Luis Alejandro Amaya E.
Redacción Deportes, 24 nov (EFE).- Uno de los axiomas más machacados del fútbol indica que el 2-0 puede ser el marcador más engañoso. ¡Y vaya si lo experimentaron los jugadores de River Plate aquel 20 de mayo de 1966!
El equipo Millonario ganaba a Peñarol por ese marcador al cabo del primer tiempo del partido de desempate de la final de la Copa Libertadores en el estadio Nacional de Santiago de Chile.
El descalabro no fue mayor porque los arietes riverplatenses habían perdonado varias veces a Ladislao Mazurkiewicz. El mismo portero a quien Pelé pudo anotarle un golazo en el Mundial de México'70.
De perdonar no sabían los jugadores de Peñarol, que interpretaron como una burla la forma sobradora como el guardameta Amadeo Carrizo paró con el pecho un cabezazo del peruano Juan Joya.
Entonces el juego se convirtió en un asunto de honor y lo que parecía imposible, así como que The Beatles dejara de hacer giras tras el concierto en el Candlestick Park de San Francisco el 29 de agosto de ese año, cobró realidad con los goles del ecuatoriano Alberto Spencer y del uruguayo Julio César 'Pardo' Abbadie.
River, que soñaba con su primer título, prácticamente desapareció de la cancha y en tiempo de alargue, de nuevo Spencer y luego el centrocampista Pedrito Rocha redondearon la épica para Peñarol.
Pero la vigorosa remontada de Peñarol no se gestó sólo con fútbol, motivación, nobles propósitos y sueños comedidos de grandeza.
"Echamos mano de recursos ilícitos. Eso es cierto. Llegamos a decirles que si ganaban, íbamos a buscarlos al vestuario y al hotel", dijo a la revista El Gráfico tiempo después de la conquista del tercer título el capitán Néstor 'Tito' Goncalves, el único uruguayo que jugó hasta ahora seis finales de la Copa Libertadores.
River regresó a Buenos Aires fracturado por el dolor, la vergüenza, la decepción y, como si fuera poco, estremecido por la denuncia del entrenador Roberto Cesarini: "¡A mi me traicionaron!".
Si bien no reveló los nombres de los que bajaron los brazos, sus palabras salpicaron a los uruguayos Roberto Matosas y Luis Cubillas.
Como si no fuera poco el infortunio, el 29 de mayo, 9 días después de la final perdida, el equipo de la banda roja sufrió las burlas y provocaciones de los adversarios en la cancha de Banfield.
En el segundo tiempo, como de la nada, apareció una gallina blanca con una raya diagonal roja pintada sobre su plumaje.
El acto se replicó el 3 de abril 1981 en la ciudad colombiana de Cali Y esta vez Reinaldo Merlo decidió patear al ave de corral antes de un partido de la fase de grupos contra Deportivo Cali.
Lo que comenzó hace 59 años como una burla de los rivales a la fragilidad, y la supuesta falta de lo que ponen las gallinas en una final de Copa Libertadores, terminó con el tiempo siendo asimilado por los hinchas como un símbolo amable de lo que es River Plate. EFE
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