Samanta Schweblin tuvo a sus lectores esperando varios años después de su libro de relatos Pájaros en la boca y en el término de un año los recompensó: entregó su primera novela Distancia de rescate y un tercer libro de cuentos, Siete casas vacías, que recibió el Premio Rivera del Duero en España y que este mes la editorial Páginas de espuma distribuye en Argentina.

En los cuentos que reúne este libro, Samanta retoma sus indagaciones en las relaciones filiales, piensa (y hace pensar) a la locura, manipula objetos que la ayudan a construir sus relatos y sitúa la ficción en casas. Quizás habría que decir que es en las periferias que rodea a las casas en donde se desencadena la acción de estos relatos, entre los que está el más extenso escrito por Schweblin, "La respiración cavernaria", que narra la historia de una mujer que desea una muerte que parece no llegar nunca.

La presentación del libro trae a la autora por unos días al país desde su residencia en Berlín y en medio del trajín acepta la invitación al estudio de Infobae y sin desprenderse nunca de su sonrisa, habla sobre los temas de su literatura, sus comienzos como lectora en una enorme biblioteca infantil del Jardín de infantes de sus padres y recuerda sus viajes en tren desde Hurlingham a las mesas de saldo de Avenida Corrientes.

-Leí lo que dijo Rodrigo Fresán cuando le entregaron el premio: "los cuentos de Samanta podrían estar en la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh". Algunos de los autores que estaban ahí son Borges, Bioy, Guy de Maupassant y Tolstoi, ¿Como se siente frente a ese elogio?

Fue uno de los mejores halagos que me han hecho porque además esa antología fue uno de mis grandes descubrimientos del género. Me acuerdo de dos cosas: la revista El Péndulo y la Antología del cuento extraño de Rodolfo Walsh. Fue alucinante los autores que descubrí en esa antología. Tiene lo que tienen todos los halagos, por un lado te premian y por el otro te meten en un compromiso, pero fue un honor.

-¿Está contenta con este momento, un premio tan prestigioso en España y ahora la publicación del libro en Argentina?

Estoy muy muy contenta, primero porque es el regreso al cuento, la confirmación de que vuelvo a elegir el cuento después de Distancia de rescate.Y también por Páginas de Espuma que es una editorial que me gusta muchísimo, con la que siempre tuve simpatía y el Premio Rivera del Duero que supongo también le dará difusión al libro.

-En una charla anterior me dijo que le costaba mucho entregar los textos porque era muy miedosa. ¿Los premios ayudan a mitigar ese temor?

Ayuda, porque todos somos hijos del rigor y tener una fecha de cierre ayuda muchísimo a soltar un poco los cuentos, pero de todas maneras el temor con lo que va a pasar después con los textos siempre está porque tiene más que ver con los lectores que con un premio.

-En los relatos de esta Siete casas vacías, si de algo no están vacías es de sentido.

Hay un recorrido en los siete cuentos por la locura, pero no la locura de los locos, sino que me interesaba la locura "sana". Son personajes que están cansados de arrastrar siempre los mismos problemas, con los que han luchado y han probado miles de maneras de escapar y, de pronto, empiezan a probar nuevas alternativas: ¿Qué pasa si doy un poquito? ¿Qué pasa si doy un pasito a la derecha? ¿Qué pasa si digo menos? Tratar de encontrar nuevas maneras de desenredarse que quizás tiene que ver con una búsqueda que hice durante los años que escribí este libro.

-La acción ocurre en las periferias de las casas, en los márgenes. ¿Le interesan esas fronteras?

Sí, porque de hecho todo lo que sea el alrededor de las casas tiene mucho protagonismo, los jardines, el garaje, la calle. Los personajes tienen que salir de ese espacio de confort que a veces son las casas para empezar a probarse y a asomarse un poco y tratar de conectar con el otro.

-En estos relatos vuelve a trabajar sobre las relaciones filiales en las casas que son los mundos privados familiares pero que son penetradas por el exterior. ¿Hay en esa resolución a través de un elemento externo algo que no aparecía en los cuentos anteriores?

Puede ser, quizás también porque los personajes empiezan a abrirse un poquito. En los libros anteriores eran mundos más cerrados y que pertenecían al mundo de lo fantástico o del absurdo, a veces. Estos son cuentos mucho más realistas, los noto mucho más cercanos a mi propio mundo... igual tiene que ver con lo fantástico mi propio mundo (se ríe)

-Ese realismo comenzó con su primera novela y ahora llega a sus nuevos cuentos.

Sí, y es una novela que nació de este libro. Distancia de rescate era un cuento que pertenecía a este libro. Un cuento que me dio mucho trabajo y cuándo entendí que el problema era un problema de longitud quedó afuera de este libro. Algunos lectores asocian la figura de la tapa de este libro (la mujer en el auto, la lluvia, esa mirada detrás del vidrio) con el libro anterior.

-Una característica de su literatura es que sus relatos no son historias cerradas en la que se le revela todo al lector en el final y que incluso en algunos casos es un espacio abierto sin resolución. ¿Eso se lo plantea como escritora?

Sí, me lo planteo porque es lo que me gusta encontrar como lectora, entonces le presto mucha atención a eso. Hay un doble juego: por un lado, soy muy controladora porque tengo una idea clara de lo que quiero contar y me gustaría que la travesía del lector por lo que cuento fuera muy cercana a lo que yo siento, entonces controlo mucho. Pero, por otro lado, un cuento exige un buen narrador pero también un muy buen lector. Es un trabajo a dos partes. Un buen lector lee el libro pero también lee al autor. Siempre hay algo de personaje ahí. Un autor no tiene toda la verdad, incluso no la tiene acerca de lo que está pasando en su propio texto y es increíble las cosas que descubro en los cuentos que escribo a través de la lectura de los lectores. Los cuentos tienen que tener cierta apertura. Para mí es bastante importante que no todo lo que escribo esté puesto en el texto, dejar que parte de lo que escribo se produzca en la cabeza del lector, intentar controlar eso, es casi un imposible pero me gusta jugar con esa idea. Que algo no esté dicho no significa que no esté en el texto.

-El lector deberá encontrarlo.

Exactamente.

-En este libro usted desarma la familia tradicional con la que hemos crecido.

Hay una crisis de la familia con la que nuestra generación creció. La familia es la primera gran tragedia con la que todos aprendemos a crecer y a empezar a entender el mundo. Ahí hay una cantidad de material enorme. Me interesa mucho todo lo que sea lo familiar, sobra material ahí para escribir muchos libros.

-¿Eso es producto de la observación? ¿De dónde proviene ese interés?

Quizás tenga que ver con el tipo de preguntas que yo me hago más allá de la literatura. La literatura es una manera de atravesar esas zonas oscuras o nebulosas y tratar de entender. La escritura de estos cuentos siempre tiene algo de búsqueda, de revelación, de tratar de sentir cosas nuevas o de hacer las conexiones que no pude hacer en su momento.

-¿"La respiración cavernaria", incluido en este libro, es el cuento más largo que escribió?

Sí, es el cuento más largo. Es un cuento muy distinto en muchos aspectos, no sólo en la longitud que no es la que estoy acostumbrada, sino porque también por primera vez trabajé con un personaje odioso, detestable, un personaje con el que no me identificaba y, de hecho, con el que me llevaba bastante mal. También porque es un cuento que necesita mucha morosidad por lo que está contando. A mí que siempre me gustó la tensión y la velocidad, me exigió muchas cosas con la que no solía trabajar.

-Marqué una línea de ese relato en el que creo está la clave de lo que está diciendo: "la muerte requeriría un esfuerzo para el que ella ya no estaba preparada" ¿Precisaba extensión?

Sí, claro, porque cuando alguien se muere, todo el mundo pregunta de qué se murió y te dicen "le agarró un ataque al corazón, se murió ahogado, se murió de tristeza, se murió él y después ella". Siempre hay una razón para la muerte. Uno no se muere de vejez, hay algo que lo provoca. Me parece un tema importante el problema que tenemos: se nos ha alargado la vida, ahora vivimos 80 o 90 años pero no vivimos en plenitud. Cada vez nos lleva más tiempo morirnos y lo he visto en mi propia familia, he tenido bisabuelas a las que les ha llevado diez o quince años morirse y eso me parece algo muy doloroso y que no estamos pudiendo terminar de resolver.

-En la protagonista de ese cuento es muy fuerte el deseo de la muerte pero que no termina en suicidio, que podría haber sido la resolución más sencilla y obvia para el autor.

Claro, porque ella ansía la muerte no el suicidio, no piensa en esa opción. Es un deseo de muerte digna pero no sabe muy bien qué hacer para empujar la vida hacia a la muerte, por eso se pone a hacer cajas, a donar lo que no necesita, a organizar esa casa llena de cosas. Se despoja de todo.

-Ya que lo dijo al pasar cuándo se refirió a la biblioteca de sus padres: ¿su primer acercamiento a la literatura son esos libros familiares?

Era una biblioteca que me permitió leer desde muy muy chiquita porque mis papás tenían un jardín de infantes y mi mamá era maestra jardinera, y había una cantidad de bibliografía para chicos enorme. Nadaba en libros para chicos que además no eran míos, entonces tenía una fascinación porque quizás eran libros que venían uno o dos días y después volvían a la biblioteca del Jardín de Infantes. A los 11 o 12 empezó la incursión a la biblioteca de los adultos, que tenía muchos autores del boom, muchos clásicos como Dostoievski o Kafka. Vivía en Hurlingham y era muy lindo viajar al centro para comprar libros en las mesas de saldos de Corrientes con mis primeros dineritos. Además los libros que eran baratos, los que me podía comprar, eran los bodoques, los ladrillos de las colecciones de clásicos. Después, el descubrimiento de algunos autores que me alucinaron, como Cortázar o Boris Vian, que descubrí en la biblioteca de una amiga.

-¿Y mucha lectura en el tren?

Leía muchísimo en el tren. Típico de la gente que vive en provincia y va a estudiar a Capital y que tiene una hora y media o dos de ida y lo mismo de vuelta. Tenía todo un sistema que me permitía bajar del colectivo leyendo y sacar el boleto del tren sin bajar la mirada, porque todo ese tramo del colectivo al tren, que eran como quince minutos, me parecía una pérdida de tiempo enorme. Había sacado la cuenta y a lo largo del mes eran como ocho libros que podía leerme sino bajaba la vista en ningún momento.

-¿Nunca se le dio por escribir literatura infantil?

No. Hay autores interesantísimos. Soy fanática de Isol Misenta, me encanta y me enloquece, por nombrar a uno. La literatura para chicos está en un momento fenomenal, pero por ahora tengo suficientes problemas con esto.