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La historia del secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born, herederos del imperio económico Bunge y Born, me desvió del libro que había pensado escribir.


Había comenzado una investigación sobre la relación entre la política y el dinero que fuera de lo particular a lo general: casos concretos que mostrasen el vínculo estrecho entre los aportes a las campañas en sus diversas formas y las decisiones de los gobernantes. Revisé la historia del indulto que Carlos Menem concedió a Mario Firmenich, el dirigente de los Montoneros, la guerrilla peronista que había dejado las armas con la democracia y había apoyado al candidato riojano para las elecciones de 1989, con una generosidad que me pareció un ejemplo de ese tipo de intercambios.


Salvo por un detalle. El dinero que los Montoneros habían aportado a la campaña menemista provenía del rescate que habían cobrado por el secuestro de los herederos. Pero ni remotamente se acercaba a la cifra descomunal que había pagado Jorge Born II, el padre de los hermanos. Sesenta millones de dólares de hace cuarenta años. Actualizado según el índice de inflación de los Estados Unidos, el equivalente a 260 millones de dólares de hoy: una cifra récord, nunca superada. Seguí indagando.



El secuestro de los Born se bifurcaba una y otra vez en intrigas y misterios sin explorar. Quedé atrapada por la historia. Percibí que no se había contado aún en toda su dimensión.



Si volvían al país, los detendrían por haber realizado tremendo aporte a una banda guerrillera en la clandestinidad. Los hermanos se asentaron en Brasil y allí prosperó el grupo Bunge y Born. Pero en el fondo seguían a la espera del momento para regresar a la Argentina. Y cuando sucedió, casi quince años después de su partida, ya muerto el padre y terminada la dictadura, Jorge Born III se alió con uno de sus secuestradores y carceleros, Rodolfo Galimberti. Ambos querían algo del otro: el empresario, rescatar parte de los millones que le habían arrebatado; el ex montonero, su libertad, un pago por servicios que facilitaran ese recupero y un regreso con gloria al escenario nacional.



Durante meses leí todo lo que se había escrito sobre el caso y revisé más de cincuenta cuerpos de dos expedientes judiciales referidos al secuestro. Entrevisté a muchos protagonistas de aquellos años. Pero sentía que sin el testimonio de Jorge Born no iba a lograr captar la profundidad de la historia: escondía un drama humano que también merecía ser contado.


Ese día le dije que trabajaba en un libro sobre la política y el dinero. Pero no me animé a proponerle que si él cooperaba, me gustaba la idea de cambiar el rumbo. Al cabo de tres o cuatro encuentros, siempre los días miércoles alrededor de las diez de la mañana, descubrió que mi único interés giraba alrededor de su vida. Hablamos más francamente. Jorge Born III se entregó sin condicionamientos a nuestra conversación.


Durante seis meses volvimos muchas veces sobre ciertas circunstancias, y siempre se mostró dispuesto a despejar las dudas que le acerqué. Solo se inquietó un día, cuando le mostré unas fotos de él y de su hermano Juan en una cárcel del pueblo. "¿Dé dónde sacaste eso?", me preguntó. "Del expediente", le dije. Le bastó. Y me permitió que indagara hasta en detalles tan íntimos como el baño que le proveyeron durante el cautiverio.


El texto aseguraba que la comisión interna de la planta de Molinos Río de la Plata, en Avellaneda, había estado vinculada a los Montoneros, y que la conexión había servido para que la empresa cumpliera, en 1975, con muchas de las exigencias de los trabajadores durante el secuestro de los Born. Después del golpe de 1976 habían desaparecido veintiséis empleados y delegados gremiales de esa planta y de esa comisión. La denuncia de los familiares de las víctimas —que acompañó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)— pedía que se investigara la posible complicidad


A él le resultaba insólito. "Otra vez lo mismo. ¿No te digo? Otra vez lo mismo", repitió. "Es la historia de nunca acabar".


El imperio que habían construido el abuelo y el padre con los Hirsch como socios, y que él debía continuar no se desmoronó, pero se deshizo. Los herederos, peleados entre ellos, vendieron las industrias de alimentos, textiles y químicas que habían sido líderes en la Argentina y en Brasil. Bunge y Born se transformó en Bunge Limited, compañía de agronegocios con base en Estados Unidos.


Una pintura al óleo, obra del artista Héctor Basaldúa, enorme. Ambos representaban a Jorge Born II, el magnate que se dejó torcer el brazo y pagó por la vida de sus hijos el rescate más caro de la historia mundial.


"Born", de María O'Donnell (Editorial Sudamericana).