Anabella Reggiani 162
Anabella Reggiani 162

Buenos Aires tuvo la movilización bajo la lluvia más importante de toda su historia. Fue una descomunal marcha por la Avenida de Mayo, desde el Congreso hasta el Cabildo, con miles y miles de personas transidas por el dolor de una pérdida que sólo podrá repararse cuando las instituciones vuelvan a ser tan fuertes como los que decidieron movilizarse a pesar de las malas condiciones del clima.


En realidad, la gente estaba ansiosa por participar. A las 17, la esquina desde donde partiría la cabeza de la marcha ya estaba colmada. Llegaban los fiscales, eran reconocidos, y ruidosamente aplaudidos. Cuando pasadas las 17:30 la lluvia se desató, nadie se movió del lugar. Empezaron a corear "Argentina, Argentina" para darse ánimos, mientras más y más paraguas con personas abajo seguían copando la zona.


Los fiscales decidieron movilizarse sin paraguas ni pilotos. Tampoco estaban protegidos los responsables de la seguridad, que tenían apenas una remera negra con la consigna "Marcha del Silencio" estampada en el frente y el dorso. Ver avanzar a los fiscales sobre la avenida fue una experiencia conmovedora. Se los aplaudía a rabiar, se gritaba sus nombres, les agradecían por haber convocado a la movilización. Ellos no decían nada. El agua les empapaba sus caras, sus trajes. Seguían marchando, muy lentamente. Cada tanto, alguien gritaba:

- Fiscal Alberto Nisman.

- ¡Presente!, coreaba la multitud.


Aquí y allá, se encontraban ojos que lloraban.


De repente, se entonaba alguna estrofa del Himno Nacional. Muchos grupos pedían "justicia". También se escucharon gritos de "asesina". Todos seguían caminando. Se trataba de llegar hasta el escenario donde se pediría el minuto de silencio en homenaje al fiscal muerto.


A nadie le importaba ver si estaba tal o cual político. Los urgía ser parte del duelo social que el Gobierno no impulsó. Querían estar presentes, saber que habían sido parte de una demanda que el kirchnerismo insiste en no escuchar, una República que nos incluya a todos, los que están a favor y los que están en contra, los que votan a unos y los que votan a otros, los que quieren más libertad y los que quieren más justicia.


No es tan difícil, pero la Presidenta eligió de enemigos a demasiados argentinos. Tantos, que ya son amplísima mayoría. Según las encuestas, más del 80 por ciento estaba a favor de la convocatoria que se desplegó a lo largo y a lo ancho del país. Sin embargo, Cristina no les dio ningún mensaje de consuelo en cuatro discursos que hizo estos últimos días, dos por cadena nacional.


En 1979, cuando estaba exiliado en esta ciudad, el poeta uruguayo Mario Benedetti publicó el libro Cotidianas. El anteúltimo poema fue musicalizado por Alberto Favero. Se llamaba "Por qué cantamos". Pido licencia para extrapolarlo con un "Por qué marchamos" y reproducir algunos de sus bellos versos, increíblemente ajustados a lo que se vivió el miércoles:


"Si cada hora vino con su muerte,

Si el tiempo era una cueva de ladrones.

Los aires ya no son los buenos aires.

La vida es nada más que un blanco móvil.

Usted, preguntará por qué (marchamos).


"Si nuestros bravos quedan sin abrazo

La patria se nos muere de tristeza.

Y el corazón del hombre se hace añicos.

Antes aún que explote la verguenza.

Usted, preguntará por qué (marchamos)...


"(Marchamos) porque el río está sonando.

Y cuando suena el río/suena el río.

(Marchamos) porque el cruel no tiene nombre.

Y en cambio tiene nombre su destino.


"(Marchamos) porque el grito no es bastante.

Y no es bastante el llanto ni la bronca.

(Marchamos) porque creemos en la gente

Y porque venceremos la derrota..."


Si Cristina sigue creyendo que detrás de la marcha se escondía un golpe, si vuelve a preguntar por qué marchamos, elijamos contestarle con Benedetti: marchamos "porque en este tallo, en aquel fruto, cada pregunta tiene su respuesta".