Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)
Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)

El tiempo. Para Mercedes Cebrián el tiempo es una obsesión. ¿Cómo es posible que cuando estemos haciendo una actividad medianamente tediosa —como esperar en la cola de un banco, por ejemplo— la sucesión de segundos sea más bien regular y predecible, pero cuando hacemos otra actividad que está emparentada con el disfrute el reloj parezca ser un runner corriendo una maratón supersónica?

Ahora estamos en un departamento antiguo sobre la calle Paraguay, a media cuadra de Juan B. Justo. Las paredes gruesas nos resguardan del ruido de los autos y los colectivos. En el sillón, con el cuerpo levemente inclinado hacia adelante, la escritora española habla de lo que significa para ella estar aquí, en Buenos Aires, tras quedar seleccionada por el programa Residencia de Escritores del Malba (REM). Durante cinco semanas se le posibilita estadía, pasaje ida y vuelta y estipendio para sus gastos. El Malba lo hace dos veces al año; en junio vino Fiona Sze-Lorrain, poeta y música de Singapur.

"He recibido más de lo que he dado", dice y ríe con humildad. "El otro día leí poesía en un departamento. Se montó un pequeño recital de tres poetas. Había una banda, y todo el mundo abrumadoramente amable e interesado, y me entra culpa. Acá está todo el mundo con ganas de compartir cosas y de intercambiar."

Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)
Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)

"Es como un regalo. Un regalo de tiempo, sobre todo", dice Cebrián y acomoda sus anteojos redondeados. ¿Será ese su gesto cuando habla de una obsesión? "Y también para salir del día a día. Un escritor se tiene que apañar y encontrar ratos, pero el día a día no te lo permite. Incluso en tu propia ciudad. El día a día para alguien de aquí es muy intenso por el debate que está teniendo el país, etcétera. Entonces, que te arranquen de eso y te lleven a otro lugar produce consecuencias siempre, para mí, positivas", agrega.

Cebrián habla con la zeta que la cultura madrileña le ha dado y tiene el aspecto de esas personas sin edad exacta, como si fuera imposible determinar, al menos de forma estimativa, cuántos años tiene. Pero Wikipedia lo dice: 47. Ha publicado casi una decena de libros donde los géneros varían según su estado de ánimo: ensayo, novela, cuento, crónica, poesía.  Hoy, ahora, en estos momentos, se siente mucho más cerca de la poesía.

"De lo que se come se cría, dicen. Y estuve leyendo a muchos poetas de aquí, que me han dado sus libros. Y cuando los lees te dan ganas de dialogar con eso y escribir ese género. He estado escribiendo mucha poesía. En estos recitales he estado leyendo poemas nuevos, eso me ha dado mucha ilusión. También he adelantado en un texto de no ficción que tengo, una especie de libro de recuerdos sobre Estados Unidos. Y muy poquito de algo de ficción, otro libro en el que estoy trabajando. Era loco y ambicioso pensar que iba a poder terminar las tres cosas en esta ciudad que tiene tanto para hacer".

Aunque empezó escribiendo prosa, el verso no parece soltarla. Pero también hace periodismo: entrevistas, reseñas, crónicas. "Todo eso implica un lenguaje eficaz, rápido y ameno —asegura—, algo más fácil y que entretenga. Y la poesía es como el antídoto contra eso. No digo que lo que yo escriba sea críptico, incomprensible, pero sí que es mucho más libre. Ahí me siento bien. Y paradójicamente creo que la poesía es una gran herramienta para retratar la vida contemporánea. Mi poesía no es sobre la naturaleza, ni una cosa abstraída. Es sobre el día a día".

Tres libros de Mercedes Cebrián: “La nueva taxidermia”, “Oremos por nuestros pasaportes” y “Malgastar”
Tres libros de Mercedes Cebrián: “La nueva taxidermia”, “Oremos por nuestros pasaportes” y “Malgastar”

—¿Te interesa la idea de arte social? ¿Creés en eso?
—He pensado bastante sobre ello. Unos poemas no cambian apenas nada. Pero cuando pienso en obras de arte que me hayan impactado y servido para hacer algún cambio, se me ocurren documentales. Creo que la imagen tiene más poder. Y también creo que el documental y el periodismo a mí me ayudan más, porque hay más información. En ese sentido, creo que la poesía no puede hacer demasiado. Pero ponerse a escribir con una consigna es un poco mesiánico: "Yo voy ayudar a cambiar al lector". Y creo que esa actitud tampoco me convence mucho como lectora.

—¿Creés que la literatura tiene alguna función en una sociedad como la nuestra?
—En los últimos años he trabajado mucho en edición, incluso ahora, y estoy en contacto con la edición, gente de prensa y todo eso: qué libro se publica, cómo van cambiando las tendencias. Veo que la industria del libro funciona como el mercado: a ver qué desea el lector, si esto se vende bien. De repente, ahora, hay como una tendencia a publicar sobre la naturaleza: gente que se va de la ciudad. Me parece que es como un síntoma de lo que a la gente le gustaría hacer y la literatura se lo da. O sea, la literatura no sirve demasiado, pero sí creo que sirve para dialogar en silencio con otro sujeto que ha escrito eso, que se ha tomado un tiempo de reflexión. Creo que es más como una conversación. No creo que sirva para hacer grandes cambios en las masas. Incluso eso me parecería peligroso.

—Viviste el mundo de ambos lados de internet: antes y después. ¿Creés que ha cambiado algo en tu forma de leer y escribir, no sólo en lo técnico sino también en lo imaginario?
—Cuando en el móvil hay tantas cosas que puedes hacer… Antes, perder el teléfono no era un gran problema; ahora, es como perder el hígado. "¡No tengo hígado! ¡Lo necesito ya!" Creo que cambió la manera de enfocar tu atención. Lo noto yo misma cuando lo pienso cartesianamente: veo mi caso personal y lo analizo, pero no sé si ha cambiado en los niños de doce años, pero en la mía sí. Aunque no es tanto porque han inventado un aparato, sino cómo nos piden que nos relacionamos. Sobre todo me preocupa una cosa que decía Paul Virilio, el filósofo que se murió hace muy poco: le llamaba comunismo de las emociones a lo que sucede hoy cuando mostramos todos unánimemente una emoción en las redes. Parece que no has tenido una experiencia si no la compartes. Eso me interesa pensar y me preocupa. Entonces pienso que hay sorpresas: hay mucho más gusto por el libro ilustrado. Creo que es una reacción contra las pantallas. Por ahora en el kindle no se lee bien, porque está feo, es aburrido, monocromo, se lee mal. En ese sentido, noto que me he acercado más a los libros ilustrados, que son como algo más artesanal, digamos.

—¿Leés en ebooks? ¿Cómo te llevás con la lectura digital?
—Yo no vivo en un palacio así que esas bibliotecas del siglo XIX empiezan a no poder ser, porque no tenemos sitio; es apilar y apilar. Entonces el kindle es como una superviviencia para mí. Si peso un libro gordo y el kindle decido y lo tengo que elegir, porque es práctico, funcional… y un poco decepcionante también. Pero no creo que haya que demonizarlo. Tener una gran biblioteca no todo el mundo se lo puede permitir. Necesitas un espacio muy grande. Al final el kindle es más democrático.

Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)
Mercedes Cebrián (Foto: Santiago Saferstein)

"El tiempo pasa de una manera terriblemente rápida. También sirve para pensar cómo se nos hace largo en otras situaciones pero cuando uno está absorbiendo, conociendo, se pasa rapidísimo", comenta sobre esta ciudad que, como todo turista, la tiene muy entusiasmada. No es la primera vez que viene. Tiene familia en Buenos Aires y hace más de veinte años vino a conocerlos, pero luego, en las varias ocasiones que regresó, encontró motivos literarios: dar cursos, conferencias, charlas, festivales.

Y como las fascinaciones a veces se alojan en lugares extraños, casi ínfimos, menciona la tarjeta SUBE. "Es mi gran descubrimiento", dice con una sonrisa. Desde luego, en España hay algo similar, pero se ve que la última vez que estuvo en Buenos Aires no logró trasladarse como hubiese querido. "Buscar las monedas, la cifra exacta… Todo eso hacía la ciudad muy difícil. A mí me angustiaba tener que conseguir monedas, y que sean justas", agrega. Luego, ya más seria, continúa: "He visto la ciudad muy animada. Por ejemplo, las ferias que hay siempre al lado del Malba: comida francesa, café, y esas cosas. Eso me recuerda mucho a Madrid: gente en la calle. Una ciudad donde la gente se recoge pronto y se va a casa me apena mucho".

Al despedirnos, un beso breve, agradecimientos, y la pregunta sobre el tiempo que sigue resonando. Mercedes Cebrián se acomoda los anteojos redondeados y eso parece delatarla: el tema acaba de volver a su cabeza. ¿Cuánto tiempo duró esta charla? 16 minutos marca el grabador. 16 minutos. Cuando quiere, el reloj es un runner velocista.

 

* Más información sobre la Residencia de Escritores del MALBA (REM), acá.

 

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