
Mientras Irán incrementa el uso de sistemas de guerra asimétrica, como drones y grupos armados aliados en la región, Estados Unidos e Israel deben afrontar el elevado gasto que implica mantener operaciones militares de alta tecnología, lo que genera un debate estratégico y económico sobre la sustentabilidad de estas campañas. Según informó Europa Press, la ofensiva militar conjunta lanzada contra territorio iraní el pasado 28 de febrero, así como la respuesta de Teherán contra Israel, instalaciones estadounidenses y otros puntos en Oriente Próximo, ha significado un desembolso de miles de millones de dólares en material bélico y reabierto la discusión sobre la eficiencia y costo de las tecnologías militares modernas frente a tácticas menos costosas.
De acuerdo con una estimación del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), las primeras 100 horas de la operación militar bautizada como ‘Furia épica’ representaron un gasto total aproximado de 3.700 millones de dólares, lo que refuerza el crecimiento acelerado en los costes asociados a la guerra moderna. El medio Europa Press detalló que este cálculo incluye unos 3.100 millones asignados a la reposición de municiones, 196 millones en gastos de operatividad y 350 millones destinados a compensar pérdidas de combate y reparaciones de infraestructuras militares dañadas. Los autores del informe, Mark F. Cancian y Chris H. Park, destacaron que la etapa inicial de este tipo de campañas aéreas suele concentrar los mayores gastos, aunque puntualizaron que a medida que avanza la operación, el ritmo de bombardeos y el consumo de municiones tienden a disminuir tanto por razones logísticas como operacionales.
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Durante estas primeras jornadas, Estados Unidos y sus aliados emplearon más de 2.000 municiones de distinta naturaleza, la mayoría guiadas o de precisión, indicaron fuentes recogidas por Europa Press. Para la destrucción de objetivos clave como centros de mando, defensa aérea y sistemas estratégicos iraníes, se utilizaron principalmente misiles de crucero de largo alcance, entre los que se incluyen al menos 160 misiles Tomahawk y misiles JASSM (Joint Air-to-Surface Standoff Missile). Los expertos del CSIS resaltaron que estos misiles, cuya unidad supera los 3,6 millones de dólares, permiten ejecutar ataques a gran distancia, pero su uso continuado presiona significativamente los presupuestos militares.
A partir del 4 de marzo, según informó el mismo medio, los mandos estadounidenses optaron por reducir el uso de misiles caros y emplear sistemas más asequibles y abundantes como las bombas guiadas por GPS tipo JDAM (Joint Direct Attack Munition), que tienen un costo unitario mucho menor, en torno a 80.000 dólares. Para su uso se requieren cazas operando próximos a sus objetivos. El informe del CSIS indica que esta transición responde tanto a la necesidad de realizar un uso racional de los arsenales como a la intención de disminuir el gasto diario de la operación, que en las primeras 100 horas alcanzó un promedio de 891,4 millones de dólares por día.
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La intensidad del conflicto ha extendido su impacto económico y militar más allá de la ofensiva inicial, obligando a Estados Unidos y sus aliados en la región a emplear sistemas de defensa antiaérea costosos. Sistemas estadounidenses como el Patriot y el THAAD, junto con la Cúpula de Hierro israelí, han resultado claves para interceptar misiles de crucero y drones lanzados por Irán, que según fuentes consultadas por Europa Press, tienen un costo mucho menor respecto a los mecanismos defensivos empleados para anularlos. Por ejemplo, mientras un dron del modelo Shahed fabricado en Irán puede costar entre 20.000 y 50.000 dólares, cada lanzamiento de un misil interceptor Patriot supera los 4 millones de dólares.
El régimen iraní, según el Instituto de Guerra Moderna de la Academia Militar de Westpoint citado por Europa Press, ha priorizado el uso de drones sobre misiles balísticos en la fase inicial de su contraataque. Irán dispone de un arsenal estimado en unos 2.500 misiles balísticos antes del 28 de febrero, de acuerdo con estimaciones israelíes, aunque tras los bombardeos de Estados Unidos y sus aliados esa cifra pudo verse reducida. Los analistas consideran que Teherán estaría reservando parte de su arsenal para eventuales fases posteriores del conflicto, aguardando el momento en el que los interceptores de los países del Golfo hayan agotado su capacidad de respuesta.
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El uso de herramientas de guerra asimétrica caracteriza la estrategia iraní. Europa Press reportó que, además de los drones de bajo coste, Teherán financia y coordina a milicias armadas como Hezbolá en Líbano y los hutíes en Yemen, que han protagonizado ataques contra intereses israelíes y operaciones contra la navegación en el Mar Rojo. El Soufan Center, organización especializada en análisis de seguridad citada por Europa Press, subraya que Irán apuesta por alargar el conflicto evitando el enfrentamiento directo con fuerzas convencionales estadounidenses, recurriendo a tácticas irregulares con impacto económico. Las acciones en el estrecho de Ormuz, punto estratégico para el comercio global de petróleo, representan parte de esa estrategia de presión económica y militar, dentro de la lógica de lo que denominan “asimetría del coste”.
Nico Lange, director del Instituto para el Análisis del Riesgo y la Seguridad Internacional (IRIS), evalúa en un artículo reproducido por Europa Press que este escenario manifiesta un cambio en la economía de la guerra. Según Lange, “lo barato gana a lo caro. Lo masivo bate a la perfección. La rapidez bate a la tradición”, resume. Señala que el uso conjunto de drones, misiles de bajo presupuesto y pequeñas embarcaciones permite saturar y presionar los sistemas de defensa de sus adversarios, forzando a los países occidentales a invertir sumas considerablemente elevadas en respuestas tecnológicas sofisticadas. Para Lange, cada victoria defensiva puede acarrear una derrota en términos económicos, especialmente si sistemas costosos como radares y sensores, con precios de miles de millones y reemplazo a largo plazo, resultan vulnerables ante ataques sencillos.
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A juicio del director de IRIS, esta situación representa un punto de inflexión que pone en cuestión la creencia occidental en los ataques rápidos, limpios y sustentados en tecnología de última generación. Indica que aunque la evidencia de estas transformaciones ya se observó en recientes conflictos en Ucrania y otras regiones, los decisores políticos y fabricantes de armamento en Occidente han eludido su reconocimiento por inercia administrativa y exceso de confianza. La nueva economía de la guerra exige, dice Lange citado por Europa Press, el desarrollo de sistemas simples, producidos en masa, robustos y de costo contenido junto a capacidades tecnológicas avanzadas, y una capacidad industrial que se expanda con agilidad ante desafíos militares considerables.
La operación ‘Furia épica’ y la dinámica posterior de respuestas militares y represalias económicas han acentuado debates entre analistas y estrategas sobre la naturaleza cambiante del conflicto armado en Oriente Próximo. Según reportó Europa Press, la combinación de sistemas sofisticados y costosos frente a armas asimétricas y de bajo coste plantea desafíos económicos y estratégicos para los países que encabezan las operaciones, en un contexto de reasignación de recursos y creciente desgaste material y financiero.
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