Personas con VIH presentan supervivencia similar a la población general tras un trasplante de hígado, según un estudio

La investigación, realizada en España y presentada en CROI 2026, confirma que quienes viven con VIH y reciben un órgano presentan tasas de supervivencia a largo plazo y aparición de enfermedades crónicas comparables a otros pacientes trasplantados, señalan los autores

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La recurrencia de la infección por el virus de la hepatitis C se identificó como la causa principal de muerte tras el trasplante hepático en personas con VIH, especialmente antes de la llegada de los antivirales de acción directa. En el momento actual, según ha quedado reflejado, todos los supervivientes de la cohorte lograron erradicar dicha infección, lo que representa un cambio relevante en el pronóstico de los pacientes trasplantados afectados por ambas patologías. La noticia principal, según detalló el medio, corresponde a los resultados de un estudio realizado en España y presentado en la Conferencia sobre Retrovirus e Infecciones Oportunistas 2026 (CROI 2026), el cual documenta que las tasas de supervivencia a largo plazo de personas con VIH después de un trasplante de hígado se asemejan a las de la población general sometida a este procedimiento.

De acuerdo con lo publicado, la investigación, coordinada por la Fundación SEIMC-GESIDA durante más de dos décadas, se constituye como la primera de su tipo realizada en Europa y se centró en valorar la supervivencia del paciente, la del injerto y la aparición de comorbilidades hasta 15 años tras la cirugía. El estudio incluyó a 340 receptores de injertos hepáticos en España entre los años 2003 y 2012, de los cuales 85 vivían con VIH. Para una comparación rigurosa, cada persona con el virus fue emparejada con tres receptores sin VIH, igualando por edad, sexo, hospital, presencia de coinfección por hepatitis B o C y diagnóstico de carcinoma hepatocelular.

A partir de una mediana de seguimiento de 12 años que se extendió hasta julio de 2025, el análisis, consignado por los autores y reportado por el medio, estableció que un 45% de toda la muestra se mantenía viva, sin diferencias entre los grupos. A los 15 años de la intervención, la tasa de supervivencia entre los pacientes con VIH fue del 50%, mientras que en los controles sin infección por VIH la cifra alcanzó el 46%. Respecto al injerto, 47% de las personas con VIH mantuvo el órgano funcional, en comparación con el 43% de los controles, dejando claro que no se observaron diferencias estadísticamente significativas relacionadas con la infección por VIH en cuanto al resultado del trasplante.

Tal como especificó la fuente, la recurrencia de hepatitis C desempeñó un rol determinante en la mortalidad, especialmente en la primera década analizada, periodo durante el cual la mayoría de los pacientes presentaban infección activa al momento del trasplante, reflejando una realidad clínica previa a 2015. La llegada de los antivirales de acción directa contra el virus modificó drásticamente el pronóstico, casi eliminando la mortalidad asociada después de esa fecha. Según lo detallado por el estudio, antes de esa innovación terapéutica la coinfección era una de las causas más frecuentes de enfermedad hepática terminal en personas con VIH.

El análisis también abordó la presencia de enfermedades crónicas tras el trasplante, valorando patologías de tipo cardiovascular, renal, metabólico, respiratorio, neurológico y oncológico. Los resultados mostraron tasas similares en ambos grupos, con la excepción de la diabetes mellitus, que resultó más frecuente entre quienes no tenían VIH. Esto indica que vivir con el virus no incrementó la carga de comorbilidades crónicas comparado con otras personas trasplantadas, según explicó la publicación.

Además, la totalidad de quienes vivían con VIH se mantenía estable con el tratamiento antirretroviral, presentando recuentos sostenidos de linfocitos CD4, con una mediana de 330 células por microlitro. Los investigadores atribuyeron esta estabilidad virológica y clínica al uso, en los últimos años, de regímenes basados en inhibidores de la integrasa no potenciados, una estrategia encaminada a evitar interacciones entre el tratamiento inmunosupresor y los antirretrovirales, detalló el medio.

En palabras de los autores, citados por la fuente, los hallazgos apoyan la consideración del trasplante hepático como una intervención médicamente válida para personas con VIH, siempre que exista indicación clínica. El seguimiento prolongado del estudio proporciona datos poco frecuentes sobre los resultados a largo plazo en esta población, avalando la idea de que la infección por VIH, dentro del contexto de las terapias antirretrovirales actuales, ya no representa una barrera para el acceso a procedimientos de alta complejidad como el trasplante de órganos. Según la publicación, esto representa la consolidación de un cambio de paradigma en los últimos 20 años.

El liderazgo de la investigación correspondió a José María Miró, del Hospital Clínic de Barcelona, y en ella participaron especialistas de cuatro hospitales españoles. El trabajo contó con la implicación de diversos grupos científicos como GeSIDA (Grupo de Estudio del Sida) y GeSITRA-IC (Grupo de Estudio de Infecciones en el Trasplante y el Huésped Inmunocomprometido), ambas organizaciones integradas en la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC), así como la Sociedad Española de Trasplante Hepático (SETH) y la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), precisó la fuente.

Los autores, según reportó el medio, concluyeron que los datos obtenidos respaldan la viabilidad y seguridad del trasplante hepático como opción terapéutica para personas que viven con VIH y lo requieren, enfatizando que este procedimiento no solo ofrece esperanzas de supervivencia equiparables a la población general trasplantada, sino que tampoco añade riesgos diferenciales de comorbilidades graves a largo plazo. Esta evidencia se suma a la transformación experimentada en el cuidado y las posibilidades de quienes conviven con esta infección en el actual contexto médico.