Edgar Morin, la conciencia compleja

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Luis Miguel Pascual

París, 30 may (EFE).- Con sus minúsculos ojos, casi ocultos tras un rostro acostumbrado a sonreír, Edgar Morin escrutó durante más de un siglo de vida, con la mirada de sociólogo y filósofo, los vínculos de una sociedad que definió como "compleja" y en la que quiso servir de conciencia incómoda.

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Sin renunciar nunca a su compromiso con la izquierda, el intelectual, cuyo fallecimiento a los 104 años se produjo el viernes 29 de mayo, pero fue anunciado este sábado por familiares, no dudó en criticar a su campo, lo que le valió siempre situarse en los márgenes del pensamiento, donde nunca negó que se sentía más cómodo.

Nacido en París el 8 de julio de 1921 en el seno de una familia judía sefardita de Tesalónica pero con lejanos orígenes italianos, era hijo de un comerciante que se ocupó de su educación, porque su madre falleció cuando él tenía 6 años.

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Su vida estuvo muy marcada por la invasión de Francia por la Alemania nazi. Antes, había trabajado para el envío de paquetes de ayuda al bando republicano durante la Guerra Civil Española.

Enrolado en la resistencia antinazi en un grupúsculo comunista que pronto se fusionó con otro en el que militaba François Mitterrand, fue ahí donde adoptó el pseudónimo de Morin, que acabó por ser el apellido con el que firmó todas sus obras.

En la clandestinidad, fue haciendo carrera hasta que se convirtió en el responsable de propaganda del Estado Mayor del Ejército de la Francia libre en Alemania en 1946, un puesto en el que aprendió el poder de la información.

Una enseñanza que aplicó el resto de su vida, siempre opuesto a los pensamientos mayoritarios, únicos, los que arrasan con los matices, lo que le valió ser tachado de antisemita por criticar a Israel o, más recientemente, de pro-Putin cuando se opuso a la guerra que occidente emprendió contra la cultura rusa tras la invasión de Ucrania.

Esa conciencia permanente, esa defensa de la complejidad, le llevó también a ser expulsado del Partido Comunista en 1951, poniendo fin a diez años de militancia que no tuvieron continuidad en ningún otro carnet, sin por ello renunciar a considerarse de izquierdas.

Autodidacta convencido, su ausencia de una carrera académica al uso no le impidió entrar en el prestigioso Centro Nacional de Estudios Científicos (CNRS) en 1950, un organismo del que 43 años después llegó a ser director emérito de investigación.

La enseñanza ocupó buena parte de su vida. Dio clases en Santiago de Chile en los 60 y también en San Diego, donde estableció las bases de su teoría del pensamiento complejo, que fue plasmando a lo largo de su carrera.

A modo enciclopédico lo dejó escrito en una obra conocida como 'El método', seis volúmenes en los que repasa su pensamiento y su visión del mundo.

El éxito editorial le llegó en el tramo final de su vida, cuando cada vez que un libro portaba su nombre en la portada se vendía bien. Y, pese a su edad, su pluma no dejó de llenar páginas con su pensamiento, siempre lúcido, que también desgranó en otros medios de comunicación e, incluso, en redes sociales.

Desde esas tribunas no paró hasta el último aliento de denunciar los "peligros" que, a su juicio, corre la humanidad, amenazada por una crisis de globalización, una crisis ecológica, una crisis de civilización y, más recientemente, una crisis de pensamiento que expone a la sociedad al dominio de la informática.

"Tener esperanza no es ser optimista. Porque la esperanza es lo posible, no lo cierto. Comprometeos, pero sin taparos los ojos, sin fanatismos", les pedía a un grupo de jóvenes durante una conferencia universitaria poco después de cumplir los 101 años. EFE