Carlos del Barco
Sevilla, 25 oct (EFE).- Los años setenta del siglo pasado registraron hitos claves en la historia de España y, entre los más trascendentales para los irreductibles del fútbol, el que de buenas a primera las 'estampitas' -o cromos, según latitudes- se poblaron de futbolistas que eran distintos a los de antes, con melenas y esas grandes patillas que hasta entonces sólo lucían los ingleses o los oriundos, los verdaderos y hasta los impostados.
La muerte de Carlos 'Chupete' Guerini es la de uno de aquellos ídolos que a los españoles del 'baby boom' se les representaban provenientes de un mundo exótico, mítico, inverosímil por sus aspectos y porque, con esas pintas que eran familiares en otras muchas latitudes, se pudiera jugar al fútbol en España, pero sí.
Después de once años en los que las fronteras del fútbol español habían permanecido cerradas a los extranjeros después del decepcionante papel de España en el Mundial de Chile de 1962, hace medio siglo, el 'Chupete' Guerini llegó a un Málaga en el que 'reinaba' la figura de su compatriota Sebastián Humberto Viberti, fichado como oriundo, y en el que tras una temporada irregular dejó suficiente estela para que el Real Madrid llamara a sus puertas.
Para los muy cafeteros, ese verano de 1973 fue un no parar porque, en él, muchos se asomaban al fútbol por vez primera y lo hacían con fichajes de relumbrón hasta entonces desconocidos, no en balde la generación de los Di Stefano, Puskas, Kubala, Kocsis, entre otros apátridas como se llamaba a los exiliados del comunismo, ya era historia.
En 1953 la Delegación Nacional de Deportes, presidida por el general Moscardó, prohibió terminantemente, según cuenta el periodista Manolo Rodríguez en la Fundación del Betis, la contratación de extranjeros, ya que, según se razonaba, "con la participación de dichos jugadores", "en nuestras competiciones nada ha ganado el prestigio del deporte español y su contratación implica, en cambio, un volumen económico cada vez más considerable".
Así estuvieron las cosas hasta que una leve corriente liberalizadora permitió en 1956 que se pudieran fichar dos futbolistas por club, siempre que uno de ellos fuese iberoamericano o filipino (países con los que España tenía tratados de doble nacionalidad), agrega Rodríguez, quien apunta que en 1959 no hubo discriminación de nacionalidades hasta el fracaso de Chile "que determinó una nueva y drástica negativa al producto extranjero".
Llegaron los oriundos y, con ellos, la picaresca de las parentelas ficticias, aunque fue en 1973 cuando se abrió la auténtica cueva del tesoro para los niños que se asomaban al mundo mágico del fútbol y veían en estos melenudos a su Olimpo particular, más por lo imaginado que por lo que sabían de ellos en un mundo en blanco y negro y con poca televisión.
A las generaciones de los M'Bappe o Bellingham les puede costar asumir que fue mucho más, o al menos análogo, el que un tal Óscar 'Pinino' Mas fichara por el Real Madrid junto a un alemán rubio y de muchos pelos que respondía al nombre de Gunter Netzer y que llegó un año antes que el 'Nibelungo' Paul Breitner, de quien además decían que tenía veleidades políticas.
En Málaga fue Guerini y en Sevilla, nombres como el uruguayo Víctor Espárrago y el exótico gambiano Biri Biri en el Sevilla; y en el Betis, los argentinos Juan Carlos Mamelli y Jorge Olmedo, que para más inri, con su "aspecto de galán de cine que dio mucho que hablar en la ciudad" -recuerda Rodríguez- y que aumentó su leyenda cuando se supo que se había casado por poderes con la Miss Colombia 1972, Ana Lucía Agudelo, más madera.
La mitomanía se extendió como un sarampión e inoculó la adicción al fútbol de muchas generaciones de niños españoles que veían que el fenómeno no era sólo de su ciudad o de Madrid, sino que a Barcelona había llegado un peruano, Hugo 'Cholo' Sotil, como avanzadilla del fenómeno Johan Cruyff.
Otros grandes fenómenos de ese verano fueron los dos melenudos que llegaron al Atlético de Madrid, el 'Ratón' Ayala y el 'Cacho' Heredia, mientras que en Zaragoza, el paraguayo Saturnino Arrúa cogía el relevo de los 'zaraguayos' y Las Palmas fichó un portero con aspecto estrafalario para la época y de modos felinos, Daniel Carnevalli, un año antes que el elegante Enrique Wolff.
El chileno Carlos Caszely, ese enorme bigote, llegaba al Levante para consagrarse luego en el Español y, para ahondar más en los mitos, al Valencia llegó 'La perla negra de Mali', Salif Keita, fenómenos todos de un año clave en el veneno del fútbol de muchos que acabó en el Mundial que Alemania le ganó a la Naranja Mecánica.
Cruyff había sido cabeza de puente en la temporada anterior en el Barcelona como Netzer lo había sido en el Real Madrid y Heredia y Ayala en el Atlético para lo que vino luego hasta hoy, pioneros en la mitología como Luiz Pereira y Leivinha, Johan Neeskens o Miguel Ángel Brindisi: jugadores de dibujos animados en blanco y negro como Guerini que le dieron su impronta a las 'estampitas'. EFE
cb/nam
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