
Un profesor del Hunter College, en Nueva York, ha creado una de las colecciones especiales de literatura rusa de contrabando más grandes del mundo.
En el siglo XX se introdujeron de contrabando en la Unión Soviética millones de libros prohibidos, a menudo en pequeños lotes, escondidos en contenedores deliberadamente mal etiquetados, empaquetados en latas de comida o cajas de tampones y, al menos en un caso, metidos en el pañal de un niño.
Los turistas soviéticos que visitaban Europa Occidental se llevaban a casa minivolúmenes de El doctor Zhivago. Se decía que los miembros de la Filarmónica de Moscú forraban sus partituras con páginas de libros. Desde sitios donde despegaban globos en Alemania Occidental, se enviaron a Europa del Este ejemplares de Rebelión en la granja de George Orwell.
Publicados en ruso y otros idiomas, y conocidos como tamizdat, estos libros formaban parte de una audaz empresa estadounidense, en parte literaria, en parte propagandística y en parte de espionaje, para desestabilizar el autoritario régimen soviético desde dentro.
En los últimos años, el Hunter College de Manhattan se ha convertido en el hogar de una biblioteca de estos notables libros, miles de los cuales fueron prohibidos en su día en la Unión Soviética y en otros lugares de Europa del Este, y cientos más que hoy están censurados en Rusia. La biblioteca está dirigida por la organización sin fines de lucro Proyecto Tamizdat, que posee actualmente una de las colecciones especiales de literatura rusa de contrabando más grandes del mundo.
La biblioteca está abierta a los visitantes que lo soliciten, y este mes White Rabbit Books, en el Upper West Side, abrirá una nueva sección de su tienda dedicada a la venta de literatura rusa de contrabando antigua y nueva, seleccionada por el proyecto.
El Proyecto Tamizdat es una creación de Yakov Klots, un modesto académico de literatura de voz suave que enseña en el Hunter. Eligió como nombre una palabra rusa que significa "publicado en el extranjero", que, junto con samizdat ("autopublicarse"), era uno de los dos métodos principales para eludir la censura soviética de libros. El telón de acero, señaló, "no era tan de acero después de todo", y los libros se filtraron.
Klots ha ido formando la biblioteca poco a poco, y para ello ha reclutado a sus alumnos, que han construido las estanterías metálicas de IKEA, y ha solicitado donaciones de libros a amigos y desconocidos, entre ellos el exembajador de Estados Unidos en Rusia, John Beyrle.
Con esta colección, la historia del "importante esfuerzo intelectual tanto de los creadores soviéticos como de los socios occidentales --los editores y financiadores y quienquiera que fuera, los contrabandistas-- está toda en un mismo lugar", dijo Alla Roylance, bibliotecaria de estudios eslavos de la Universidad de Nueva York, quien donó algunos de sus propios libros al Proyecto Tamizdat. "Eso es increíblemente relevante en estos días", añadió, ahora que el Kremlin desata una nueva oleada de censura.
Página por página
Klots creció con literatura rusa de contrabando en la ciudad soviética de Perm, cerca de los montes Urales. Su madre, dijo, "tomaba un tren a Moscú solo para pasar por el departamento de un disidente que le regalaba un Solzhenitsyn". Entonces se quedaba despierta hasta altas horas de la madrugada duplicando el libro prestado, página por página.
"Uno de los recuerdos de mi infancia es mi madre tecleando algo por la noche y yo quedándome dormido con el sonido de la máquina de escribir", dijo.
Innumerables hogares soviéticos tienen historias similares de atesorar literatura de contrabando: esconder El doctor Zhivago bajo el colchón de la abuela, hacer una copia de la obra maestra de la poeta Ana Ajmátova, Réquiem.
En el invierno de 2022, Klots acababa de terminar de escribir un libro sobre la historia de la censura de la Guerra Fría. Entonces Rusia invadió Ucrania, y el Kremlin inició una represión de la libertad de expresión en el país a una escala que no se había visto desde la era soviética. Las autoridades rusas persiguieron a autores, detuvieron a editores y censuraron sitios web de fánfics. La policía hizo redadas en librerías y los funcionarios elaboraron listas de literatura censurable y exigieron a los bibliotecarios que retiraran obras de Vladimir Sorokin, Liudmila Ulítskaya, Haruki Murakami, Truman Capote, Susan Sontag y Danielle Steel, entre otros.
"De repente dejó de ser historia y volvió a ser presente y realidad", dijo Klots. "No podía ponerme delante de mis alumnos y solo enseñarles y solo contarles las peculiaridades de la literatura rusa".
Fundó el Proyecto Tamizdat, a través del cual creó la biblioteca, recaudó dinero para ayudar a los estudiantes que huían de la guerra y la persecución, y archivó historias orales de la represión literaria. Cuando el Proyecto Tamizdat anunció que publicaría un libro de un autor que critica al presidente Vladimir Putin, Rusia tachó a la organización de "agente extranjero". Ahora, cualquier persona en Rusia que sencillamente comparta el sitio web del Proyecto Tamizdat sin una declaración de renuncia de responsabilidad podría ser sancionada.
Klots hizo caso omiso de la amenaza. El Proyecto Tamizdat tiene previsto publicar cinco nuevos títulos este invierno y primavera. Si la historia sirve de indicio, dijo, el impacto de un libro tamizdat podría ser como una piedra arrojada a un lago: "Dondequiera que caiga, las olas se hacen mucho más grandes".
Una historia de detectives pura y dura
La ciudad de Nueva York es un lugar apropiado para el trabajo del Proyecto Tamizdat. Durante la mayor parte del siglo XX fue el hogar de editores, académicos, activistas y filántropos que vieron el potencial de los libros de contrabando durante la Guerra Fría e incluso antes.
La primera novela prohibida oficialmente en la Unión Soviética, Nosotros --una visión distópica del totalitarismo escrita por Yevgueni Zamiatin-- se editó dos veces en Nueva York antes de que pudiera publicarse en el país de origen del autor. Zamiatin consiguió enviar su manuscrito al extranjero, y E.P. Dutton lo publicó en inglés en 1924. Más de 60 años después, cuando las autoridades soviéticas levantaron la prohibición, algunos ciudadanos del país ya lo habían leído. El original en ruso de Zamiatin ya había sido impreso en 1952 por la editorial Chekhov Publishing House de Nueva York.
"Era una historia de detectives pura y dura cómo cada libro se publicaba como tamizdat", dijo Klots.
La editorial Chekhov Publishing House recibió financiación encubierta de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por su sigla en inglés) a través de la Fundación Ford, escribe la periodista e historiadora británica Frances Stonor Saunders en La CIA y la guerra fría cultural, y fue una de las numerosas empresas literarias de la ciudad apoyadas por la agencia. La CIA también tenía un programa de difusión de libros prohibidos, conocido durante años como Centro Literario Internacional, con sede en Park Avenue. Bajo la dirección del aristócrata rumano exiliado George Minden, la organización dirigió una vasta red internacional de distribución de libros que introdujo de contrabando unos 10 millones de libros y revistas en los países comunistas, a menudo por correo y en valijas diplomáticas.
En su apogeo, el proyecto de la Guerra Fría de imprimir literatura que estaba prohibida en los países comunistas --y muy a menudo destinada a ellos-- implicó explícitamente a más de una decena de editoriales neoyorquinas.
Los analistas del gobierno describieron la distribución de libros durante la Guerra Fría, probablemente una de las operaciones encubiertas menos costosas de la CIA, como una forma "demostrablemente eficaz" de llegar a la élite soviética e influir en sus actitudes "hacia la libertad intelectual y cultural, y la insatisfacción por su ausencia".
Una nueva relevancia
A medida que el alcance de la censura rusa se ha ampliado en los últimos años, la historia de los editores en Nueva York que publicaban libros prohibidos en la época soviética ha adquirido una nueva relevancia. "Aunque estas personas ya no existan", dijo Klots, "sentaron las bases para que exista un proyecto como el Proyecto Tamizdat y para continuar con su legado".
Una de las donaciones más importantes del Proyecto Tamizdat procedió de la familia de Edward Kline, un filántropo que llevaba una doble vida en Nueva York. La mayoría lo conocía como el millonario director ejecutivo de la cadena de tiendas departamentales Kline Brothers, pero el movimiento por los derechos humanos en la Unión Soviética lo conocía como principal defensor y financiador de su labor editorial.
El Proyecto Tamizdat ha empezado a revelar el alcance de las actividades de Kline. Entre sus muchas iniciativas, adquirió y resucitó la editorial Chekhov, y publicó lo que se convertiría en literatura rusa canónica del siglo XX: obras originales de Nadiezhda Mandelstam, Lidia Chukóvskaia y Joseph Brodsky.
La hija de Kline, Carole Feuer, habló con el Proyecto Tamizdat sobre los años en que los exiliados soviéticos como Brodsky frecuentaban el departamento de su familia en Park Avenue. Durante una visita, un destacado bailarín del Ballet Bolshói, Alexander Godunov, desertó a Estados Unidos en su sala de estar. "Era algo guapo", dijo, "y era el día en que yo tenía que ir a la universidad".
Varios años antes, Kline fundó Khronika Press con los disidentes soviéticos Valery Chalidze y más tarde Pavel Litvinov. Khronika producía una revista bimestral en ruso e inglés que publicaba regularmente noticias sobre detenciones y violaciones de los derechos humanos en la Unión Soviética. Durante un tiempo fue la principal voz de la oposición soviética.
Sin Kline, dijo su antiguo colaborador Litvinov al Proyecto Tamizdat, Khronika Press "no habría existido".
Un movimiento creciente
En la actualidad, Klots es uno de los muchos miembros de una creciente comunidad de migrantes de Europa del Este que siguen los pasos del movimiento por los derechos humanos en la Unión Soviética. Un grupo actual de disidentes rusos ha creado recientemente una nueva Kronika en Nueva York, esta vez respaldada por PEN America y el Bard College, con un mandato más amplio que el de sus predecesores: preservar los medios de comunicación independientes de lugares donde se persigue a los periodistas, entre ellos Rusia y Guatemala. Llama a este trabajo "resistencia digital a la censura estatal".
En Brooklyn, Anya Morlan-Stysis abrió Kvartira, una librería sin fines de lucro que da servicio a personas exiliadas de Europa del Este y a quienes las apoyan. Con paredes de color amarillo brillante y una amplia gama de literatura infantil, Kvartira organiza charlas con autores disidentes y veladas para que los participantes escriban cartas a presos políticos. Es la única tienda física que figura en la lista de vendedores de la editorial de libros prohibidos Freedom Letters en Nueva York. (El pasado septiembre, Rusia añadió el sitio web de la tienda a un registro de sitios prohibidos, citando "información extremista" no especificada).
En 2024, Knopf publicó Patriota, las memorias del difunto líder de la oposición Alexéi Navalni, que Rusia ha prohibido desde entonces por incitar al "odio y la enemistad" contra el gobierno. El verano pasado, Abrams publicó una traducción al inglés de Un verano en el campamento, la novela de romance gay adolescente que el Kremlin prohibió después de que se convirtiera en una sensación. Esto representa solo una pequeña fracción de la producción mundial de títulos de contrabando, unos 600 o 700 según las estimaciones de Klots, producidos desde 2023.
"No puedo evitar pensar en lo que realmente quedará de esta nueva época de tamizdat que está creciendo tan exponencialmente hoy en día", dijo. "No me imagino a nadie leyendo a Solzhenitsyn antes de dormir, ¿verdad? Pero todo el mundo lo hacía no hace mucho tiempo".
El Proyecto Tamizdat espera ayudar a una nueva generación a redescubrir esos libros. "Basta con que un texto se encuentre en otro lugar para que se convierta en un nuevo libro", dijo Klots.
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