Javier Martín
Santiago de Chile, 10 oct (EFE).- Los colores de las camisetas anunciaron lo que se venía en el partido del Estadio Nacional de Santiago por las eliminatorias sudamericanas al Mundial 2026: pálido el amarillo del juego de los de Dorival Junior, y rojo furioso y prendido el equipo de Ricardo Gareca, aunque con la mecha muy corta.
Tan escasa y tan prendida que le duró apenas un minuto, el primero de juego, y el que le bastó a Felipe Loyola para enviar un centro lateral al segundo y a Eduardo Vargas para cabecear a la red y palidecer aún más a Brasil.
El estallido en las gradas fue casi más de sorpresa que de alegría: unos y otros se miraban con cara de estupefacción. Ni la hinchada local, que casi llenó el estadio, ni las decenas de brasileños, encerrados en una jaula al lado de la tribuna principal.
Ni siquiera Gareca podía creer lo que veían sus ojos y quizá en ese momento se acordó de Arturo Vidal: "el rey" ha pasado toda la semana rabioso, con declaraciones que incluso hirieron a sus propios compañeros más jóvenes y novatos al asegurar que soló él y sus compañeros de generación tenían la capacidad de jugar un partido de este nivel.
Aunque quizá sería el actual volante de Colo Colo el que esbozara una sonrisa de satisfacción: quien hizo el gol era una de los escasos compañeros de la "generación dorada" que aún cabalga con la camiseta roja prendida en la espalda.
A Brasil, sin embargo, la palidez le duró 20 minutos: los que necesitó para entender que la presión alta de los rivales era desordenada y a Lucas Paquetá a comprender que con un poco de empaque y toque rápido en la "zona 14", esa en la se deciden los partidos y la prensa llama a veces "balcón del área" era suficiente para neutralizar la escasa pólvora chilena.
Al filo del descanso, el fuego pasó por las botas de Igor Jesus, el espigado delantero de Botafogo, que celebró con un esplendido cabezazo su soñada titularidad con la verdeamarela, por delante del nuevo "niño de oro" del Real Madrid, el irreverente y potente Endrick, "el niño-hombre sin pausa".
Dorival le dio el arrebato final: un último acelerón para la Brasil más pálida que encontró en Martinelli el arsenal que necesitaba en la banda, y el fuego definitivo en otro que se destaca en Botafogo, líder del Brasileirao.
La mecha chilena estaba tan apagada, que Luiz Henrique tuvo tiempo casi de sentarse, comerse un típico "completo" chileno y limpiarse la salsa en el área antes disparar a la red y hundir un poco más el barco de Gareca, "timonel de grumetes", como le dice Vidal, en el mar tempestuoso que es a día de hoy el fútbol chileno. EFE
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