
Tony Bennett se marcha en momentos en que el mundo no parece valorar la bondad, virtud que lo definió como ser humano y como artista. Su noble conducta era apreciada por quienes trabajaban con él, quienes vivían con él como parte de su familia y por sus competidores. Los empleados de todos los teatros del mundo en los que derramó su talento recurrían a cualquier maniobra para ser asignados al equipo de producción de sus espectáculos. Sus fanáticos jamás dejaron de recibir una respuesta a los correos que le enviaban. Sus hijos nunca sintieron su ausencia cuando estaba de gira artística y sus productores sabían que se sometería a la disciplina de la creación artística para alcanzar la perfección.
Pero no era un obseso del método. Para él lo más importante era saber llegar al alma de su público. Y ello requería de buenas composiciones, excelente música, extraordinaria voz y talento histriónico. Tony tenía dos de los ingredientes. La música y las composiciones las obtuvo vía sus relaciones con las grandes figuras de la música y la canción. Su relación personal con Bob Hope, Frank Sinatra y Leonard Bernstein le permitieron afinar su talento histriónico, adoptar un modelo exitoso y desarrollar un talento musical que lo hizo destacar en su profesión.
Supo navegar las corrientes del cambio mediante la articulación de dúos con artistas de su generación y más jóvenes. Así transmitió su estilo y su música a las nuevas generaciones al tiempo que remozó su repertorio introduciendo nuevos ritmos, tonalidades y estilos.
En 2016 comenzó a tener síntomas de padecer del mal de Alzheimer y decidió acelerar su proyecto de unirse a Lady Gaga. El resultado no pudo ser más fabuloso. Ella ingresó en las alturas del crooning y nutrió sus baladas con las melodías del siglo XXI. Y el ejercicio sirvió para detener el avance del mal y regalarnos a todos una creación artística que trasciende las generaciones y el tiempo.
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