absurdo, en esta época en que la gente se muere de hambre. La compré muy barata y ahora debe valer ochenta millones. Tiene dos chalets: el más grande, con piso de mármol negro y un comedor con puertas corredizas de vidrio. Vestuarios para ambos sexos, usina para luz interna. Un horno que nunca usé. Hay tejas y lajas y ladrillos barnizados: justo para él. Cancha de bochas y juegos para chicos. También tengo un quincho para veinticinco personas con música funcional y muchos árboles. Yo no sé nada de botánica, pero hay pinos azules… Perón estaría cómodo y seguro. Intenté hablar con Cámpora pero solo pude hacerlo con su secretario, quien desmintió que Perón quisiera mudarse. Rucci, en cambio, me pareció simpatiquísimo y prometió llamarme. Para mí, sería fantástico sacarme una foto en esa ventana donde se asomó Perón. Tendría un monumento histórico para mí sola”.

El jardín de las delicias. Mientras tanto, a veinte años de distancia, los pobladores más memoriosos de San Vicente se esmeran en reconstruir retazos de la vida de Perón en su quinta de descanso. Perón y Evita, de pie en un auto descubierto, reparten juguetes. Perón recorre en su motoneta las calles del pueblo o compra el diario en un kiosco de la plaza. Juntos pasean a caballo a la caída del sol y llegan hasta la laguna saturada de juncos y mosquitos. Una atmósfera de siesta permanente colma hoy esa esquina en que Perón y Evita se dejaban contemplar durante horas. Los relatos se entremezclan y conforman imágenes casi irreales, productos de un sueño colectivo. “Él fue, aquí, un verdadero compañero. Se le podía pedir cualquier cosa», asegura Teodoro Herrera (60, empleado de la municipalidad). Pero la sensación de irrealidad se acrecienta al comprobar que nadie conserva fotos de la célebre pareja en San Vicente y sería difícil encontrar alguno de los innumerables monopatines rememorados. «En el 55, quemaron hasta los libros –cuenta Herrera–, porque tenían fotos de ellos. Pudimos llevarlos en el corazón, no más”.

El Presente”, de Ana Basualdo
"El Presente” (Sigilo), de Ana Basualdo

Casi ningún vecino recuerda a Perón sin Evita y todos afirman que, en general, la pareja llegaba a San Vicente sin más compañía que su personal doméstico y de custodia: “Venían acá a descansar de tanto trabajo». Solo el cura párroco, Laureano Leirado (80), cuenta que Perón solía recorrer la plaza “con una chica de la UES”. “En una sola oportunidad estuvo aquí –recuerda–. Un domingo me asombré de la cantidad de gente que había en la iglesia. Era porque estaba Perón. Yo lo quise mucho, hasta que le dio por quemar iglesias”.

Cercado por un tapial de piedra rosada, el parque mide dieciséis umbrosas hectáreas. Más allá de la puerta principal se abren anchos senderos de lajas que, cerca del chalet, se bifurcan. Conducen a la caballeriza, a la pileta de natación y al mirador y, a través de todo el parque, zigzaguea el sendero más angosto. Álamos, eucaliptos y laureles oscurecen los rincones alejados y, en el círculo central, hay cedros y parasol trees. Desde lo alto del tapial, la vegetación oculta la casa, que aparece luego, al sol, con techo de tejas y revestimiento de laja. Adentro, cuatro dormitorios, una sala de armas y un living, separado del comedor por una arcada. En el propileo, una entrada de verjas blancas y, a modo de remedo de casa romana, un rectángulo de granito blanco y negro con la figura de un caniche y la leyenda “Cave canem”. Según la tradición, allí yace uno de los mil perros de esa raza que Perón crio a lo largo de su vida.

Cuando el expresidente compró este vergel a Domingo Mercante, solo un cerco de alambre lo separaba del exterior. El escribano Francisco Segovia relató a Panorama: “Perón me comentó que quería terminar cuanto antes la operación –eran los comienzos del 46– para que nadie dijera que andaba comprando cosas”.

Después de que la Revolución Libertadora declaró interdictos los bienes del expresidente, la villa cayó en manos del Ministerio de Educación, que la convirtió en colonia de vacaciones para sordomudos. Antes o después, se consumó otro de los baños rituales del antiperonismo. ”El living, que tenía piso de parquet, fue lavado con tanta saña que las tablas se levantaron y fueron reemplazadas por baldosas”, dice el empleado municipal. Esporádicamente, contingentes de niños sordomudos deambulan por el parque donde Perón acostumbraba leer el diario o almorzar con amigos (Aloé, Mercante) o suben a aquel mirador en que Evita –algunas fotos lo registraron– pudo abandonar su aire tenso. Para alojar a los chicos, fueron necesarias algunas modificaciones: el dormitorio de Evita es ahora una sucesión de baños y, el de Perón, de duchas. Entusiasmados con la idea de que Perón vuelva a habitar la villa, los lugareños suponen que diez días bastarían para acondicionarla. Mientras, los funcionarios del ministerio –por las dudas– la desalojan y los vecinos sueñan con la vuelta de Perón a San Vicente no solo por razones sentimentales sino con la esperanza de que su presencia aliente cierto crecimiento industrial. Pero, según rumores últimos, Perón no volverá a la villa.

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