"Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mi. Ando por la calle y los encaro. Muchos se me cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, ¿sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? Amigo, ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita, ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo".
Con esas desopilantes palabras de Arquímedes Puccio, comienza "El Clan Puccio", el flamante libro del periodista Rodolfo Palacios, que revela detalles de la vida del hombre que en la década del 80, junto a su familia, secuestró y mantuvo cautivos en su propia casa a cuatro empresarios y mató a tres de ellos. Su última víctima, una empresaria, salvó la vida porque pudo intervenir la policía. El hampón argentino cayó cuando estaba por cobrar un secuestro. Fue detenido y condenado a reclusión perpetua. Su hijo mayor, Alejandro, dueño de una carrera prometedora como rugbier, recibió también una dura condena. Intentó suicidarse cuatro veces, una de ellas arrojándose del 5° piso de Tribunales. Murió en 2008, a poco de haber sido liberado y en el mismo año en que su padre quedara en libertad, por una infección. Daniel "Maguila" Puccio, dos años menor que Alejandro, estuvo tres años en la cárcel y fue liberado. Un tiempo después se dictó nueva orden de captura pero permanece prófugo, se supone que en Brasil.
Palacios rememora en su libro el primer encuentro con Puccio, en 2011, y la relación entre ellos, que para el anciano fue una amistad, tanto así que le pidió al pastor que lo cuidó en su lecho de muerte que llamara al periodista para que lo fuese a ver. Pero para Palacios no se trataba más que de un viejo que había secuestrado a cuatro personas y matado a tres.
La historia de los secuestros jamás fue revelada. El hombre siempre negó los hechos por los que su clan fue procesado y encarcelado. Es inevitable preguntarse ¿cómo pudo secuestrar a gente conocida y tenerla cautivos en su propia casa? ¿Por qué hizo cómplice a su propia familia?
"En medio de un contexto de violencia social e institucional (el horror de la dictadura, el accionar de grupos parapoliciales y militares, los secuestros extorsivos en los primeros años de la democracia), Puccio arrastró a sus hijos al delito. Y al mismo tiempo no permitió que ninguno de ellos matara, como si esa fuera su manera de cuidarlos", dice un pasaje del texto que intenta descifrar las decisiones incomprensibles de Puccio como padre que no dudó en arrastrar a su familia y continúa: "¿Una familia puede no saber que en el sótano o en el baño del primer piso hay secuestrados? La historia oficial condena a Arquímedes y a su hijo Alejandro. "Maguila" estaba en Australia cuando fueron los primeros tres secuestros. Quedó involucrado en el cuatro. Guillermo se exilió en Nueva Zelanda. Epifanía fue detenida pero absuelta por falta de pruebas. Silvia fue sospechada pero no se probó su participación. Adrianita era muy chica. Ni siquiera se la interrogó. ¿Qué hacían mientras había secuestrados en la casa? ¿No veían movimientos raros? ¿No oían ruidos extraños? ¿Quien les cocinaba a los prisioneros? Ninguna de esas preguntas tiene respuestas, aún 33 años después del primer secuestro", dice Palacios sobre cada uno de los Puccio que durante los ´80 "vivían con un secuestrado bajo el mismo techo".
Además del libro de Palacios, una película se estrenará pronto. El director Pablo Trapero también se sintió atraído por la siniestra historia del clan Puccio (ver trailer al pie de esta nota).
Arquímedes Puccio negó hasta el ultimo minuto haber secuestrado a cuatro personas y asesinado a tres. Dijo a Infopico, un medio local de General Pico, que "jamás" hizo nada de lo que se lo acusó y que "solamente ante el Señor" rindió cuentas por "si llegó a hacer algo malo". Pero, calificó su vida -en especial los momentos finales- como "un infierno" cuando sentía que se despedía del mundo. Murió el 3 de mayo de 2013. Simplemente se quedó dormido. Pasó sus últimos días acompañado por quien lo cuidó como a un padre y seguro de que si un hombre comete un "pecado" solo a Dios le corresponde juzgarlo. Desde entonces su cuerpo yace en el cementerio de General Pico a donde nadie de su familia le dejó jamás una flor.
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