Los 10 cambios urgentes que debe ejecutar China, y el peligro de la otra pandemia

Desde el respeto a los derechos humanos hasta la transparencia, en pocos meses, Beijing dilapidó su capital político internacional y confirmó que los regímenes no democráticos no son de confiar

laureano@infobae.com
Xi Jinping, en el centro de la escena, junto con otros funcionarios del régimen chino. La administración de la crisis por el coronavirus dejó al mandatario en el medio de una tormenta (Reuters)
Xi Jinping, en el centro de la escena, junto con otros funcionarios del régimen chino. La administración de la crisis por el coronavirus dejó al mandatario en el medio de una tormenta (Reuters)

Vaya paradoja la actual: mientras un régimen no democrático ocultó al mundo el incipiente e incontrolable brote del coronavirus Sars-CoV-2 –que atraviesa y mata a un número indefinido de seres humanos– algunos intentan configurar un esquema similar para sus países. Mayor control; menor libertad. Ese es otra de las posibles pandemias que podría dejar esta enfermedad en un futuro cercano. La tentación es grande en varios Gobiernos, sobre todo pobres de espíritu institucional.

China, el gigante que deslumbró al planeta durante tres décadas por su voluminoso crecimiento, retrocedió casilleros en la arena internacional. Perdió la confianza de quienes supieron ser sus socios, y cientos de demandas llegarán hasta las cortes internacionales para que Beijing pague con efectivo su desorden en materia de transparencia y sanidad. Esa falta de diafanidad en sus políticas internas es lo que pondrá en jaque sus negocios futuros con países desarrollados y con estructuras democráticas sólidas.

El alerta alrededor del régimen de Beijing y su omnipotente/presente Partido Comunista Chino (PCC) no nació, sin embargo, en las últimas semanas, cuando se descubrieron las maniobras que había ejecutado para silenciar a los médicos que lucharon -y murieron- en el golpeado epicentro epidemiológico, Wuhan. Fue bastante antes. Esa luz roja se encendió cuando el poder central ordenó una brutal represión contra los ciudadanos de Hong Kong en junio de 2019, cuando salieron a las calles en protesta por los abusos a las libertades más básicas que llegaban desde la capital china.

Militarizada, el centro bursátil y comercial de Asia se vio bajo amenaza, golpeando sus finanzas como pocas veces en su rica y multicultural historia. Las protestas sobrevivieron hasta los primeros días de enero de este año, cuando la autocracia y el PCC estaban más detenidos en tapar lo que ocurría con una extraña neumonía infecciosa que en atender demandas de libre albedrío en una isla.

Los abusos cometidos por el Gobierno de Xi Jinping, pues, no deberían constituir una novedad ni ser ajenos a los atentos ojos de cualquier político que eleve las banderas de la democracia. El esfuerzo intelectual para justificar estos atropellos básicos a los derechos humanos es encomiable. Digno de un estudio académico superior.

Los Estados Unidos y Europa, principales socios estratégicos de China en términos comerciales y de desarrollo en los últimos años, reverán sus posiciones políticas respecto a Beijing. Lo mismo harán países menos atentos a las instituciones, aunque seguramente se vean más comprometidos con las promesas de efectivo que de transparencia. Vladimir Putin también tendrá la difícil tarea de evaluar su vínculo con su socio Jinping. El coronavirus está haciendo estragos en el ya abandonado sistema sanitario ruso. Las sanciones saldrán en conjunto, pero para eso hay tiempo.

Esa transparencia a la que algunos verán con desdén por intereses a corto plazo, será clave en el futuro próximo para que China vuelva a ser considerada en el escenario internacional. El daño que el ocultamiento del coronavirus provoca en las economías de todo el globo es brutal y de dimensiones desconocidas. Su decidida falta de reacción –y de solidaridad con el resto de los países– desde un comienzo marcan a las claras la intencionalidad de intentar soslayar lo que terminó siendo una pandemia mortal para vidas humanas y para el motor productivo.

Pero, además, China deberá dejarse someter a investigaciones internacionales transparentes que permitan saber qué fue lo que ocurrió en Wuhan y cuál fue el origen y el grado de negligencia de las autoridades tanto locales como nacionales. Australia ya levantó la voz y pidió una pesquisa independiente y sin la presencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La libertad de prensa y de expresión también representan un desafío para el futuro del régimen y quienes quieran ser parte de su falsa impostura. La ausencia absoluta de medios independientes que no sean auscultados por el PCC -salvo contados casos en Hong Kong- deberá ser revisada. ¿Cómo confiar en una administración centralizada que digita hasta el más mínimo detalle qué tiene que conocer la población y en qué momento? La falta de información desde el inicio del brote hizo que miles murieran en Wuhan... y luego en el mundo. A tanto llegó el control que las redes sociales eran silenciadas cuando querían levantar un aviso sobre que un virus similar al SARS estaba asesinando vecinos en la capital de la provincia de Hubei.

La baja calidad en los derechos laborales -denunciados cínicamente en foros aunque sin el énfasis necesario- que padece el pueblo chino deberá ser reconsiderada en este nuevo capítulo de intercambio comercial. Occidente no puede mirar para otro lado si dice defender los derechos humanos más elementales. Allí, los trabajadores padecen los rigores del “capitalismo más salvaje” y la flexibilización a la que se someten provocaría rubor en otras latitudes.

Los países que ahora sufren las consecuencias de años de mala praxis china tampoco pueden simular distracción al aceptar cargamentos de insumos de pésima calidad para luchar contra el coronavirus que ponen doblemente en peligro al personal médico que combate la enfermedad COVID-19. España, Francia y otros países ya devolvieron material defectuoso de una industria que nació alentada por el propio régimen. Los certificados de calidad que emite Beijing en materia sanitaria claramente no pueden ser considerados seguros por estos días. Pero esto no solo ocurre con esta industria en misterioso auge. ¿Qué otro sector soporta el mismo beneficio de la duda por parte de las autoridades chinas?

Este último punto acompaña la creciente deslealtad comercial que puede verse en cada rincón del país. Las falsificaciones de primeras marcas son una constante, como si las grandes empresas tuvieran fábricas en paralelo para vender sus mercaderías en otros circuitos. Un paseo por el gigantesco Mercado de Seda de la capital –y de tantas tiendas más– puede ser un ejemplo suficiente para demostrar la falta de control y auspicio que existe por parte de las autoridades. Un verdadero festival ilegal.

En este contexto, cuesta creer que la protección desmedida que el PCC hace de una de su empresa fetiche sea inocente. El lobby internacional de China para imponer a Huawei como su operador estrella de la red 5G fue abrumador y continúa siéndolo aún en épocas de pandemia. Beijing le gritó a Londres por poner en duda que continuarían con el plan de que sea esa compañía la que tienda el servicio en el Reino Unido. En la isla británica se convencieron que la administración de Xi Jinping no es muy transparente. Lo mismo otras naciones que enfurecen cada vez que escuchan hablar sobre la insolvencia regulatoria china. ¿Quién confiará sus datos y su información a una compañía tecnológica que responde al partido?

Las libertades individuales y el derecho a protestar también tendrían que estar en los próximos intercambios diplomáticos. Tiananmen en 1989 y Hong Kong en 2019 son ejemplos de sobra. En el medio hubo decenas más. El dinero en efectivo con que Xi Jinping tienta a presidentes de países de bajos recursos no debería ser suficiente para acallar los reclamos por el respeto a los individuos. En América Latina y en África esta realidad se profundiza aún más y sus mandatarios ven a la gran nación asiática como su salvadora.

¿Por qué debería ser impensado exigir democracia en China? El planteo suena a tabú y hay quienes argumentan que sería imposible administrar el extenso territorio con autoridades que no cuenten con una mano de hierro. Sin embargo, el freno no tiene nada de cultural: Taiwán lleva años practicándola. Y fue justamente la pequeña e ignorada isla la que previó antes que nadie -incluso que la OMS- el peligro del brote que nacía en Wuhan en diciembre mismo mientras Beijing lo ocultaba.

Xi Jinping, el eterno conductor del siglo XXI, tendrá la difícil tarea de dar vuelta la desconfianza que él mismo generó en todo el planeta. Pero, ¿será él el indicado? La falta de seguridad en el resto de los países que ahora infunde el todopoderoso conductor comunista podría costarle caro internamente. Lejos de consolidarlo, podría provocarle un traspié de los múltiples enemigos que tiene dentro del partido. El management que Jinping hizo que la crisis sanitaria fuera deficiente y peligrosa. Mortal. Incluso aliados confiables para el régimen como Rusia, Pakistán e Irán cuestionaron severamente sus manejos. Será difícil para ellos dar vuelta la página sencillamente.

En una columna escrita esta semana en el diario hongkonés South China Morning Post, el intelectual Chi Wang planteó el principal capital que perdió el régimen en las últimas semanas producto de las revelaciones que van viendo la luz después de tanto oscurantismo en relación con COVID-19. “A China le tomó décadas de progreso construir una fe significativa dentro del sistema internacional que la elevó a la posición de la superpotencia número 2 del mundo”, señala el académico chino. Concluye: “Xi puede tratar de controlar la respuesta de su pueblo a su ineptitud a través de la propaganda y la censura, pero el resto del mundo no lo olvidará tan fácilmente. Necesitará un nuevo enfoque, y mejores asesores, para ayudar a reconstruir la confianza que se ha perdido”.

Twitter: @TotiPI

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