
Testimonios de testigos y videos del cementerio más grande de Teherán muestran un trato irrespetuoso a los muertos tras una brutal represión gubernamental.
Las familias hurgaban frenéticamente entre las pilas de cuerpos, tan amontonados que los vivos tenían que tener cuidado de no pisar a los muertos.
Lloraban y maldecían mientras buscaban en las bolsas de cadáveres el número asignado a su ser querido para el entierro: una capa surrealista de burocracia impuesta a una pesadilla caótica.
Pero el punto de quiebre llegó cuando los trabajadores del cementerio, con aspecto cansado, llegaron en camiones frigoríficos para arrojar aún más cuerpos al suelo. Las bolsas de cadáveres cayeron con un ruido repugnante delante de los espectadores que habían venido a enterrar a sus hijos, hermanos, padres y madres.
"Ese momento destrozó a la gente. La gente no podía ver cómo arrojaban los cuerpos de esa manera", dijo Kiarash, un testigo que describió la escena este mes en Behesht-e Zahra, el cementerio más grande de Teherán. "Había una madre tendida sobre el cadáver de su hijo, suplicando ayuda para que no lo arrojaran a algún sitio", añadió Kiarash.
Enfurecida, la multitud empezó a abrirse paso hasta el pasillo del depósito de cadáveres, maldiciendo al líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamení --un delito penal en el país--, mientras las fuerzas de seguridad miraban.
"Las madres lloraban, gritaban", dijo Kiarash. "Y toda la gente gritaba cosas como: 'Muerte a Jamení'". Cuando Kiarash tomó su teléfono para filmarlos, dijo, las fuerzas de seguridad se lo impidieron rápidamente. Otros, sin embargo, consiguieron filmar y compartir subrepticiamente las protestas de ese día, en videos que han sido verificados por The New York Times.
Kiarash, quien, al igual que otras personas entrevistadas, pidió ser identificado solo por su nombre de pila para proteger a sus familiares, ofreció a The New York Times un testimonio inusual y detallado de sus experiencias durante una visita a su familia en Irán, que coincidió con las protestas antigubernamentales que sacudieron el país durante semanas. Una violenta represión desatada por el gobierno ha sofocado por ahora esas manifestaciones, según los residentes.
El asombroso número de víctimas de esta represión apenas ha empezado a emerger, oscurecido por el cierre de internet y de las líneas telefónicas por parte del gobierno durante más de una semana. Aunque se están restableciendo lentamente algunas comunicaciones, están apareciendo poco a poco testimonios y pruebas fiables.
Los grupos de derechos humanos afirman que han reunido tantos testimonios individuales de personas que presenciaron la acumulación de un gran número de cuerpos en depósitos de cadáveres y cementerios de todo el país que prevén que el número de víctimas mortales supere con creces las estimaciones actuales de hasta 4500 personas.
Y, al igual que Kiarash, tres grupos de derechos entrevistados por el Times relataron un trato espantoso a los muertos.
Mahmood Amiry-Moghaddam, director de Iran Human Rights, grupo de defensa de derechos humanos con sede en Oslo, dijo que su equipo también había recibido testimonios de cuerpos apilados unos sobre otros en Teherán y en la ciudad costera de Rasht. El grupo documentó testimonios de personas que dijeron haber sido obligadas a buscar en camiones cargados de cuerpos para encontrar a sus seres queridos en Teherán y en la ciudad nororiental de Mashhad.
En los barrios más pobres de Mashhad, algunas familias contaron que les habían pedido que pagaran sumas imposibles, a veces de hasta 6000 dólares, para recuperar los cuerpos de los manifestantes, según los testimonios recogidos por el Centro para los Derechos Humanos en Irán, organización con sede en Nueva York.
"Estas personas no pueden recoger los cuerpos de sus seres queridos porque no pueden pagar esa cantidad de dinero", dijo Hadi Ghaemi, director del centro. "Así que los cuerpos son arrojados y enterrados en fosas comunes".
La práctica de imponer una "cuota por bala" a las familias de los disidentes muertos se remonta a la brutal represión de la República Islámica contra sus opositores en la década de 1980, cuando las autoridades exigían un pago para devolver los cuerpos de las personas que ejecutaban.
Algunas de las pruebas que están reuniendo ahora los grupos de derechos proceden de viajeros que pasan información de contrabando cuando salen de Irán.
Un médico declaró al Times que sacó clandestinamente videos y testimonios de médicos en la ciudad central de Isfahan. Compartieron información sobre el elevado número de muertos solo en esa ciudad entre el 8 y el 10 de enero, en el punto álgido de la represión gubernamental.
"Ahora todo el mundo conoce a alguien a quien han matado", dijo el médico, Mohammed. "El silencio impuesto a la gente no es normal: es un silencio que lleva el polvo de la muerte".
Kiarash dijo que había visto cientos de cadáveres durante su visita a Behesht-e Zara, la tarde del 10 de enero, cuando se había reunido con su hermano para enterrar a una amiga de la familia. La amiga, de 41 años y madre de dos hijos, había recibido un disparo en el cuello en una protesta la noche anterior, dijo Kiarash.
Los dolientes en el cementerio empezaron en una zona de recepción, donde recibieron un número que coincidía con la etiqueta en el cuerpo de su ser querido, relató Kiarash. Luego se dirigieron al depósito de cadáveres, donde los trabajadores del cementerio llevan a cabo los ritos musulmanes de lavar los cadáveres y cubrirlos con un sencillo sudario blanco antes de devolvérselos a sus seres queridos para que los entierren.
Mientras las familias esperaban fuera del tanatorio, se dieron cuenta de que se habían apilado montones de cuerpos en almacenes cercanos, dijo Kiarash. La visión provocó un frenesí a medida que la gente se abría paso entre las fuerzas de seguridad para ver si sus seres queridos estaban entre las pilas.
"Había filas y filas" de cadáveres, dijo.
Dian, iraní exiliado en el extranjero, dijo que su familia había vivido una experiencia similar a la de Kiarash en el mismo cementerio. Al padre de Dian lo mataron a tiros en una protesta, según le contó su familia, y lo enterraron en Behesht-e Zahra un día después de que Kiarash estuvo allí.
La familia de Dian también describió escenas de cadáveres apilados unos sobre otros y de trabajadores del cementerio insultando a las familias de los muertos.
Lo que más inquietó a Kiarash, dijo, fue ver cómo los trabajadores del cementerio manipulaban descuidadamente bolsas diminutas para cadáveres --de niños, supuso, de no más de 10 o 12 años--.
"Arrojaban los cadáveres unos encima de otros, metían a los niños en bolsas pequeñas y se aplastaban debajo de ellas", dijo. "Cada vez que digo esto, se me parte el corazón".
Los jóvenes reclutas que supervisaban a la multitud parecían tan estupefactos como las personas a las que debían controlar, añadió Kiarash: "Algunos lloraban".
Behesht-e Zahra tiene una poderosa resonancia para los iraníes.
Allí está enterrado el ayatolá Ruhollah Jomeini, fundador de la República Islámica establecida tras la revolución de 1979. También es el lugar de descanso final de miles de soldados que perdieron la vida en la guerra entre Irán e Irak durante la década de 1980.
El año pasado, las autoridades arrasaron una parcela en la que había muchos presos políticos, quienes fueron ejecutados por millares durante la década de 1980.
Muchos grupos de derechos humanos calculan que el número de víctimas de los últimos disturbios en Irán podría superar los 10.000.
También han aparecido imágenes del 10 de enero, tomadas en un laboratorio forense situado a poca distancia de Behesht-e Zahra.
Los videos muestran a multitudes sollozantes que buscan entre los cadáveres apilados en el suelo mientras llegan camiones frigoríficos de 12 metros de largo, similares a los que describió Kiarash, para descargar aún más muertos.
La última humillación es el entierro en sí mismo.
Arina Moradi, que trabaja para el grupo de derechos humanos Hengaw, con sede en Noruega, dijo que las autoridades de Teherán habían obligado a su familia a pagar dinero para recuperar el cuerpo de su primo, Siavash Shirzad, de 38 años. Pero negaron a la familia de Shirzad el derecho a enterrarlo en su ciudad natal, Bukan, en el oeste de Irán, donde vivía su familia.
En su lugar, obligaron a la familia a enterrarlo en una remota aldea ancestral.
"Pagaron el dinero y tuvieron que aceptar que no permitirían ninguna manifestación ni nada, que lo enterrarían en silencio", dijo Moradi.
La estricta restricción de los ritos funerarios, dijo Ghaemi, es una lección que la República Islámica aprendió de la revolución de 1979. Entonces, los funerales de los manifestantes y los habituales servicios conmemorativos musulmanes chiíes que se celebran 40 días después de la muerte de una persona resultaron fundamentales para mantener el impulso de las manifestaciones que finalmente derrocaron al sha.
"La razón por la que las autoridades son tan sensibles sobre dónde se entierran los cadáveres es que se convierten en símbolos para la gente entre la que viven, y la posibilidad de que se produzcan reuniones en el cementerio que podrían desencadenar protestas de mayor envergadura", dijo Ghaemi. "Básicamente niegan a la gente el derecho a guardar luto".
En Behesht-e Zahra, Dian dijo que los guardias de seguridad habían acompañado a su familia hasta su parcela funeraria para vigilarlos. En un video compartido por la familia, los dolientes se limitaban a corear: "¡Honorable! Honorable!".
Kiarash dijo que los guardias de seguridad habían apresurado a los amigos de su familia en su último adiós.
"Un agente estaba de pie junto a nosotros: 'Tienen 30 minutos para hacer lo que necesiten'", recordó Kiarash. Bajaron a la amiga a la tumba; la tierra vertida sobre su cuerpo se regó rápidamente para apisonar el polvo.
Kiarash dice que el silencio impuesto por la represión del gobierno no puede durar.
"La palabra odio no es lo suficientemente fuerte para describir lo que siente la gente", dijo. "Se acabó".
Sanam Mahoozi, Monika Cvorak y Artemis Moshtaghian colaboraron con reportería.
Sanam Mahoozi, Monika Cvorak y Artemis Moshtaghian colaboraron con reportería.
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