
HABÍA BAJADO TANTO LAS EXPECTATIVAS DE MIS RELACIONES, QUE CON QUE UN HOMBRE NO GRITARA ME ERA SUFICIENTE.
A los 32 años, no creía en el amor. Solo estaba en la aplicación de citas para entretenerme con la mercancía.
A solas por la noche, pasaba los últimos cinco minutos antes de acostarme ojeando las fotos de los perfiles de internet, entretenida con los hombres que llevaban collares de perro, los hombres sin camisa, los hombres con la lengua de fuera. Lo más inquietante eran los hombres que no corregían sus faltas de ortografía y utilizaban siglas que solo mi hijo de 13 años habría sido capaz de descifrar.
Era difícil buscar pareja cuando el amor no era algo en lo que yo creyera plenamente. Amaba a mi hijo, por supuesto, y a todos los miembros de mi familia inmediata, excepto a mi tiránico padre, cuyos estados de ánimo nos hacían sentir como en una cuerda floja cuando éramos pequeños. Pero en lo que se refiere a las relaciones amorosas, nunca había experimentado ese sentimiento que todos los románticos parecían sentir. Ellos lo llamaban amor; yo, estupidez.
Además, ¿dónde estaba el mío?
Estaba a punto de desactivar mi cuenta cuando me topé con Richard. No era demasiado musculoso, ni tenía demasiada pose, ni estaba demasiado desnudo. Llevaba una sonrisa sin esfuerzo y tenía la lengua bien colocada dentro de la boca. Su biografía decía: "Por favor, no envíes un guiño. Tengamos una conversación".
Una petición razonable, pero me ponía a mí la responsabilidad. En cuanto a la "religión", se describía como agnóstico. Decidí empezar la conversación por ahí.
"Hola Richard", escribí. "Siempre me interesan las creencias espirituales de la gente. ¿Qué significa para ti ser agnóstico?". A lo largo de los años he descubierto que puede significar "no me interesa" o "tengo curiosidad y estoy abierto a las posibilidades".
Su cortés respuesta indicaba lo segundo.
Aunque Richard vivía en Sídney, a casi cuatro horas en auto de mi casa en la campiña australiana, teníamos mucho en común. Nos unían nuestros trabajos deshumanizantes, y a él le divertían mis actualizaciones periódicas sobre Craig, un mando intermedio contratado con el fin de interrumpir a los empleados solo para decirles que trabajaran más.
Richard y yo compartíamos un gusto musical similar, y nos deleitábamos con el vertiginoso rock psicodélico de Mr. Bungle y el sonido de las guitarras post-grunge de Audioslave.
Después de hablar de trabajo y música, pasábamos al jugueteo. En una de nuestras llamadas telefónicas de tres horas, hablamos de los rasgos de personalidad de los números.
"El número 5 es un auténtico imbécil", dijo.
"¡Sí!", dije yo. "Un viejo pomposo con sombrero de copa. Probablemente fuma puros".
Tener una dinámica tan agradable con un miembro del sexo opuesto era nuevo para mí. La amabilidad y el juego no eran cualidades de las que hubiera sido testigo mientras crecía. En cambio, había un constante ir y venir entre la ira de mi padre y la desesperada necesidad de mi madre de mantener la paz.
Con el rostro enrojecido y los puños apretados, nos llamaba "estúpidos" e "inútiles" cuando las trivialidades de su día no eran de su agrado: una puerta de mosquitero abierta un segundo de más, su filete mal cocido, mi madre que no le daba la razón sobre el poco atractivo de una vecina con la suficiente rapidez. Ella se disculpaba más, intentaba ser mejor cocinera y le daba la razón más rápidamente.
Cuando me fui de casa con casi 16 años, empecé una relación intermitente con un hombre con el que acabaría teniendo un hijo, aunque nuestra relación no duró mucho. Si bien la mayoría de las veces nos llevábamos bien, no había chispa; yo había bajado tanto las expectativas de los hombres que me conformaba con que no gritara.
Sin embargo, esta relación con Richard fue como si me tocara la lotería. No solo no hacía berrinches, sino que era amable, divertido y parecía disfrutar de verdad de mi compañía.
Richard y yo llevábamos chateando un mes cuando por fin viajé a Sídney para conocerlo en persona. Haciéndome la interesante, fingí que venía por trabajo y le dije que quedáramos "ya que estaría por la zona".
Quedamos en su boliche local. Cuando entré en el estacionamiento, con las manos temblorosas, lo vi esperándome con una camiseta blanca y la misma sonrisa de su perfil de citas. Me besó en la mejilla.
Durante la partida de boliche, aplaudió nuestros "spares" y "strikes" y me dio una palmada en el hombro después de una bola perdida, diciendo con una sonrisa: "Ay, cariño, lamento que seas tan mala en esto". Cuando terminamos, me acompañó al auto para darme otro beso en la mejilla.
Estuve radiante todo el camino de vuelta a casa. ¿Era este el sentimiento de enamoramiento que había estado buscando?
La siguiente vez que lo visité, él ya había planeado un día entero para estar conmigo. Durante el almuerzo, comimos bruschetta en su cafetería favorita mientras cada mesero se convertía en una persona sin rostro y cada mueble en una mancha en el universo. Sonrió cuando subí la pierna al costado de su silla para enseñarle mis botas nuevas y me frotó la rodilla con cariño.
De vuelta a su casa, nos sentamos en su sofá para ver una película. No recuerdo qué película era, porque no me interesaba lo más mínimo. Se me aceleró el corazón con él a mi lado, mientras nuestras piernas rozaban.
En algún momento, puso la película en pausa, entró en su habitación y volvió con un CD y un rotulador negro. "Música de Richie para Denise", garabateó en el disco antes de entregármelo. Contenía todas las canciones que él sabía que yo quería, descargadas de su colección.
Cuando terminó la película, me acompañó a la puerta y me dio las buenas noches. Se demoró más de lo necesario --o tal vez fui yo-- así que decidí dar ese paso y besarlo.
Aunque no era un gran besador (demasiada lengua), más tarde describí este momento a una amiga así: "Lo besé y me sentí como en casa". Algo extraño para alguien que proclama no creer en el amor.
Aquel beso intenso y demasiado húmedo había llevado las cosas al siguiente nivel. Sentada en mi cubículo frío del trabajo, sonreía cada vez que vibraba mi teléfono. Siempre era él. Lo mejor de mi día eran sus mensajes excéntricos; ni siquiera mi molesto jefe me ponía de mal humor.
"¿En qué crees que piensan las vacas?", escribió Richard.
Mi mente se estaba abriendo a la posibilidad de que el amor fuera algo más que la obligación de cuidar a alguien que te hacía la vida imposible. ¿Quizá el amor romántico, ese concepto imaginario que había comparado con Santa Claus y el Conejo de Pascua, no era tan imaginario después de todo?
Llegué a la conclusión de que Richard no me habría devuelto el beso, planeado un día solo para mí y enviado mensajes constantemente si no estuviera tan interesado como yo. Había llegado el momento de cambiar esta relación de casi algo y convertirla en algo un poco más serio.
Richard estaba en el consultorio del médico esperando una cita y llevábamos toda la mañana enviándonos mensajes juguetones.
"Los dos nos gustamos", le escribí. "¿Y si voy adonde estás más a menudo y vemos qué tal nos va con esto?". Respiré hondo y pulsé enviar.
Silencio.
Miré el móvil, deseando que zumbara. Normalmente contestaba rápido, en cuestión de minutos.
¿Quizá lo había llamado el médico? Un momento desafortunado, pero era la única explicación. Estaba segura de que una respuesta entusiasta calmaría pronto mi ansiedad. "Estaría increíble", esperaba que dijera. "¿Quizá yo también podría ir a verte alguna vez?".
Unas horas angustiosas después, por fin respondió. Me explicó que sí, que le gustaba, pero que no quería nada que se pareciera a una relación. No había pensado que fuéramos en esa dirección.
Pasé los días siguientes en la cama, llorando, durmiendo y llorando, un torrente de lágrimas que parecía no tener fin. Me levanté de la cama y le expliqué a mi hijo la versión abreviada de la historia que había detrás de mi cara hinchada.
"Suena a que es un imbécil", me dijo.
Esbocé una débil sonrisa y volví a la cama para pasar otra ronda de autodesprecio.
¿Quizás si hubiera esperado, Richard habría decidido que también quería esto? ¿Había sido tonta e impaciente?
Intenté mantener viva la amistad, con la esperanza de que las cosas volvieran a ser como antes de que lo espantara. Pero nunca fue lo mismo. Tardaba más en responder, horas en lugar de minutos. Sus mensajes eran educados, cuidadosos y breves. Nada de bromas sobre jefes, música, vacas o números. Ya no era el mismo.
En aquel momento, mis amigos dijeron que Richard me había dado falsas esperanzas, y quizá fue cierto. O quizá simplemente veía el mundo de otra manera. No estoy segura de que importe.
Mi breve enamoramiento me ayudó a restablecer mi realidad. Aunque "no gritar" no equivale a amar, tampoco lo hacen unos textos extravagantes y una lista de reproducción compartida.
Cuando Richard entró en mi vida, pensé que había superado las expectativas que yo había fijado para las relaciones románticas, pero no me di cuenta de que mis expectativas estaban por los suelos, pues me basaba en lo que había visto de mis padres.
En los años siguientes, aprendería que el amor nace de conocer y respetar a alguien, mucho más allá de las similitudes superficiales y de la mínima amabilidad que había recibido tan agradecida de Richard. ¿Y esa felicidad de mariposas en el estómago? Cuando puedo disfrutar un poco de eso, es solo un extra.
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