Las trabajadoras inmigrantes del Líbano que huyeron de una guerra a otra guerra

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Noemí Jabois

Beirut, 10 mar (EFE).- En 2014, Huda (nombre ficticio) huyó de la guerra que recién comenzaba en su Yemen natal y buscó refugio con su esposo sudanés en el Líbano. Allí, vive ahora desplazada su segundo conflicto en poco más de un año, pero ni su país de origen ni el del padre de sus dos hijos ofrecen una alternativa más segura para la familia.

Desde que hace algo más de una semana estallara una nueva oleada de bombardeos israelíes contra el Líbano, los cuatro duermen en colchones en el suelo de la iglesia de San José en Beirut, uno de los pocos lugares que acogen a la vulnerable comunidad de trabajadores inmigrantes desplazados por la violencia en el país.

Huda huyó de su casa en el suburbio capitalino del Dahye entre las primera bombas caídas el 2 de marzo y desde entonces no ha podido volver, ni para recoger otro atuendo que le permita sacarse la ropa que lleva puesta desde hace siete días.

Según relata a EFE, es la segunda vez que vive una situación así en año y medio, y la tercera en su vida.

La mujer explica que la situación en su nación de origen es "muy, muy difícil" y que la casa de su familia en Saná está totalmente destruida, víctima de la guerra iniciada hace casi doce años entre los rebeldes hutíes y el Gobierno reconocido internacionalmente, apoyado por Arabia Saudí.

La vida no es fácil en el Líbano, carecen de apoyo y su marido sudanés trabaja como limpiador en un restaurante, pero no tienen otra alternativa.

"¿Qué hacemos? No podemos hacer nada, no podemos volver a Yemen ni a Sudán, además si vuelvo a Yemen no aceptarán a mis hijos porque son sudaneses. Y hay guerra allí, también hay guerra en Sudán y encima son racistas", lamenta Huda.

Tirhas, el pseudónimo tras el que se esconde otra de las inmigrantes alojadas en la iglesia beirutí, tampoco tiene otro lugar al que ir con sus tres hijos pequeños.

"Etiopía, mi país, tampoco está bien, está peor que el Líbano. Hay demasiados problemas en mi aldea, toda mi familia murió excepto dos por las diferentes lenguas", dice a EFE, en referencia a los enfrentamientos entre etnias etíopes.

"Así que no puedo volver. Mi marido es de Sudán, Sudán también ya se sabe como está ahora", agrega, frente a la sala común donde pasan las horas las mujeres del albergue.

La joven lleva 14 años trabajando en el Líbano y ya se vio desplazada por el anterior conflicto de finales de 2024, a cuyo término tuvo que volver a vivir a su enclenque edificio en el Dahye a sabiendas de que se podía caer "en cualquier momento".

Afirma que el resto de vecinos ya habían abandonado el inmueble entonces y que esta vez, cuando se reanudó la violencia, empezaron a caer piedras del techo.

Su huida del extrarradio capitalino el lunes de la semana pasada estuvo marcada por el caos, una carrera de media hora sin parar y una noche a la intemperie con sus pequeños. "Nos fuimos corriendo, no nos pusimos nada, ni siquiera botas", declara Tirhas.

Ni ella ni sus hijos están bien psicológicamente después de lo ocurrido, especialmente su niña de once años, que hace poco había sido víctima de abusos sexuales.

La inmigrante cuenta que sus niños le preguntan qué hacen en esta iglesia, por qué no se van a otro sitio o por qué van corriendo de un lado para otro. "No puedo responderles, porque yo misma no tengo respuesta", sentencia.

"Yo protejo a mis bebés ¿pero a mí quién me protege? Yo también estoy sola aquí. Antes pensaba que era fuerte porque soy madre, pero ahora no lo siento así", indica entre sollozos.

Decenas de miles de trabajadoras inmigrantes residen en el Líbano, a menudo en precarias condiciones a causa de un sistema de patrocino del empleado que las deja vulnerables a todo tipo de abusos.

Michael Pietro, responsable de los albergues para inmigrantes en la organización Servicio Jesuita para Refugiados (JRS, en inglés), apunta a EFE que muchas de estas mujeres sufren explotación e incluso violencia sexual.

"No son solo las necesidades humanas normales de la gente, como pobreza y dificultades familiares, la situación de los inmigrantes aquí en el Líbano ya era mala antes la guerra. La situación de derechos humanos de las trabajadoras inmigrantes es tan mala que muchos países prohíben a sus ciudadanos que vengan aquí a trabajar", advierte.

Unas 160 personas de Sudán, Bangladés, Sudán del Sur, Etiopía, Eritrea o Sri Lanka permanecen actualmente en esta iglesia, pues no son bienvenidas en los más de medio millar de albergues oficiales habilitados para los desplazados.

"Los inmigrantes aquí ya enfrentaban una crisis y esto lo hace aún peor", concluye Pietro. EFE

(foto)(vídeo)