
El aumento de la violencia es un tema preocupante en nuestra sociedad. Una de las razones que facilitan la expresión de la ira y la agresión está directamente relacionada a la manera en la que vivimos y a los cambios sociales que se fueron dando en occidente en los últimos tiempos.
En el presente no se transita con la tranquilidad y parsimonia con la que vivían nuestros abuelos. Los ritmos han cambiado, las exigencias también y de a poco nos hemos ido alejando de aquella forma de vida saludable y de poco stress que tenían nuestros antepasados. La forma en que transcurría la vida hace 40 años, se parece hoy a una película en cámara lenta.
En la actualidad caminamos por la calle cargando un teléfono inteligente que nos permite, en cuestión de segundos, acceder al mundo. Ya no necesitamos diccionarios, ¡Tenemos Google! Ni cargar libros para leer cuando tengamos un minuto libre. Tenemos aplicaciones que, al instante, se encargan de casi todo.
La revolución informática nos está llevando a tener menos paciencia y menos control de nosotros mismos. La rapidez con la que vivimos ayuda a fomentar la ansiedad.
El impacto de la tecnología en nuestras vidas modifica no solo el ambiente en el que nos desarrollamos, sino también la educación y cultura de nuestros hijos y por ende sus conductas. Cuanto más a la mano tienen cubiertas sus necesidades, menos preparados están para la frustración y la espera.
Estamos acostumbrándonos a una velocidad de respuesta que puede poner en peligro nuestro sistema de control mental. El pensamiento, las emociones y la conducta pueden verse afectados por lo inusual que se ha tornado “la espera”. La necesidad de inmediatez en la respuesta, es uno de los peores enemigos a la hora de entrenarnos al culto de la paciencia y al control de nuestras ansiedades.
Hoy todo se desarrolla más rápido. La aceleración con la que vivimos contribuye a la violencia, a la impaciencia y a la agresión descontrolada. Basta con mirar un noticiero para darnos cuenta de que estamos en una sociedad que cada día se aproxima más a la intolerancia, en lugar de cultivar el respeto y la paciencia. El ritmo de las grandes ciudades nos ha pasado por encima dándole de comer a la tensión, la molestia y la agresión. En los tiempos que corren, se ha vuelto todo desafío regresar a casa en trasporte público y en hora pico y que no se vea afectado nuestro equilibrio emocional.
La violencia es un mal que acecha a la sociedad en su conjunto y los factores implicados (cultura, sociedad, educación y cerebro), se entrecruzan entre sí y dejan al descubierto el alto nivel de desenfreno al que estamos expuestos.
El respeto a los demás, el cuidado y el acatamiento de las normas establecidas por la sociedad, es uno de los mejores frenos que podemos utilizar para evitar la violencia. Tenemos que aprender a distinguir en nosotros aquellos factores “irritantes” que nos pueden generar una conducta violenta. Tener plena conciencia y trabajar en su modificación, es una buena forma de controlar y mejorar esos aspectos.
Pensemos en nosotros como si fuéramos un vehículo. Las emociones son el acelerador y nuestro pensamiento y decisión, el freno. Cuando el sistema funciona bien, el freno inhibe a las emociones violentas, las regula y las controla.
La violencia, la agresión, la ira, forman parte de la misma familia y si bien los escenarios que pueden desatar estas emociones pueden ser diferentes para cada uno de nosotros, todos estos estados comparten algo en común: tienen poco freno. Tomar conciencia de ello nos ayuda a controlar mejor nuestras emociones.
Recuerde: No apriete el acelerador si le funciona mal el freno.
*Psicóloga y escritora
Lo aquí publicado es responsabilidad del autor y no representa la postura editorial de este medio
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