Un Hércules militar C-130 vuela a Puerto Argentino <br> Reuters 162
Un Hércules militar C-130 vuela a Puerto Argentino
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El 2 de abril de 1982, el gobierno militar puso en práctica su decisión de invadir las islas Malvinas. La noche anterior, el presidente norteamericano Ronald Reagan intenta disuadir telefónicamente a Galtieri, infructuosamente. El destino quiso que oficiara de traductor en la comunicación Roberto García Moritán, quien décadas más tarde sería vicecanciller kirchnerista y hoy asesor de Sergio Massa.

La decisión de invadir Malvinas parece haber sido adoptada por la Junta Militar con el objeto de crear una nueva realidad política a partir de la crisis interna que sobrellevaba el gobierno después de seis años desde el golpe de 1976. Es una huída hacia adelante. La operación de Malvinas es "la última carta en la manga" que dispone el gobierno militar, desprestigiado y agotado. Días antes, una dura protesta en contra del régimen había tenido lugar, acompañada, naturalmente, por una dura represión.

El plan se mantuvo en estricto secreto -única faceta en la que la operación fue exitosa- y ello permitió una ocupación rápida. La población, la verdad sea dicha, reaccionó favorablemente en los inicios de la operación y Galtieri tuvo su plaza colmada pudiéndose asomar al balcón de la Casa de Gobierno. La operación provocó un cese de los reclamos gremiales y de los partidos políticos nucleados en la Multipartidaria y prácticamente todo el país adhirió a la "causa nacional". Escasos dirigentes políticos se manifestaron en contra de la guerra o, al menos, exigieron prudencia al gobierno militar. Entre ellos, Raúl Alfonsín y Alvaro Alsogaray. Desde el exilio, la conducción de Montoneros ofreció su colaboración al gobierno.

En las horas subsiguientes a la invasión, el gabinete nacional fue convocado de urgencia. Roberto Alemann, que ocupaba el Ministerio de Economía en esos momentos, lo recordó de esta manera: "El día 2 de abril nos desayunamos con un conflicto en el Atlántico Sur que cambió toda la orientación de la política económica (...) yo había estado la semana anterior en Cartagena de Indias, atendiendo una asamblea de gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (...) cuando regresé al país, el día 1 de abril, me anoticié que esa noche estaban ocupando las islas Malvinas en represalia de una acción diplomática que habían adoptado las autoridades de Gran Bretaña en las Georgias. Y a partir de ahí, en lugar de hacer política económica, en el sentido que anuncié anteriormente, tuvimos que dedicarnos a administrar una guerra que es una cosa muy distinta a administrar la escasez".

El día del desembarco murieron cuatro argentinos, sin que se produzcan muertes de británicos. Los argentinos tenían orden de no dañar a ningún inglés.

El ministro del Interior convocó a varios dirigentes políticos el día 3. En el Salón de los Escudos, el general Saint Jean logra que el Partido Comunista apoye la invasión. Se producen declaraciones de apoyo de varios dirigentes políticos. Por el PJ habla el apoderado Torcuato Fino quien señala "la solidaridad del justicialismo con el gobierno". El dirigente radical Francisco Rabanal manifiesta que "el episodio de hoy fue anhelado por varias generaciones de argentinos y nos está marcando la necesidad de la unión de todos los argentinos". También se conoce el apoyo de Oscar Alende del PI y de Rafael Martínez Raymonda del Partido Demócrata Progresista. Jorge Abelardo Ramos participa de la reunión y se permite bromear ante el ministro Saint Jean: "Ya que echamos al inglés, ¿por qué no echamos de paso al alemán?", en obvia alusión al impopular ministro Alemann.

Raúl Alfonsín afirma que la guerra es una equivocación, a pesar de que el comité de la UCR manifiesta su apoyo al gobierno. En la oposición a la guerra de Malvinas parece haber tenido decisiva influencia sobre Alfonsín un joven y desconocido asesor que luego será su canciller: Dante Caputo.

El día 2, mientras se produce el desembarco en las islas, en Buenos Aires Costa Méndez mantiene intensas reuniones y comunicaciones. El embajador argentino en Moscú, Ernesto de la Guardia, le informa que ha logrado dialogar con el viceministro de Asuntos Exteriores soviético Zemkov pero sin obtener una definición contundentemente favorable. Finalmente, como es sabido, no habrá veto soviético (ni chino) el día siguiente cuando se vote la Resolución 502 en el Consejo de Seguridad. La posibilidad de contar con un veto soviético implica desconocer el récord de votación del régimen de Moscú en Naciones Unidas, que indica que sólo ha ejercido el derecho de veto cuando sus intereses están directamente comprometidos, cosa que obviamente no ocurre en el caso de Malvinas.

Una patrulla recorre el aeropuerto de Puerto Argentino Télam 162
Una patrulla recorre el aeropuerto de Puerto Argentino Télam 162

Finalmente, la URSS se abstendrá el día 3 descolocando al gobierno argentino. Posteriormente, el canciller se comunica con Londres, donde está a cargo de la embajada el ministro Atilio Molteni como encargado de negocios, dado que el embajador Carlos Ortíz de Rozas ha sido convenientemente desplazado a la sede diplomática ante el Vaticano semanas antes. Molteni recibe el llamado de Costa Méndez y de inmediato se comunica con el gerente del Banco Nación para procurar retirar todos los fondos argentinos disponibles antes de que se dictara el bloqueo. Unos quinientos millones de dólares lograron ser girados a Suiza mientras que casi mil quinientos millones no pudieron ser liberados por estar depositados a plazo. El encargado de Negocios era el hoy embajador Atilio Molteni, quien tuvo que enfrentar a las autoridades británicas en el Foreign Office. Se le otorgaron 24 horas para abandonar el país.

Se trataba de la primera guerra internacional en la que la Argentina se embarca desde la Guerra del Paraguay de mediados de la década de 1860.

Mientras tanto, el gobierno argentino recibió señales de los Estados Unidos que "confundieron" a las mentes de quienes conducían la política del país. La noche del 2, por su parte, la embajadora Jeanne Kirckpatrick participó de una comida en su honor que se ofreció en la embajada argentina en Washington. La invitación había sido efectuada con antelación pero los hechos del día hacían suponer al embajador Takacs y a sus colaboradores que la funcionaria se excusaría. El hecho de que la representante del gobierno norteamericano en la ONU accediera a comer en la sede diplomática argentina el mismo día del desembarco en Malvinas confundió a los miembros del gobierno militar. La actitud de Kirckpatrick generaría no pocos disgustos en las autoridades inglesas cuando a este hecho se sumó el que al día siguiente, en la votación en el Consejo de Seguridad, la embajadora no participó de la reunión y delegue el voto norteamericano en su segundo. En sus Memorias, Alexander Haig sostiene que la participación de la embajadora Kirkpatrik en una comida en su honor en la Embajada argentina la noche del 2 de abril generó "una duda en los británicos sobre su imparcialidad".

El sábado 3 sesiona de urgencia la Cámara de los Comunes. Desde la crisis de Suez en 1956, el Parlamento británico no entraba en sesión un día sábado.

En tanto, en Buenos Aires, la prensa argentina se vuelca claramente en favor de la operación. Hasta la revista Humor, crítica del gobierno, publica: "El acto de recuperación debe ser valorado como hecho de afirmación nacional, irreprochable en su esencia".

El 4 comienza la movilización naval británica. Londres anuncia que inicia un bloqueo en torno al archipiélago y establece una zona de exclusión de un radio de 200 millas. Un día más tarde, el canciller Costa Méndez plantea el caso en la OEA. El mismo día, el presidente Reagan se ofece como mediador. En Londres renuncia el titular del Foreign Office, Lord Carrington. Lo reemplaza Francis Pym. La primera ministra Margaret Thatcher declara a la televisión británica que "no existe posibilidad de fracaso" para Inglaterra.

En tanto, titula Crónica, el día 5: "Zarpa la flota inglesa, otra vez a piratear". Convicción tilda al Reino Unido de "Imperio en decadencia" y minimiza las posibilidades bélicas inglesas. El 7, el general Mario Benjamín Menéndez se proclama gobernador militar de las islas. Viajan a la asunción importantes dirigentes políticos de los principales partidos. Entre otros, participan de la delegación: Deolindo Bittel, Angel Robledo, Carlos Menem, Carlos Contín, Miguel Angel Zavala Ortíz, Luis León, Guillermo Estévez Boero, Carlos Auyero, Oscar Alende, Jorge Abelardo Ramos, los sindicalistas Saúl Ubaldini y Jorge Triaca, los empresarios Horacio Gutiérrez, Federico Zorraquín, Jacques Hirsch y Eduardo García.

También participa el ex presidente de facto Jorge Rafael Videla, aunque según sus biógrafos no era partidario de la operación. Uno de los pocos que no asiste es Raúl Alfonsín, asesorado por Dante Caputo que entiende que hay que desentenderse de la "catástrofe" que seguirá al aventurerismo militar. Asimismo, son enviados a diversas capitales mundiales delegaciones integradas por dirigentes políticos para difundir la actitud del gobierno argentino. Por caso, a Washingoton viaja Antonio Cafiero. Por el contrario, se oponen a la guerra los obispor Novack y de Nevares y el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel.

La misión Haig

En esos días, el secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig intentará una solución de urgencia y viajará incesantemente entre Washington, Londres y Buenos Aires con su plan de lograr por un lado el retiro de las tropas argentinas del archipiélago y la instalación de una administración conjunta, idea rechazada tanto por el gobierno militar argentino como por el gabinete inglés. Haig, quien no goza de la confianza total del presidente Reagan, parece imitar la "shuttle diplomacy" de su antecesor y antiguo jefe, Henry Kissinger. Por su parte, luego de despedir a Haig quien parte hacia Londres en la noche del 7, Reagan no altera sus planes de vacaciones y viaja a Barbados por unos días. Después del conflicto de Malvinas, Reagan relevará a Haig. Este escribió en sus Memorias: "La mediación por el conflicto de 1982 fue mi Waterloo".

Allan Gerson sostiene que las diferencias entre Jeanne Kirkpatrick y Alexander Haig reflejaron dos visiones sobre el rol de los EEUU en el mundo, y especialmente, en Latinoamérica. "Ella se enorgullecía de si misma por ser una americanista; él, el antiguo comandante de la OTAN, sentía orgullo de ser eurocentrista. En su ensayo en Commentary de octubre de 1981, Kirkpatrick había advertido que los Estados Unidos estaban prestando insuficiente atención al "deterioro de la posición de los EEUU en el hemisferio, lo cual ya ha creado serias vulnerabilidades donde no existían y amenazaban ahora con enfrentar al país con la necesidad de defenderse de un ataque soviético en sus fronteras del sur y el este". En síntesis, ella procuraba una política de "neutralidad" mientras que el secretario de Estado después de una breve postura a favor de la neutralidad, apoyó claramente a los británicos.

El destacado historiador Juan José Cresto sostiene que el fracaso de la misión Haig constituye una "oportunidad perdida" para la paz y que la Argentina mostró "una tozudez innecesaria sin obtención de beneficios". Cresto defiende a Haig afirmando que el secretario de Estado no pudo desplegar toda su política debido a interferencias internas dentro de la administración norteamericana. En particular, alude a la actitud del secretario de Defensa, Caspar Weinberger, decididamente pro-británico.

Tropas argentinas recién llegadas a las Islas en un momento de descanso Télam 162
Tropas argentinas recién llegadas a las Islas en un momento de descanso Télam 162

El día 10, Galtieri habló a una multitud congregada en la Plaza de Mayo y afirma que "si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla". Se trató, indudablemente, de una bravuconada del presidente de facto, pero justo es decirlo, fue acompañada por buena parte de la población. Ese día, Haig estaba en Buenos Aires. El gobierno aparentemente intentaba impresionar al enviado norteamericano. El resultado es el contrario: el secretario de Estado confirma la tendencia "fascistoide" del régimen argentino. Haig vuela a Londres y luego a Washington. Volverá a Buenos Aires el día 15.

Galtieri vive su hora de gloria en el balcón de Perón. A su lado, su ministro del Interior, el general Saint Jean le susurra: "gócela Presidente, gócela".

Para impactar a Haig, la Junta Militar le sugiere salir de la Casa de Gobierno en un helicóptero facilitado por las autoridades argentinas a los efectos de asegurarse que el secretario de Estado pueda ver el alcance de la manifestación a favor de la iniciativa en las Malvinas. En sus Memorias, Haig recuerda que al llegar a Buenos Aires -a donde llegó acompañado por el embajador Vernon Walters- fue recibido por el canciller Costa Méndez en el aeropuerto y que en la recorrida por las calles de la capital argentina escuchó bocinas. El canciller le explicó "Argentina le da la bienvenida". Con respecto a la manifestación en Plaza de Mayo, recuerda Haig: "En mi primer mañana en Buenos Aires, mientras fui conducido junto a Costa Méndez hacia la Casa Rosada, el palacio presidencial, aprendí un nuevo significado de la palabra concentración. Los medios habían promovido la concentración de la población en la Plaza de Mayo "para mostrarle a Haig el espíritu de Argentina". Durante la noche anterior, el gobierno había transportado a miles de manifestantes, muchos de ellos peronistas, desde las provincias (...) Hombres y mujeres vivaban a Costa Méndez llamándolo el canciller de Hierro (...) En efecto, me recordó las imagenes de Roma y Berlín en los años 30".

Entre el 15 y el 16 de abril, el secretario de Estado norteamericano -de regreso en el país- mantiene nuevas conversaciones con Galtieri en Buenos Aires. En esta nueva visita de Haig a la Argentina, se reúne con los tres comandantes. Recuerda el norteamericano que el almirante Anaya era "un hombre sin sonrisa y con voz fuerte y duras opiniones" y que habló de su hijo piloto de helicóptero quien cumplía funciones en las islas "dispuesto a morir por las Malvinas". Respecto a Lami Dozo, Haig relata que "era el tercero en influencia en la Junta Militar pero el más realista de los tres". El testimonio de Haig sobre el sistema de decisiones dentro de la Junta militar argentina es ilustrativo del fracaso del Proceso. Describe que "cada decisión del gobierno aparentemente tenía que contar con el apoyo unánime de cada comandante en jefe del Ejército y de la Armada y de la Fuerza Aérea. Los progresos que se alcanzaban en sílabas y centímetros eran luego vetados por personas que nunca habían participado de las negociaciones". El cardenal Samoré ofreció un testimonio similar respecto a las negociaciones de fines de 1978 por el conflicto con Chile por el canal del Beagle: "en Santiago hay una voz, nos guste o no el general Pinochet; mientras tanto en Buenos Aires, hay tres, muchas veces contradictorias una con otra".

El 21, el gobierno argentino rebautiza Stanley como Puerto Argentino en lo que es entendido como una ratificación de su postura de intransigencia. Londres insiste en volver a la situación previa al 2 de abril. Buenos Aires ratifica que "la soberanía no se negocia". Un día después, Galtieri llega a Malvinas. La visita del presidente argentino a las islas es ampliamente difundida por el gobierno. Por su parte, el mismo 22 el Parlamento Europeo vota una resolución condenatoria de los actos del gobierno argentino. Hay 202 votos contra la invasión argentina y 28 a favor y 10 abstenciones.

El 27 y 28 de abril, la Argentina obtiene un triunfo diplomático en la OEA al conseguir por 17 votos a favor y 4 abstenciones (las de EEUU, Colombia, Chile y Trinidad Tobago), que se respalde el reclamo de soberanía argentino y se insta a una solución acordada. Costa Méndez está nuevamente en los EEUU. El secretario de Estado Haig entrega a las autoridades argentinas una propuesta de arreglo que es rechazado por el gobierno militar. Un día más tarde, el Senado norteamericano vota 79 a 1 una declaración de apoyo a Gran Bretaña. Solo se manifiesta en contra el senador Jesse Helms. Al día siguiente, la administración de Reagan anunció que pasaba a apoyar a Gran Bretaña y culpa al gobierno argentino por el fracaso de las negociacionea. "Reagan optó por la Thatcher", titula Convicción, el 30 de abril.

En mayo, el conflicto siguió escalando y las acciones tomaron el peligroso curso de la guerra. El 2 de ese mes se produjo el hecho más doloroso y lamentable de la guerra: el hundimiento del Crucero General Belgrano, en el que murieron 323 argentinos.