La cachaña es el loro más austral del mundo. Su color verde, la cola larga y una banda rojiza en el abdomen la distinguen entre las aves de Sudamérica.
Habita en los bosques fríos de la Patagonia de Argentina y Chile. Un equipo de investigadores del CONICET, integrado por Rocío Bahía, Sergio Lambertucci y Karina Speziale, detectó un cambio en su comportamiento alimentario cuando se encuentra en la ciudad.
En invierno, la presencia de los ejemplares de loros aumenta en el ambiente urbano y allí consume tres veces más especies vegetales introducidas que nativas. En el bosque, en cambio, las especies nativas predominan en su dieta.
El hallazgo indica que con el avance de la urbanización, las aves adaptaron lo que comen según el lugar y la estación. Pero ese cambio podría favorecer la propagación de las plantas exóticas en los ambientes naturales.

El trío de investigadores pertenece al Grupo de Investigaciones en Biología de la Conservación del Laboratorio Ecotono del Instituto INIBIOMA, que depende de la Universidad Nacional del Comahue y el CONICET.
Publicaron los resultados en la revista Integrative Conservation, e hicieron un llamado de atención y una propuesta para todos: en los jardines, las plazas y los parques de las ciudades se deberían plantar más especies vegetales nativas de cada región.
Con la investigación, intentaron entender cómo la urbanización y la estacionalidad afectaban la dieta de cachañas.
Al analizar los resultados, consideran que la clave está en considerar que la vegetación urbana no es un adorno, sino un recurso estratégico para todos. Hoy estos animales enfrentan amenazas por el ataque de perros y gatos, la contaminación sonora que altera su comunicación y el choque con infraestructuras.

“Cuando decimos todos, nos referimos a los seres humanos y a la naturaleza no humana. Nuestros resultados muestran que las cachañas usan mucho las plantas introducidas en invierno porque en esa época casi no hay frutos ni semillas nativas disponibles. Eso nos dice que las ciudades pueden cumplir un rol importante como refugio estacional”, explicó la doctora en biología Karina Speziale.
Las aves consumen a las plantas introducidas porque son los recursos disponibles que decidieron elegir los humanos para plantar en los hogares o en el arbolado público.
“Lo hacemos sin pensar en la coexistencia con las especies nativas que vivían en el lugar desde mucho antes que nosotros lleguemos”, resaltó.

Por lo cual, para los investigadores, si solo se plantan especies exóticas, “se promueve un círculo que incluso puede terminar facilitando la dispersión de especies invasoras hacia áreas naturales protegidas. Es decir, se cambia la alimentación de las cachañas (y de otras especies nativas que habitan las ciudades) y se desprotege al bosque”, expresó Bahía a Infobae.
Ese escenario es un riesgo real para la ciudad de Bariloche, en la provincia de Río Negro, y las áreas protegidas que la rodean.
El menú cambiante en la ciudad y el bosque

La urbanización implicó la transformación de los ambientes naturales en ciudades, con jardines, plazas y muchas plantas que no existían antes en cada región.
Cuando esto ocurre, la oferta de alimento para las aves cambia y puede alterar la forma en que consiguen comida.
El equipo tuvo como objetivo principal descubrir si la cachaña sigue comiendo lo mismo en la ciudad que en el bosque. Al comparar zonas urbanas y naturales, se preguntaron si la cachaña muestra preferencia por ciertos alimentos o si come lo que hay.
Cómo investigaron a las cachañas
El estudio se realizó en 33 sitios distintos, 14 en ambientes naturales y 19 en áreas urbanas de Bariloche.
Durante todo un año, los investigadores observaron a los ejemplares, registraron qué plantas había en cada sitio y en qué momento del año daban frutos, semillas o flores.
Se identificaron 37 especies de plantas en la dieta de la cachaña. El 65% eran introducidas y el 35% nativas.
“Lo que más nos sorprendió fue el contraste tan marcado que encontramos: en la ciudad, las cachañas comen tres veces más especies introducidas que nativas. Pero lo realmente fascinante es que esta flexibilidad no es un todo da lo mismo”, subrayó la científica Bahía.

A pesar de comer muchas plantas distintas según dónde se encuentren, las cachañas siguen mostrando preferencias muy claras.
“Por ejemplo, en la ciudad buscan activamente especies nativas como el pehuén o el maqui, aunque haya mucha oferta de plantas introducidas”, acotó.
Es decir, no se adaptan de cualquier manera. “Tienen una estrategia, seleccionan lo que les conviene según la estación y el lugar. Eso habla de una estrategia ecológica que va más allá de ser simplemente oportunistas o generalistas”, añadió Speziale.
También llamó la atención que esa flexibilidad es mucho menor en verano, donde casi no usan el ambiente urbano.
Esa época del año es muy importante porque es la temporada reproductiva: las aves permanecen en el bosque y consumen recursos nativos. “Este ambiente es clave para la especie”, recalcó.
Puentes invisibles

El estudio sugirió que la cachaña consume más plantas introducidas en invierno, ¿qué efectos podría tener a largo plazo?, preguntó Infobae.
“Esa es una pregunta importante y, honestamente, todavía no tenemos todas las respuestas, pero nuestros resultados nos permiten imaginar algunos escenarios posibles”, contestaron las investigadoras.
En el lado positivo, es posible que la flexibilidad en la alimentación permita que las cachañas sobrelleven la pérdida de bosque nativo y los inviernos más duros.
“El desafío es encontrar un equilibrio para que ese beneficio inmediato no se convierta en un problema ecológico a largo plazo”, aclaró Speziale.

“Por el lado negativo, si las cachañas consumen especies no nativas en invierno, podría haber un efecto en su nutrición. No sabemos si el contenido de esos recursos es equivalente al de los nativos en términos de energía o nutrientes clave. Si la calidad es menor, podría afectar su condición corporal, lo que se traduciría en efectos sobre su supervivencia y su éxito reproductivo en la primavera siguiente”, señaló Bahía.
El efecto negativo más preocupante para los ecosistemas es que las cachañas estarían actuando como “conectores” entre la ciudad y el bosque.
“Al moverse todo el tiempo entre ambos ambientes, si consumen frutos de plantas introducidas en la ciudad, las cachañas pueden dispersar sus semillas hacia áreas naturales, incluso dentro de parques nacionales. Esto podría facilitar la expansión de especies invasoras, que es uno de los mayores problemas de conservación en la Patagonia”, destacó.

Esos efectos, tanto a nivel de especies como de ecosistema, son temas que las investigadoras quieren seguir estudiando.
En base a los hallazgos, dieron estas recomendaciones a la población y a las autoridades ambientales:
- Se deberían plantar más especies nativas en las ciudades para que las cachañas y otras aves puedan alimentarse mejor y no dependan solo de especies traídas de otros lugares.
- Crear espacios verdes variados con plantas locales, especialmente aquellas que las cachañas prefieren, para mantener la vida silvestre conectada entre la ciudad y el bosque.
- Hay que seguir investigando cuánto aportan realmente las plantas exóticas a la dieta y la salud de la cachaña, y qué riesgos pueden aparecer si se convierten en el alimento principal.
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