Japón avanza en la prohibición de la Iglesia de la Unificación, una polémica secta surcoreana

El fallo judicial sobre la disolución ha generado intensos debates y reacciones en el país, mientras las autoridades instan a asegurar compensaciones para víctimas y exmiembros, en medio de décadas de controversia y conexiones políticas reveladas por la investigación

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Las pesquisas judiciales revelaron conexiones entre la Iglesia de la Unificación y figuras políticas, entre ellas altos cargos del Partido Liberal Democrático de Japón, lo que intensificó la controversia nacional en torno al grupo. A raíz de estos hallazgos, las autoridades subrayaron la necesidad de garantizar compensaciones a víctimas y exmiembros afectados, mientras la atención pública se centraba en la respuesta legal frente a décadas de denuncias y operaciones fraudulentas de la organización.

Un tribunal japonés emitió un fallo que ordena la disolución de la Iglesia de la Unificación, una organización de origen surcoreano que ha mantenido una presencia significativa en Japón y ha sido objeto de múltiples controversias en los últimos años. Según reportó la agencia de noticias Kiodo, la decisión judicial destacó que la iglesia continuó solicitando donaciones de manera ilegal, una práctica que llevó a la ruina financiera tanto a miembros como a terceras personas ajenas al grupo.

El presidente del Tribunal Superior de Tokio, Motoko Miki, expresó que la persistencia de estas actividades ilícitas justificó la aplicación de la ley vigente, que permite la disolución de entidades religiosas que ejecuten actos que perjudiquen claramente el bienestar público. Motoko Miki sostuvo que “no se puede esperar que la iglesia tome medidas voluntarias para impedir esto” y fundamentó la resolución en la incapacidad del grupo para corregir sus prácticas por iniciativa propia. La Iglesia de la Unificación, por su parte, anunció su intención de apelar la decisión ante la Corte Suprema de Japón.

La postura del Gobierno quedó reflejada en declaraciones del portavoz Minoru Kihara, quien enfatizó que el proceso debe continuar bajo la supervisión judicial para asegurar que las víctimas sean debidamente compensadas, según detalló la agencia Kiodo. El proceso legal responde, según algunos seguidores y exmiembros, al sufrimiento mantenido durante décadas como consecuencia de las acciones del grupo. Uno de los exintegrantes señaló “espero que la sociedad abrace a aquella gente que ha abandonado sus creencias, como yo”.

El medio Kiodo recordó que la Iglesia de la Unificación alcanzó su reconocimiento como organización religiosa en Japón durante los años sesenta, cuando el auge del movimiento anticomunista coincidió con la influencia de Nobusuke Kishi, entonces primer ministro y abuelo de Shinzo Abe. Desde entonces, la iglesia acumuló una base relevante de seguidores en el país y consolidó su presencia internacional.

El asesinato del ex primer ministro Shinzo Abe, perpetrado en la ciudad de Nara, incrementó el escrutinio sobre la iglesia, ya que el sospechoso del atentado argumentó que sus acciones estaban motivadas por el resentimiento contra la organización, a la que culpaba de haber provocado la ruina de su familia. La sede de la iglesia situada en la estación de tren de Nara quedó vinculada al caso, reforzando la atención mediática y judicial sobre el grupo y sus actividades.

Según publicó la agencia Kiodo, la investigación judicial no solo evaluó la legalidad de las prácticas financieras y la captación de donaciones, sino que también examinó las décadas de vínculo entre la iglesia y el Partido Liberal Democrático de Japón, lo que avivó el debate social sobre la separación de entidades religiosas y el poder político en el país. Las autoridades reiteraron que la legislación vigente en Japón contempla la disolución para agrupaciones religiosas cuya actividad represente una amenaza directa al interés público.

Por su parte, la organización de origen surcoreano mantiene seguidores en distintas regiones alrededor del mundo, aunque la resolución judicial japonesa podría tener repercusiones dentro y fuera del país en cuanto a la relación entre religiones organizadas y la regulación estatal de sus actividades. Tal como consignó Kiodo, el caso introduce una dimensión adicional en la discusión pública sobre el papel de las entidades religiosas y el resguardo de derechos de sus antiguos miembros y víctimas.

El debate generado tras el fallo continúa, alimentado por opiniones divididas en la sociedad japonesa, donde algunos celebran una respuesta legal ante años de prácticas señaladas como abusivas, mientras otros cuestionan las implicancias sobre la libertad religiosa. Las próximas etapas del proceso judicial y posibles apelaciones permanecen en seguimiento público, mientras las víctimas y exmiembros esperan resoluciones que incluyan medidas de restitución y reconocimiento a los daños ocasionados.