
El título es por la renombrada frase en “Il Gattopardo” de Giuseppe Tomasi di Lampedusa: “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi”.
La novela narra la pugna de la aristocracia siciliana por sobrevivir en la turbulencia de la segunda mitad del siglo XIX. El personaje principal, el Príncipe de Salina, expresa el intento de preservar el poder feudal en la Sicilia Borbónica frente al Risorgimento, el movimiento de la unificación que ocurriría en 1870.
La novela no casualmente comienza en mayo de 1860, cuando Garibaldi desembarcó en Sicilia para continuar su revolución y completar la gesta de la unificación italiana con dicho evento decisivo. “Il Mezzogiorno immobile” de pronto se topó con el cambio histórico y las ideas de democracia y justicia social. Y gracias a Lampedusa nos quedó un concepto de gran valor analítico: gatopardismo.
El término retrata la estrategia de una elite política que produce una transformación aparentemente profunda pero que en definitiva es puramente cosmética, un mero reacomodamiento para conservar su poder original. A propósito, el magistral Luchino Visconti—un aristócrata lombardo con ideas marxistas, lo cual no era infrecuente entre los neorrealistas—también puso la historia en la pantalla con el mismo título.
Curiosamente, la noción de gatopardismo también arroja luz en la concepción comunista del poder y sus estrategias de reproducción en el tiempo. En febrero de 1956, Krushchev pronunció su “Discurso Secreto” ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. Denunció los crímenes y las purgas de Stalin, a quien denostó por fomentar el culto a la personalidad.
Fue un regreso a los fundamentos del marxismo-leninismo, marcadamente anti-personalista en su ortodoxia, y a la institucionalización del Estado-partido y su burocracia. Una aplicación acabada de gatopardismo: el revisionismo de Krushchev no llegó demasiado lejos. El sistema quedó intacto y el Partido Comunista, fortalecido.
Asimismo ocurrió con las reformas en otros países de la órbita socialista, por ejemplo, el “socialismo de mercado” en Hungría y la liberación de precios en Polonia, Bulgaria y Alemania Oriental en los sesenta. Otro tanto en China con la liberalización y apertura económica bajo Deng Xiaoping, cuya lógica política era reconcentrar poder en el partido.
Nunca una reforma iniciada desde adentro por la elite comunista ha perseguido un cambio de sistema, si ello ocasionalmente ocurrió fue como consecuencia no buscada.
Estas proposiciones hoy se confirman en una versión tardía y caribeña del fenómeno. Tuvo lugar esta semana el Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba. Allí Raúl Castro anunció su renuncia al cargo de Primer Secretario del partido dejando en su lugar a Miguel Díaz-Canel, quien también lo había sucedido como presidente de la nación en 2018.
La prensa occidental recibió estos anuncios con un cierto beneplácito, o al menos en un tono expectante. “El fin de una era”, aseveró “The Economist”. “Castro parte habiendo puesto en movimiento un periodo importante de cambio político y económico”, certifica el “Washington Post”. Ello en sintonía con el “New York Times”, que poco antes del inicio del Congreso se aventuraba en pronosticar que “los líderes cubanos probablemente anunciarán más reformas”.
¿Cuáles cambios, qué reformas? A quienes parecen haber caído en la trampa tendida por el gatopardismo castrista les actualizo la cuestión: la primera resolución del Octavo Congreso ha sido la determinación de “Continuar fortaleciendo la actuación del Partido, esencialmente en lo referido al trabajo político ideológico” y “preservar los principios de la revolución y el socialismo”. Pueden corroborarlo en “Granma”, el órgano oficial del partido.
Es decir, lo de siempre, “que todo cambie para que todo siga igual”. Especialmente la represión, el propio gobierno lo puntualizó con hechos para información de los optimistas. La foto que acompaña esta columna documenta el momento de la detención durante ocho horas del dirigente de la Unión Patriótica de Cuba José Daniel Ferrer, apenas un par de días después de finalizado el Congreso partidario.
El G2 usa el ensañamiento y el desgaste como método. José Daniel no es el único pero es un blanco recurrente, víctima de un amplio menú de abusos. Es que el régimen enfrenta problemas desconocidos, está confundido y asustado. No sabe cómo responder al hartazgo manifiesto de la población e ignora cómo silenciar la voz de artistas, cantantes, escritores y defensores de derechos humanos que amplifican el descontento al llevar el mensaje a oídos internacionales.
El castrismo no concluye con el aparente fin de la dinastía. Continúa en su fórmula: constitución despótica, partido único, policía política y prensa oficial. Insistir con el apaciguamiento después de 62 años así es de ingenuos o simplemente de cómplices. La mera sugerencia de que esa casta ha producido o producirá cambios verdaderos es burlarse de las dos generaciones de cubanos que no han vivido un solo día en libertad.
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