El derecho internacional ha muerto. Pero volverá

Vivimos hablando de la superficie de los acontecimientos, mientras en el trasfondo persiste una capacidad real de destrucción masiva en manos de quienes la poseen

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Vista del Palacio de la Paz, sede de la Corte Internacional de Justicia, el máximo tribunal de la ONU, el 2 de febrero de 2024, en La Haya, Países Bajos (AP Foto/Peter Dejong/Archivo)
Vista del Palacio de la Paz, sede de la Corte Internacional de Justicia, el máximo tribunal de la ONU, el 2 de febrero de 2024, en La Haya, Países Bajos (AP Foto/Peter Dejong/Archivo)

El derecho internacional que conocimos fue, en esencia, una construcción kantiana: la aspiración moral del deber ser que surgió después de las guerras atroces del siglo XX. Fue la respuesta idealista de la civilización ante la barbarie

El impacto de aquellas tragedias fue tan profundo que la moral se apoderó del derecho y lo moldeó. En realidad, siempre ocurre así: es la moral de una época -la de las mayorías circunstanciales que conducen la representación política de las sociedades- la que organiza el derecho vigente y lo cristaliza en códigos, tratados e instituciones. La política de un tiempo construye el derecho de esa época. Max Sørensen lo formuló con claridad en su clásico manual de derecho internacional público: para comprender el sistema jurídico internacional hay que comprender primero el mundo político que lo produce.

Después de las dos guerras entonces creímos haber alcanzado una madurez colectiva. De allí nacieron los organismos multilaterales: la arquitectura institucional que prometía evitar que la barbarie volviera a repetirse. Funcionó, al menos por un tiempo, porque las grandes potencias aún conservaban la capacidad de disciplinar el sistema. Siempre el miedo al final.

Pero esa realidad comenzó a erosionarse con la carrera nuclear expansiva. Allí se encuentra el núcleo duro de los conflictos contemporáneos: nueve países poseen hoy una capacidad de destrucción que vuelve casi trivial la devastación de Hiroshima y Nagasaki. Ese es el verdadero nudo gordiano de nuestro tiempo, aunque rara vez se discuta con franqueza sobre el asunto y todos queremos creer que no pasará. (Es igual que el terrorismo: todos sabemos que acecha pero nadie lo quiere aventurar por razones diversas).

El logotipo de la ONU (Foto AP/Pamela Smith/Archivo)
El logotipo de la ONU (Foto AP/Pamela Smith/Archivo)

Vivimos hablando de la superficie de los acontecimientos, mientras en el trasfondo persiste una capacidad real de destrucción masiva en manos de quienes la poseen. Somos hábiles para debatir lo lateral y evitar ir a fondo: nunca como ahora nos jugamos la vida del planeta y nunca como ahora es políticamente incorrecto abordar semejante asunto. Causa espanto la cobardía ante el horror eventual. Y produce intelectuales adormilados, de un lado y del otro. Nunca los intelectuales movieron tan poco el avispero, será por temor o mala fe, pero no es una época de desafiantes del pensamiento.

Por eso el caso iraní es grave. Nadie cree seriamente que el enriquecimiento de más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60% tenga únicamente fines científicos. ¿Cuál sería el sentido de alcanzar ese nivel y no avanzar? ¿Con qué objetivo lo haría un régimen que declara abiertamente su voluntad de hacer desaparecer a otro Estado? La Agencia Internacional de Energía Atómica no inventó esos datos, como tampoco inventó las amenazas físicas dirigidas contra su director, Rafael Grossi. Conviene no confundir la agresividad del régimen iraní con el malestar que muchos sienten hacia Estados Unidos. Son cuestiones completamente distintas y el empantanamiento mental de las sociedades logra producir confusión al respecto. Es tonto no advertir la malicia y el peligro de Irán en su región y en el mundo.

Durante el siglo pasado hubo avances genuinos hacia un derecho internacional humanitario. El optimismo jurídico inundó a la política. Pero, como advirtió Max Weber, toda burocracia termina desarrollando su propia patología. El multilateralismo terminó devorándose a sí mismo y creó un monstruo que nada tiene que ver con su idea primigenia. Así el derecho claudicó ante la comodidad del cargo y el oropel.

Se construyó una estructura institucional planetaria que comenzó a navegar en inercias que nadie controlaba. Con el tiempo aparecieron organismos regulatorios de dudosa solvencia técnica, liderazgos de baja estatura moral y un ideologismo rudimentario que terminó por erosionar su credibilidad. El invento terminó matando a sus propios inventores. Es supuesto “buenismo” fue lo peor que pudo suceder. Fueron buenos para ellos mismos, pero malos para el mundo o inocuos con el dinero de todos.

Así murió el multilateralismo tal como lo conocíamos: consumido por su propia siesta ideológica. Los objetivos originales eran nobles. Los operadores no siempre lo fueron. Hubo excepciones valiosas -personas íntegras y valientes- pero fueron minoría, la regla fueron burócratas pagos con los impuestos de la gente. Como esto se sabe poco, la fiesta fue a lo grande y a nadie le importó. ¿Cuántos secretarios generales de Naciones Unidas recuerda usted? ¿Cuántos y que lograron que cosas? La respuesta es desestimulante.

Trabajar en muchas de estas instituciones terminó requiriendo una ortodoxia ideológica muy precisa: ser progresista, woke, abanderado de ciertas causas globales. El resultado fue una proliferación de organismos que subsidiaron lo imposible. Desde agencias infiltradas hasta estructuras enteras perforadas en sus cimientos. Todo el debate sobre ACNUR causa estrépitos. O la propia OMS suelen ser espacios donde no siempre se duerme en paz.

Y llegamos al absurdo: Irán o Cuba dando lecciones de derechos humanos en comités de Naciones Unidas; decenas de vetos de Rusia bloqueando decisiones en el Consejo de Seguridad; abucheos en la Asamblea General que recuerdan más a un estadio de fútbol que a un foro diplomático. Derrapamos. El sistema perdió solemnidad, autoridad y credibilidad.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (Europa Press)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump (Europa Press)

Era inevitable que, tarde o temprano, alguien denunciara el “rosqueo”, la casta internacional, la corporación cerrada, la inercia ideológica y la inutilidad de buena parte de este entramado de consultores, expertos y técnicos cuyo impacto real sobre el mundo es -seamos honestos- bastante discutible. El planeta seguiría girando aunque muchos de esos organismos desaparecieran mañana. No pasaría nada grave, nada. No todos, por supuesto. Existen áreas técnicas que funcionan bien. Pero no son la regla.

El sistema nació para defender la paz y los valores democráticos. Sin embargo, terminó tolerando -y a veces legitimando- dictaduras brutales y organizaciones violentas que asesinan con sorprendente impunidad. Y el continente americano tiene normas y tratados que nos comprometen en la defensa de la democracia como la Carta Democrática. Por eso lo que pasa en estas tierras nos concierne. Y por eso el umbral de compromiso en el continente es mayor.

Cabe mencionar con respeto cómo la Comisión de Derechos Humanos de la OEA calificó como “terrorismo de Estado” lo ocurrido en Venezuala. Y siempre recuerdo con vergüenza la lentitud -casi diletante- de la Corte Penal Internacional frente a los mismos hechos. Dos instituciones, dos comportamientos opuestos: uno digno, otro decepcionante.

Era cuestión de tiempo para que un presidente disruptivo decidiera desnudar el sistema. Donald Trump lo hizo sin demasiadas sutilezas. Como además Estados Unidos financia una parte sustantiva de este entramado institucional, el conflicto estalló inevitablemente. Muchos sabían lo que ocurría. Pocos se animaban a decirlo.

Las burocracias internacionales se convirtieron en ecosistemas ideológicos cerrados, poblados por redes de afinidad política que dominaban procesos de selección y promoción bajo la apariencia de neutralidad técnica. El progresismo global encontró allí un hogar confortable: la revolución declamada desde oficinas en Ginebra, con fondue y vino blanco; o desde Nueva York, entre prosecco y antipasti.

La paradoja era demasiado evidente. Quizás sea una coincidencia -aunque cuesta creerlo- que el día en que Trump habló en Naciones Unidas no funcionaban los micrófonos, ni las escaleras mecánicas, ni buena parte de la infraestructura del edificio. Pequeños gestos, sí. Pero el diablo suele esconderse en los detalles.

¿Nacerá un nuevo derecho internacional? Seguramente. Pero todavía no. Antes debe decantar el nuevo equilibrio de poder entre Estados Unidos y China. Ambos países atraviesan procesos internos de reorganización política y estratégica. Hoy son ellos quienes barajan las cartas del sistema internacional. El resto observa desde los márgenes, intenta colarse en la partida y simula tener poder. Estados Unidos y China son los que vienen. Todo lo demás queda mirando con la ñata contra el vidrio. El poder real está concentrado en esa mesa.

Lo más probable es que no se destruyan mutuamente, sino que busquen un equilibrio inestable, una especie de empate estratégico durante algún tiempo. Falta. El mundo está entrando en una transición larga. El viejo derecho internacional ha muerto. El nuevo aún no ha nacido. Y en ese interregno -como suele ocurrir en la historia- reina la incertidumbre.