De su cenicero a su rosario: los tesoros personales de Kerouac se exponen en Nueva York

Guardar

Nueva York, 5 mar (EFE).- Más de medio siglo después de su muerte, la figura de Jack Kerouac (1922-1969) toma dimensión a través de sus objetos personales -como su cenicero o su bufanda a cuadros-, su correspondencia inédita y sus dibujos en la exposición 'Running Through Heaven: Visions of Jack Kerouac', inaugurada esta semana en el Grolier Club de Nueva York.

La muestra, comisariada por Jacob Loewentheil, no es solo una cronología literaria, sino una yuxtaposición entre el mito público del 'rey de la Generación Beat', y el hombre privado, más vulnerable, que buscaba desesperadamente una conexión espiritual.

En las vitrinas destaca un autorretrato a lápiz sobre el reverso de un anuncio de teatro mexicano que Kerouac pintó en 1956 y luego regaló a su entonces novia, Helen Weaver.

"Hizo este autorretrato justo antes de que 'On the Road' (1957) realmente despegara y se convirtiera en un libro serio. Lo muestra en un momento un poco más tentativo de su vida, cuando todavía estaba un poco menos seguro de las cosas, y es una interpretación un poco abstracta de él", anota a EFE Loewentheil.

También se pueden leer varias densas cartas, la mayoría escritas con máquina, que revelan diversos momentos de su vida como cuando llegó por primera vez a Nueva York o cuando se comunica con el escritor Allen Ginsberg sobre su espiritualidad.

"Quería dar una especie de sección transversal de las diferentes épocas de su vida y las diferentes personas con las que se comunicaba y de qué les hablaba", explica el curador.

Agrega que Kerouac era alguien que "creía firmemente que iba a ser un gran escritor" y siempre supo que "la historia revisaría sus cartas y diarios".

Sin embargo, el curador admite que al coleccionar y organizar estos materiales sintió una sensación de "intromisión", especialmente al incluir objetos tan personales como su cenicero, que aún conserva cenizas reales del autor, o la pequeña foto enmarcada de su hermano fallecido, Gerard, que Kerouac llevó consigo toda su vida.

Uno de los objetivos de Loewentheil, autor de un libro con el mismo nombre de la muestra, era mostrar la filosofía y la espiritualidad del autor, que se adentró en el budismo a mediados de la década de 1950 sin dejar a un lado el cristianismo.

El visitante puede leer parte de una carta que captura el momento exacto en que Kerouac se sumerge de lleno en esa religión y trata de "evangelizar" a su amigo Allen Ginsberg.

Kerouac le cuenta a Ginsberg que ha terminado de mecanografiar 79 páginas (unas 40.000 palabras) de notas sobre el budismo, tituladas 'Some of the Dharma'.

Aunque las considera incompletas, las envía a su amigo como una guía de estudio.

La carta incluye también una larga cita de Allen describiendo la calle 125 de Nueva York como un lugar lleno de gente "dormida", con rostros bestiales y ropas que no encajan. Kerouac interpreta este texto bajo un lente budista y describe la ciudad como un "universo muerto" donde la gente vive en un sueño inconsciente.

La exhibición destaca cómo Kerouac lograba reconciliar el catolicismo de su infancia con su profundo interés por el budismo, viendo en ambas religiones un énfasis común en el sufrimiento y el "amor por el otro".

"Sus cartas a Allen Ginsberg sobre la espiritualidad muestran esta lucha interna", señala el curador.

Entre los objetos exhibidos se encuentran sus rosarios, una cruz y un mala budista -un collar de cuentas utilizado para la oración y la meditación-, todos ellos testimonio de la profundidad de sus exploraciones religiosas.

"Las novelas de Kerouac hicieron casi más que cualquier otra cosa para difundir el budismo y una experiencia más común con él en todo el país y, de hecho, eventualmente en el mundo (...) sería interesante imaginar la respuesta de Kerouac al ver tres estudios de yoga en cada bloque de Nueva York", apunta Loewentheil.

Sarah Yáñez-Richards