Fotos: Gustavo Gavotti
Fotos: Gustavo Gavotti

A principios de marzo, Daniel Barenboim anunció desde Berlín el Festival que en la Argentina lleva su nombre, y que este año se muda desde el Colón al CCK. Entre el 23 de julio y el 8 de agosto, el pianista y director argentino-israelí ofrecerá en la Sala Sinfónica del centro cultural recitales de piano y conciertos sinfónicos al frente de la West-Eastern Divan Orchestra (WEDO; en español: Orquesta del Diván de Oriente y Occidente). La cita reúne a destacadísimos intérpretes como la pianista argentina Martha Argerich, la violinista alemana Anne-Sophie Mutter y el tenor mexicano Rolando Villazón; también podremos escuchar como solista a Michael Barenboim, uno de los hijos del director, que asimismo ocupa el rol de concertino o violín principal de la WEDO.

Esta nueva edición del Festival tiene, por un lado, la impronta del cambio de sede y, por otro, la de enfatizar un elemento que estaba en el origen de este proyecto, y que es el afán por integrar el pensamiento a los recitales y conciertos. La convocatoria abarca a algunas figuras notables del pensamiento como la joven filósofa Roni Mann –directora de Humanidades de la Academia Barenboim-Said de Berlín– y Sa'ed Atshan, un intelectual palestino que además es activista de los derechos LGBTQ y adhiere al pacifismo cuáquero. Asimismo, no faltarán charlas con presencia de algunos de los artistas: es el caso de Anne-Sophie Mutter y de Rolando Villazón.

Vestido con glamour, como alguien para quien la elegancia es cosa diaria, el maestro expuso estos argumentos en un encuentro con la prensa argentina en el Hotel Alvear Palace, del que participó Infobae. Fue en un clima íntimo y distendido, que en nada parece anunciar la maratón de música y reflexión que, durante poco más de una quincena, copará el CCK. El martes vienen su esposa, Elena Bashkirova y su hijo Michael Barenboim. Pero el maestro no viajó del todo solo: lo hizo acompañado por uno de sus pianos: "Un Steinway normal que tengo desde el 2008 o 2009, es un piano que me gusta mucho. Toqué con él todo el ciclo (de Beethoven) en La Scala". Otro de los periodistas presentes observó que Arturo Benedetti Michelangeli también viajaba con su piano: "No, él viajaba con dos", corrigió chistosamente el maestro. "¡Era bígamo!" , dijo entre risas.

Del Colón al CCK

El primer tema de la charla giró alrededor de las diferencias acústicas del CCK y el Colón. El maestro recordó una memorable carta escrita desde Buenos Aires, donde el director Wilhelm Furtwängler aleccionaba a Sergiu Celibidache: "Usted tiene que venir a dirigir aquí. El Teatro Colón es un milagro acústico". "Y es verdad", añadió Daniel Barenboim, que enseguida aludió a la fascinación que experimentó el tenor Jonas Kaufmann: "En la obertura de Tannhäuser, él fue al gallinero. Y yo le dije: "Vete al gallinero, no lo vas a creer". Porque cuando yo vine la primera vez a dirigir al Colón con la Orquesta de París, fui al gallinero, le pedí a los músicos que hicieran silencio total y que uno hiciera caer una monedita. ¡Y se oía perfectamente desde arriba! Por eso el Colón es lo que fue y es lo que es".

Sobre el presunto cambio en la acústica que el Colón habría sufrido tras su remodelación, el maestro expresó las siguientes consideraciones: "No tengo opinión definitiva sobre el cambio después de la renovación. Hay ciertos cambios. No quiero decir nada ni positivo ni negativo, porque no lo examiné suficientemente. Lo único que puedo decir es que sentí un pequeño cambio". Y también: "Yo estuve muy cómodo el año pasado en el Colón. Pero los músicos de la orquesta me dicen que no se oyen tan bien como antes sobre el escenario".

"Mujeres, vinos y salas de concierto no se comparan", añadió al pasar, en tono bromista. Poco antes, había puesto el acento en la novedad que supone la Sala Sinfónica del CCK para la vida musical de la capital argentina: "Lo más importante de todo es que el CCK es la primera verdadera sala de conciertos de Buenos Aires. Antes, todos los conciertos se hacían en el Colón, o en los cines o en algún teatro. Y con la vida musical que hubo aquí y que hay –espero que siempre mejore–, ¡tiene que haber una buena sala de conciertos!".

Ante la pregunta de por qué este año no va a estar en el Colón, explicó: "Porque en el Colón me dijeron que no tenían fechas". Y recapituló: "Ya en 2017 hubo problemas con el Colón a raíz de los ensayos para los conciertos. Siempre se hablaba de que en el 2020 iba a venir para hacer algo un poco especial, porque el año que viene yo llevaré 70 años sobre el escenario… Entonces, se había hablado de que íbamos a venir con la orquesta del Diván el 2019. Y, en el 2020, con la Filarmónica de Viena en julio y luego, más tarde –en julio-agosto–, con el Diván. Y en un momento, en los días de Darío (N. del R.: Darío Lopérfido fue director artístico del Teatro Colón durante los años 2015-2017), se jugó con la idea de hacer una cosa realmente enorme, y que yo viniera a pasar dos o tres meses aquí, y que viniera la Staatskapelle también: una cosa un poco… de locura. Pero, en el 2018, la nueva dirección dijo que no había fechas para que venga el Diván en el 2019. Y en el 2020, la Filarmónica de Viena sí y el Diván no. Entonces, ¡es un poco demasiado complicado! No tienen fecha, no tienen fecha… Ahora, una cosa, sí, que dijo la señora… ¿cómo se llama? Cuando le preguntaron a ella por qué yo no vuelvo, dijo que porque yo era demasiado caro (N. del R: En una entrevista publicada por el diario Perfil en diciembre del año pasado, la directora del Teatro Colón María Victoria Alcaraz dijo: "Barenboim es caro"). Y yo, desde que vengo con la orquesta del Diván, nunca he cobrado un peso. O sea que menos caro que no cobrar, no conozco".

De inmediato, precisó: "Yo en 2010 no cobré, en el 2014, 15, 16 y 17 no cobré un peso. ¿Cómo se puede decir…? Yo no cobré porque yo hace 20 años que dirijo el Diván. Para mí fue una cosa de principio: que nunca iba a cobrar por el Diván. Dado lo que significa el Diván para mí y para todo el mundo, ¿cómo voy a cobrar eso? Cada centavo que puede quedar de las actividades del Diván tiene que estar ahí para poder mejorar el proyecto, hacerlo más interesante". Finalmente, agregó: "Yo no tengo ningún problema con todo eso. Si ellos dicen que no tienen tiempo, no tienen tiempo. Y el año que viene con la Filarmónica de Viena vamos a actuar acá en el CCK, y ya está: no hay ningún problema".

Proyectos para el año próximo

Si bien se trata de algo que aún no está totalmente confirmado, el maestro se explayó sobre sus actividades del próximo año: "Voy con la Filarmónica de Viena a Ámsterdam, donde hay todo un festival Mahler. Después vamos a Nueva York al Carnegie Hall para tocar la Quinta, la Séptima y la Novena, y luego venimos a Buenos Aires para hacer esas tres sinfonías de Mahler aquí. Y luego me gustaría quedarme un par de días más, ponerme en forma otra vez y tocar las Variaciones Diabelli, ya que es el año Beethoven (N. del R: en 2020 se cumplen los 250 años del nacimiento de Beethoven)". También aludió a otro plan muy significativo para él durante el 2020: "Tenemos un proyecto que a mí me parece muy muy importante y es el de ir a dar cinco conciertos con el Diván a África: en Etiopía, Eritrea, Congo, Ruanda y Marruecos. Y quedarnos siempre un día más para visitar las escuelas y ver qué se puede hacer para formar un poco de educación musical en África.

Interludio político

El proyecto de la gira africana se conecta con el interés del maestro por la educación. Según su criterio, los problemas que exhibe el mundo actual con el fenómeno de la inmigración y el preocupante avance de la extrema derecha se relacionan con un déficit educativo: "Yo creo que lo mejor que Europa puede hacer es invertir en la educación en los países africanos. La señora Angela Merkel tomó la decisión. Y es algo que para mí es muy importante".

Sobre otras cuestiones que fueron barajándose en la charla, Barenboim se expresó de manera semejante a la de otras ocasiones. Evocó el bello sueño del sionismo y la dura realidad de ciertas realidades políticas que se propusieron concretarlo. Entre los mandatarios de Israel, manifestó su admiración por el Primer Ministro Moshé Sharet (1894-1965). Pero también subrayó la relación de mutua implicación entre la ocupación israelí de los territorios palestinos y el terrorismo –por otra parte, injustificable– que esa misma ocupación provocó. Señaló que la única solución del conflicto árabe-israelí radica o bien en un Estado binacional o bien en la coexistencia de dos Estados. Asimismo, consideró imprescindible que los grandes países del mundo reconozcan a Palestina.

En otro momento, minimizó la importancia del affaire en torno a las denuncias de maltrato que hicieron unos pocos músicos que anteriormente habían trabajado bajo su dirección, precisamente en la época en que el maestro negociaba la renovación de su contrato al frente de la orquesta Staatskapelle de Berlín. Y si bien eludió  hablar sobre nuestras elecciones, celebró que la Argentina sea el único país que él conoce –el otro tal vez sea Chile– donde es posible tener "identidades múltiples", algo que el maestro atribuye sobre todo a la riqueza de la mezcla inmigratoria.

De Beethoven a Pierre Boulez y más allá: una magistral clase de historia

Daniel Barenboim también reflexionó sobre la prolongadísima familiaridad que sostiene con las sonatas de Ludwig van Beethoven. Conviene recordar que, en tres recitales, interpretará un amplio conjunto de esas 32 sonatas, en un amplio arco que va desde la op. 2 nº  2, hasta la op. 111.

Por otra parte, en la programación de este año se cuenta el Concierto para piannº 1 de Tchaikovsky, que Martha Argerich no tocó durante muchos años. A fines del mes pasado, sin embargo, volvió a interpretarlo en Hamburgo, casi a modo de preludio de su performance argentina: en un video que publicó en Twitter el pianista inglés James Rhodes, puede verse a Argerich ensayando un escalofriante pasaje de octavas paralelas, casi al final del tercer movimiento del Concierto en cuestión.

Entre otras obras, en dos ocasiones durante el Festival podremos escuchar el Concierto para violín op. 47 de Jean Sibelius (1865-1957), con la gran Anne-Sophie Mutter como solista. El maestro confesó que el finlandés es uno de los compositores del que menos se ha ocupado. Con todo, confesó su predilección por algunas de sus creaciones: "Hay ciertas obras que adoro, como el Concierto para violín, la Quinta Sinfonía, piezas íntimas, las piezas de Pelléas y Mélisande, que se tocan muy poco, y algunas otras pocas obras".

– Además del Concierto de Sibelius, Anne-Sophie Mutter va a interpretar un movimiento del Concierto que le dedicó su ex marido André Previn.

– Ella me lo pidió porque él falleció hace pocos meses y quería hacerle un homenaje. Y yo lo conocía él desde mi época en Londres. Y ella me dijo: "¿Me permitiría?". ¡Evidentemente!

– ¿Qué opinión le merece la obra de Previn?

– No la conozco lo suficiente para emitir una opinión. Fue un músico de enorme talento. También como pianista…

– Entre las novedades más interesantes de la programación está el Concierto para orquesta de Witold Lutoslawski, una obra que se coloca algo a la zaga del Concierto de Bartók.

– Yo siempre preferí esa obra al Concierto de Béla Bartók. Siempre fui un gran, gran admirador de Bártok, pero sobre todo del Bártok de las primeras épocas: los dos primeros Conciertos para piano –para mí, mucho más interesantes que el tercero–, la Música para cuerdas, percusión y celesta, todo eso… Las obras más tardías, con la excepción de la Sonata para violín solo, las encuentro menos interesantes, menos atrevidas. Fenómeno que sucedió con un compositor mucho menor, según mi estimación, como fue Shostakóvich: si uno oye su Sinfonía 10, la 11, la 12, todo eso, y los cuartetos y todo eso, y luego uno oye lo que él escribió antes –la ópera La nariz, por ejemplo–: ¡increíble, parece otro compositor! Creo que fue antes de ir a EEUU. EEUU ya en esa época era mala influencia (risas).

– ¿Pero cuál sería el aporte de Lutoslawski a la escritura sinfónica del siglo XX?

– El Concierto de Lutoslawski es una obra muy particular. Es de un virtuosismo orquestal extraordinario, o sea: maneja una paleta de sonoridades raramente igualada. Y tiene algo muy natural –nacional– que siempre me gustó mucho. Hace muchos años que no la dirijo.

En otros momentos de la conversación, Barenboim evocó la profunda amistad que lo unió a Pierre Boulez, con quien discutió pareceres sobre la Tetralogía de Richard Wagner. No oculta su admiración por el músico francés, a quien considera "uno de los mayores compositores de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI".

Pierre Boulez es uno de los mayores compositores de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI”

– En su repertorio usted introdujo con frecuencia obras de Pierre Boulez y Elliot Carter, pero también de Wolfgang Rihm y Jörg Widmann. ¿Cuáles son los compositores que usted considera imprescindibles dentro del panorama de la música clásica actual?

Schönberg escribió sus obras más importantes ya hace cien años. Y sigue siendo moderno: hay compositores que tienen eso. Wagner también lo fue. La forma de ver el desarrollo de la música desde el punto de vista histórico es, muy a menudo, diferente del punto de vista puramente musical. Si Mendelssohn no hubiera pasado por esta tierra, el desarrollo de la música habría sido igual. Seríamos mucho más pobres sin páginas bellas como el Concierto para violín, el Octeto, etc. Pero no trajo un elemento históricamente nuevo. Hector Berlioz, un compositor mucho menos perfecto que Mendelssohn, tiene una importancia histórica muchísimo mayor: sin él no tendríamos a Liszt o a Wagner.

– ¿Pierre Boulez sí tendría esa importancia histórica?

– Históricamente, para mí Boulez es un compositor que tiene una posición similar a la que tenía Schönberg cincuenta años antes. Y por eso, aunque ya murió hace unos cuantos años, Boulez sigue siendo un compositor completamente contemporáneo. Y lo extraordinario de la contemporaneidad es que quienes son de importancia contemporánea fueron los compositores que mejor entendieron el pasado. Schönberg lo entendió así, y también Brahms y Wagner, mucho mejor que otros compositores. Y a pesar de eso –o, a mi modo de ver, gracias a eso– fueron más contemporáneos. Por eso la importancia de Boulez hoy es enorme. Y muchos de los que siguieron no tienen o la chispa o la complejidad o la riqueza, tanto armónica como sonora. Boulez fue un caso muy complejo: porque cerebralmente era casi alemán y, desde el punto de vista del sonido, era totalmente francés. No hay otro compositor, para mí, como él: pero lamentablemente ya no está más con nosotros. Yo creo que hay que seguir ejecutándolo más.

Lo extraordinario de la contemporaneidad es que quienes son de importancia contemporánea fueron los compositores que mejor entendieron el pasado

– ¿Qué otros compositores contemporáneos no deberíamos soslayar?

– Me gustan muchas de las obras de Widmann. Ahora escribió una obra extraordinaria que estrené en junio en Berlín: Laberinto IV, una de sus mejores obras. Últimamente, Rihm estuvo muy enfermo y escribió poco, pero sus óperas son extraordinarias. Y hay jóvenes compositores. Benjamin Attahir (1989), el último alumno de Boulez,  es un chico "divanesco": es medio libanés, medio francés. Es un chico joven muy, muy interesante. Luego hay un compositor en Alemania poco conocido, también muy interesante: Johannes Boris Borowski.

– ¿Le interesa la música de Thomas Adès?

– Ya que es inglés, lo voy a decir en inglés: "It´s not my cup of tea" (N. del R: en sentido figurado, "no es de mi agrado, o de mi estilo"). (Risas.)

* El Festival Barenboim se desarrolla este año en el CCK (Sarmiento 151), del 23 de julio al 8 de agosto. La programación completa puede consultarse en www.cck.gob.ar