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Al fondo del zoológico a la derecha (1) es un librito en el que Edouard Launet, tras pasar varios años husmeando en las revistas especializadas en zoología, hizo una selección de experimentos interesantes buscando discernir qué respuesta esperaban encontrar los humanos en el estudio del reino animal y, de paso, reavivar el interés por esta ciencia de tan amplio objeto de estudio: pensemos que en el planeta ya se han identificado 1,5 millón de especies y se cree que hay muchas más.

Un caso que le llamó la atención fue el de la hormiga atta colombica, una entre las 14.000 especies diferentes de estos insectos que la mirmecología ha identificado. Las hormigas (del latín, formica) están entre los bichos más numerosos del planeta; presentes en todos los continentes, sólo se salvan los helados casquetes polares.

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La atta colombica, como su nombre lo indica, es americana, vive en la parte norte de Sudamérica y en América Central, e integra el grupo de las hormigas llamadas "cortadoras de hojas" o también "arrieras", capaces de transportar una carga muy superior a su tamaño. A esa tarea se dedican con admirable concentración y organización; siempre que no venga un humano a mirar de cerca e interponer obstáculos en su camino con el solo fin de estudiar sus reacciones.

Complicarle la existencia a la corta-hojas colombiana es lo que decidió hacer un equipo dirigido por una investigadora francesa, Audrey Dussutour. Difícilmente alguien no haya observado alguna vez con fascinación el camino que hacen las hormigas entre la comida detectada y la entrada del hormiguero, a veces incluso con varios "carriles" en uno y otro sentido.

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Detectada una de esas "autopistas", Dussutour y su equipo tendieron un techo plástico a un centímetro de altura del suelo para impedirle a una colonia de atta colombica trasladar las hojas enteras o en grandes trozos que llevan a su guarida para cultivar los hongos de los que se alimentan.

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Hagamos un paréntesis para decir que las cortadoras de hojas son una de las sociedades más complejas del reino animal. Además de vivir en simbiosis con los hongos que cultivan para alimentarse, sus hormigueros pueden llegar a extenderse hasta un radio de 80 metros y albergar a millones de individuos. Se los detecta por los montículos de tierra extraída para cavar los túneles que se amontonan sobre la superficie.

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A diferencia de la hormiga legionaria, que se desplaza en caravanas gigantescas devorando todo lo que encuentra a su paso, las atta son sedentarias: un mismo hormiguero les puede durar más de medio siglo.

Pero volvamos a nuestro experimento. La idea era que, al no tener las pobres infelices un camino alternativo, se produciría un gigantesco embotellamiento de atta colombica.

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Pero no. Sin pérdida de tiempo, las hormigas se pusieron a cortar las hojas en pedazos mucho más pequeños y más redondos, para poder seguir transportando el material, ahora bajo techo artificial. No sólo eso, para evitar que disminuyese el volumen de carga transportada, pusieron a más cortadoras de hojas en circulación...

La conclusión de estos mirmecólogos –en un artículo publicado en la revista Animal Cognition- fue que las hormigas son menos tontas de lo que se creía.

Esta no es una fábula de Esopo, pero la tentación es grande de extraer moralejas de este comportamiento animal para la sociedad humana... Se lo dejamos al lector.

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(1) "Au fond du zoo à droite", Editions Points, 2009