
El reportero gráfico colombiano, nacionalizado mexicano, Rodrigo Moya, murió a los 91 años tras haber enfrentado una larga recuperación provocada por una cirugía.
Falleció el miércoles en su casa de Cuernavaca, Morelos, junto a su familia y esposa, la diseñadora Susan Flaherty, difundieron medios locales.
El legado
Su obra destacó por capturar la cruda realidad social latinoamericana a través de más de 40 mil negativos en blanco y negro, los cuales fueron preservados por él y su pareja como su más preciado tesoro, miles de imágenes históricas.
Una de ellas, quizá la más famosa, es la del ‘Che melancólico’, que tomó en 1964 a Ernesto ‘Che’ Guevera (1928-1967) durante el aniversario del triunfo de la revolución cubana en La Habana. La imagen que pertenece a una serie de 19 retratos, que muestra al símbolo de la izquierda con una postura tensa pero, al mismo tiempo, alejada del entorno de la guerrilla.
La huella de Guevara marcó la profesión del mexicano, quien, en su texto ‘Fotografía documental y fotorreportaje’, aseguró que después del asesinato del argentino en Bolivia decidió abandonar el fotoperiodismo, pues su “ingenua pretensión de fotografiar las gestas guerrilleras se esfumó con la muerte del comandante”.

Otro de sus grandes retratos fue el que le hizo al Nobel de literatura Gabriel García Márquez (1927-2014), a quien capturó en 1966, unos meses antes de que se publicara el mítico libro Cien años de soledad.

Por el centro de su cámara también pasaron el artista Diego Rivera e incluso el presidente estadounidense asesinado en 1963, John F. Kennedy.
La mirada de Moya documentó el pasado de los 50 y finales de los 60, por el que ocurrieron las guerrillas latinoamericanas, como las de Venezuela y Guatemala, así como la revolución cubana, la invasión estadounidense de República Dominicana y los movimientos sociales del 68.
Cambio de enfoque
Tras abandonar el periodismo, encaminó la fundación de la revista Técnica Pesquera, que encabezó durante 22 años, décadas después ganó el Premio Nacional de Cuento del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura del INBA con ‘Cuentos para leer junto al mar’.
El fotógrafo del movimiento social llegó a México con apenas dos años, se nacionalizó mexicano en 1955 y abandonó la carrera de ingeniería en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) para cargar una cámara sobre su hombro.
Su hijo, Pablo, expresó a La Jornada que desea sea recordado como un fotógrafo “comprometido con la verdad y la historia”. En tanto la Secretaría de Cultura, la UNAM, el INBAL entre otras han expresado sus condolencias.
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