El Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, más conocido como MAAM. MAAM 162
El Museo de Arqueología de Alta Montaña de Salta, más conocido como MAAM. MAAM 162

En el centro de la Ciudad de Salta se erige, entre bares y edificios coloniales, una de las instituciones más prestigiosas a nivel nacional y mundial: el Museo de Arqueología de Alta Montaña. Más conocido como MAAM, su incepción se originó gracias a uno de los descubrimientos más impactantes y relevantes de las últimas décadas en Argentina y a nivel global, y a la voluntad de preservarlo y estudiarlo: el hallazgo, en marzo de 1999, de los cuerpos de tres niños extremadamente bien conservados por el frío en la cumbre del volcán Llullaillaco, a 6.700 metros de altura sobre el nivel del mar.

Los "Niños del Llullaillaco" atraen hace años a miles de personas que se acercan a este museo de Salta para observar uno de los mayores remanentes de la cultura incaica. Las investigaciones realizadas por los científicos que trabajan incansablemente para saber cada día más sobre cómo funcionaba una de las mayores y más modernas civilizaciones antiguas, revelaron que estos niños vivieron hace más de 500 años, durante el apogeo del Estado Inca, poco antes de la llegada de los españoles al continente. Cabe destacar que también se encuentra en exhibición una colección de los objetos que fueron encontrados en el mismo sitio arqueológico: más de 150 objetos que componían su ajuar funerario, un muy particular mundo en miniatura que acompañó a estos niños en su viaje al más allá.

Con una visión científica y una metodología didáctica, el MAAM trata de ofrecerles a sus visitantes un acercamiento a una de las mayores culturas de todos los tiempos, a través del entendimiento de sus costumbres y tradiciones. Los laboratorios desarrollados a raíz de este descubrimiento permitieron que se conserven eficazmente los tres cuerpos y sus ajuares acompañantes, para preservar una época en la que las ofrendas humanas eran formas de acercarse a los dioses, y una manera de unir pueblos enteros.

El MAAM ocupa un histórico edificio de mediados del siglo XIX, cuya fachada fue restaurada y responde al estilo neogótico victoriano. Su interior fue remodelado por completo, conservando la estructura pero creando espacios amplios, ideales para un museo. Cuenta con un área de exposición permanente y otra para exposiciones temporarias. Los visitantes pueden recorrer sus tres niveles, que se convierten en un trayecto histórico y científico, especialmente diseñado para el estudio y entendimiento de su atracción principal: los Niños del Llullaillaco. Infobae recorrió este museo, y su guía fue el arqueólogo Christian Vitry.

"El MAAM es un museo muy particular en el sentido que, a diferencia de otros museos que se forman por la sumatoria de descubrimientos, este museo se formó con sólo un hallazgo arqueológico, que es el del hallazgo de los cuerpos de tres niños encontrados en la cumbre del volcán a 6.700 metros de altura. Esto constituye el sitio arqueológico más alto del mundo", cuenta Christian Vitry, uno de los antropólogos hoy en día a cargo del proyecto. Vitry es oriundo de Salta y se define como montañista de nacimiento y arqueólogo de profesión. A la temprana edad de 12 años realizó su bautismo en alta montaña ascendiendo al volcán Tuzgle, a 5.500 metros de altura, y cuenta con más de 120 expediciones con alturas mayores a los 5 mil metros sobre el nivel del mar, incluyendo el Aconcagua. Es Antropólogo especializado en Arqueología y profesor de Geografía y Ciencias Biológicas y forma parte del equipo nacional de investigadores que trabajan en la postulación del Camino del Inca como Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO.

El estadounidense Johan Reinhard fue quien realizó el hallazgo. Había estado años antes en Salta, y recordaba un sitio ubicado en la cumbre del volcán Llullaillaco que le había llamado la atención. Luego de varios descubrimientos en América Latina en lugares similares al que posteriormente se hizo el hallazgo de los niños, decidió regresar y organizar una expedición: el viernes 26 de febrero de 1999 partió de la ciudad de Salta con un equipo integrado por catorce personas: dos estadounidenses, seis argentinos y seis peruanos. El miércoles 17 de marzo, el peruano Arcadio Mamaní descubrió en el sector Sur de la plataforma el enterratorio del niño y su ajuar. Ese mismo día, más al norte, el salteño Antonio Mercado y el peruano Ruddy Perea localizaron el cuerpo de la Doncella. El lugar de entierro de la Niña del Rayo fue descubierto dos días después por el peruano Orlando Jaen.

Pero, ¿quiénes eran estos niños? Vitry asegura que "no eran incas pero sí eran nobles mediante los cuales se hacían alianzas y casamientos simbólicos. Las aldeas ofrecían a sus niños, los casaban, y de esta manera quedaban emparentadas con una alianza. En el sitio se encontró a una parejita de entre 6 y 7 años y a una joven de unos 15, que, por su atuendo, era una suerte de sacerdotisa, la que daba la protección necesaria para su paso al más allá".

"Los tres cuerpos fueron encontrados acompañados por 150 objetos en miniatura, que son todos similares pero distintos", asegura el arqueólogo. "Están hechos con la base de tres elementos: oro, plata y una concha marina de color salmón. Estos elementos tienen una significación muy importante. El oro representa la línea masculina, el sol. Para los Incas, el oro era "las lágrimas del sol", y, a su vez, también representado por el maíz. Por otro lado, la plata es la línea femenina. La luna es el astro que lo representa y la papa es su equivalente en la tierra, subterránea y arraigada en el suelo, mientras que el maíz se proyecta hacia el sol. La concha marina tiene un significado casi supremo que es la fertilidad".

Sin embargo, no sólo las miniaturas encierran un significado. El hecho de que los niños hayan sido enterrados vivos en la cumbre de la montaña revela una relación muy apegada de la cultura con ésta, y eso es precisamente lo que explica Vitry: "La figura de la montaña era extremadamente importante por varios motivos. Las montañas son grandes reservorios de agua, y donde hay agua, hay vida. En el lugar más árido del mundo, si hay agua, hay vida. Por otro lado, la ruptura del horizonte y la proyección hacia el cielo hacen que la montaña esté más cerca de la divinidad, del sol, de la luna, de las estrellas, del más allá y de lo desconocido. Todo es simbolismo implícito".

Pero, las montaña también tenía una significación divina para los Incas. Vitry revela que "las montañas siempre fueron veneradas, pero antes de que llegaran a la zona los Incas, no se subían porque eran la morada de los dioses. Pero cuando llegó esta civilización, como ellos se consideraban aliados de los dioses, o incluso dioses, como se presentaban a sí mismos en su proceso de expansión ante los demás pueblos, se atrevieron a subir a esas montañas y, contra todo pronóstico para la gente que vivía allí que pensaba que nunca iban a regresar, volvieron, lo cual les dio poder político, pero fundamentalmente poder simbólico, y con eso se ganaron el respeto de las otras sociedades".

Lo que quizás impacte al visitante que se acerque a este museo por primera vez, es ver a los niños que, nunca los tres a la vez, se exponen detrás de un vidrio, preservados casi perfectamente gracias a un sistema de refrigeración del más alto nivel. Sin embargo, Vitry explica que, para los incas, el hecho de que se exhiba de esta manera un cuerpo les causaría orgullo, ya que su relación con la muerte era muy diversa a la actual. En esas épocas, en ciertos momentos del año la gente desenterraba a sus seres queridos fallecidos y los paseaban, los mostraban. Ésa era una señal de respeto. Hoy, parecería una locura, una aberración, pero hay que tener en cuenta que eran otros tiempos, y la cultura de la civilización Inca funcionaba de una manera muy diferente a la actualidad.

Sí, murieron porque los ofrecieron como tributos a sus dioses. Sí, los enterraron vivos. Pero esto no debe generar rechazo, sino que la exhibición apunta a que se entienda un pueblo, y a que se den a conocer sus creencias. "A los niños los enterraron vivos, cubiertos por tierra en un pozo de casi 2 metros. Para dormirlos, antes les daban chicha, alcohol de maíz", cuenta Vitry, que también recuerda que estos niños "eran parte de una ofrenda a los dioses, y no hay que juzgar estos rituales con nuestra mirada actual. Hoy nos parecería terrorífico, pero eran otras costumbres".