El escritor argentino radicado en Montevideo desde 1989 cuenta los pormenores de su libro "El idioma de la fragilidad" y cómo llegó a conocer la historia de este personaje legendario de la Generación del '45.
Desde que llegué a Montevideo, hace muchos años, tuve la fuerte impresión de haber cruzado, además del Río de la Plata, una puerta en el tiempo, capaz de llevarme a todos los tiempos que quisiera. Lo comprendo ahora, solo me había convertido en extranjero, y así como miraba vivir a los uruguayos frente a la superficie de un espejo levemente distorsionado de la vida conocida en Buenos Aires, con la misma intriga y curiosidad entré poco a poco en su pasado a través de muchos personajes con los que conversé largamente en mis libros.
Hace unos años, mientras escribía la historia de la Cinemateca uruguaya, un viejo cronista cinematográfico me acercó el manuscrito inédito de Arturo Despouey, un personaje legendario de la generación del 45, del que conocía algunas anécdotas más o menos extravagantes, su genialidad crítica, sus atuendos de dandy, las dotes de conferencista, su fama de seductor, a través de Onetti, de Homero Alsina Thevenet, de Hugo Alfaro y de varios amigos que ya no están. Alsina llegó a Montevideo desde Buenos Aires en la misma fecha que yo, en 1989, a fundar el Suplemento Cultural del diario El País, con el que colaboré desde los primeros números, y Alfaro era el director del semanario Brecha, en el que fui jefe de redacción por varios años. Despouey había sido el maestro de los dos, desde que en 1936 fundó una revista de cine que hizo historia, Cine Radio Actualidad, y fue el reverenciado cronista de cine y de teatro de las páginas de Marcha. Pero a los 33 años, en 1942, se había ido a Londres, en plena guerra mundial, y solo regresó de visita mucho después, cuando dirigía en París la edición hispana del Correo de la Unesco.
El manuscrito llevaba cincuenta años en un sobre, se trataba de una novela y nadie había querido publicarla, por extensa y farragosa. Setecientas páginas mecanografiadas en papel de seda, con unas cuantas hojas de tinta desvaída o ilegibles, sobre el viaje a Londres de Guy Delatour, un personaje que oficiaba de alter ego, porque a poco de empezar a leer descubrí que se trataba de una larga confesión biográfica, y si Arturo había elegido el género de la novela era porque para contar su intimidad, también la familiar, necesitaba los amparos de la ficción.
Una temprana afección muscular lo había convertido en tartamudo, de modo que ocultó su fealdad y sus tartajeos en las oscuras salas del cine, donde no necesitaba hablar ni mostrar la cara a nadie. De las cuevas del cine salió convertido en crítico, y la poesía le permitió descubrir que si memorizaba las palabras su lengua no se trababa. Sus conferencias en Montevideo sobre el teatro isabelino, las hermanas Brontë, García Lorca, llenaron los teatros, pero pocos sabían del sufrimiento que le llevaba estudiárselas, durante meses, de memoria. Entonces muchos hombres y mujeres entraban a los cines y salían convertidos en personajes. Las pantallas operaban sobre el público como las novelas de caballería sobre Alonso Quijano. Pero harto de vivir entre ficciones, por conocer el mundo real Arturo consiguió una beca de estudio en Londres y en 1942 se fue en un barco de voluntarios argentinos que viajaban a sumarse a los aliados. Allá trabajó como locutor de la BBC, se hizo corresponsal de guerra y con el grado de teniente del ejército norteamericano desembarcó en Normandía. Transmitió para América la liberación de París y fue uno de los primeros periodistas que entraron en los campos de concentración nazis. Después de esa experiencia dejó de hacer crítica de cine y se apartó, desengañado, del rumbo de la industria cinematográfica.
El manuscrito contaba básicamente el cruce del Atlántico, acosado por los submarinos alemanes, su tortuoso pasado montevideano, sus dificultades sexuales, la locura de una hermana, pero en un completo desorden, con zonas pueriles, malogradas por la vanidad, por una ambición megalómana, junto a zonas brillantes y geniales. Dudé mucho en involucrarme con Arturo, y sobre la forma de abordar esa historia, hasta que finalmente me decidí a modificar, desechar, agregar y recuperar las secuencias más valiosas desde la posición de un lector que cuenta lo que lee entrelíneas, con sus preguntas, sus ansiedades, sus propias preocupaciones, porque la lectura también es, de hecho, una aventura de la imaginación. Así que El idioma de la fragilidad es una novela escrita desde un corrimiento de la posición tradicional del narrador. El que cuenta es el bibliófilo Carlos Brauer, que a partir de La casa de papel ha narrado mis últimas novelas, solo que si Delatour busca huir de la ficción para entrar en la realidad, Brauer quiere huir de la realidad, precisamente, a través de una ficción. En ese camino de direcciones opuestas se encuentran, y ese juego de espejos es el que se multiplica y expande a la sombra de los nuevos lectores.
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