"La condición de la política argentina hasta hoy parece ser la antinomia entre el peronismo y su otro"

¿Qué ocurre cuando un país se narra como guerra? En su último ensayo, Martín Kohan analiza las derivaciones culturales de un mito de origen configurado en torno a un panteón de héroes militares

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¿Qué sucede cuando un país es narrado como guerra? O, como dice Martín Kohan, "la historia como historia de guerra, una variada narración de batallas y de héroes militares (...) Es toda una manera de contarse, y por ende una manera de entenderse".

En El país de la guerra (Eterna Cadencia, 2014), Kohan hace un recorrido por los siglos XIX y XX para poder comenzar a responder a esa pregunta pero, sobre todo, analizar sus implicancias más profundas.

El autor de Ciencias Morales y Bahía Blanca indaga los relatos que edificaron el mito patrio para desarmarlo, erosionar sus bases con argumentos y poner en cuestión lo que el discurso hegemónico definió como un comienzo de guerra y un Ejército fundante. Kohan lee, piensa e indaga para sacudir todos los cimientos de lo dado, de todo aquello que la Escuela refuerza cada día. Y lo hace trabajando sobre una inmensa cantidad de textos que incluyen canciones patrias, juegos, discursos políticos, debates parlamentarios, ensayos, novelas y poesía. El país de la guerra, es un texto apasionante que lleva al lector a reflexionar y a que, después del viaje por estas páginas, nada pueda resultarle ingenuo ni casual.

Kohan estuvo en la redacción de Infobae y en esta entrevista reflexiona sobre cómo se contó la historia argentina, desde su origen hasta la Guerra de Malvinas, cuál es la diferencia entre guerra y violencia, y además introduce un nuevo concepto en los términos sarmientinos de civilización o barbarie para explicar la domesticación de la violencia a fin de hacerla propia.

El país de la guerra será presentado el próximo jueves, a las 19, en la librería Eterna Cadencia, Honduras 5574.

-¿Esta obra es el resultado de muchos años de investigación?

Es un libro de largo plazo porque es de largo aliento el objeto: el recorrido es largo y los materiales fueron muchos. En dos escalas es un libro de largo aliento, en primer lugar concebirlo y pensar qué clase de recorrido hacer y, por otro lado, por dónde hacerlo porque era un libro que se podía hacer de muy distintas maneras.

-Se ha escrito mucho sobre cómo están impregnados los relatos de violencia, pero usted elige otra palabra. ¿Por qué guerra y no violencia?

Hay una modalidad específica de la violencia, que es la guerra. La guerra funciona de una manera demasiado productiva como metáfora, pero como tal casi podría no tener límite, casi todo puede traducirse a una metafórica de guerra, y para un libro como el que me proponía escribir habría sido un desastre, habría sido imposible porque casi todo habría sido pertinente. De la misma manera fue necesario precisar que no toda práctica de la violencia es guerra, no toda forma o ejercicio de la violencia es guerra. El riesgo que corría era la imprecisión conceptual y de materiales. Hubo episodios de violencia muy nítidos que tuve que sopesar; supongamos la Patagonia trágica que me daba muy buenos materiales desde la ficción, Los dueños de la tierra de David Viñas. Tuve que decir, no toda forma de represión estatal es guerra, no toda forma de violencia social es guerra. Especificar lo más nítidamente posible esa instancia en la que dos grupos se organizan para la violencia y para dirimir por medio de una violencia grupal y organizada un determinado tipo de conflicto. Ir detrás de esa formulación fue clave para poder armar el libro y que no fuera un libro sobre la violencia sin más, ni sobre cualquier cosa bajo el lenguaje de la guerra, sino rastrear estrictamente las modalidades de la guerra.

-Al leer el libro recordé una vivencia personal: en 1992, al cumplirse una década de la Guerra de Malvinas, vi una obra de teatro en el San Martín que estaba ambientada en la Patagonia durante el conflicto y en cuyo programa decía, "Argentina, un país en donde la guerra se vive como un partido de fútbol y el fútbol se vive como una guerra".

El mundo del fútbol remite a eso. Hay un capítulo en El país de la guerra sobre el TEG, que es un juego que llamativamente se puso muy de moda en los años de la dictadura. Me interesó esa zona, la de la relación entre juego y juegos de guerra, ese tipo de prácticas que serían una sublimación de una guerra. Sin dudas el fútbol despierta muy a menudo -y los Mundiales son un claro ejemplo- toda una dimensión de épica nacional, que además es una dimensión afortunadamente debilitada en los escenarios de guerra y, en el caso de Argentina con Malvinas, muy claramente. El desplazamiento hacia el mundo del fútbol es muy nítido y en ese punto la metafórica juega muy fuertemente, el fútbol se narra y se dice, en gran medida, como lenguaje de guerra. En mi novela Dos veces junio utilicé eso a la inversa que en este ensayo. Acá la guerra es el objeto, y el imaginario de un juego a la manera de la guerra es parte del análisis. En aquella novela el fútbol era lo que entraba en juego y la posibilidad del fútbol con el lenguaje de la guerra fue lo que puse a funcionar.

-En este ensayo, se percibe esa presencia de Dos veces junio, también de Cuentas pendientes, pero sobre todo de la preceptora de Ciencias Morales que no podía nombrar la palabra guerra. ¿Tiene una obsesión con esa palabra y más en general con lo que no se puede nombrar y con lo no dicho cuando se narra Argentina?

Completamente. No lo había pensado en relación a Ciencias Morales. Es casi como si uno dijese, que El país de la guerra, por la vía del ensayo, es la expresión de todo lo que había sido acallado en la ficción de Ciencias Morales. Todo lo que se tapó y se cayó ahí aparece explicitado aquí. Es una columna vertebral que me resultó muy productiva para hacer un recorrido por la historia y la literatura argentina, porque es un principio de articulación integral de más de dos siglos de historia. Tanto cuando hay guerra como cuando no. A priori, uno tiene la percepción de que tenemos un siglo XIX plagado de guerras y un siglo XX que, hasta Malvinas, en principio se presenta -y en la historia argentina hay casi una jactancia- como el país en paz. Para mí fue igualmente provechoso interrogar las guerras en su completa manifestación, en su pleno despliegue y vigencia, cuando no se podían parar las guerras, sobre todo las guerras civiles, a lo largo del XIX. Interrogar las zonas acalladas, o ver dónde había ido a parar la guerra cuando no había guerra, fue algo que me interesó y me sirvió mucho para trabajar el siglo XX. El silencio también se puede interrogar. La idea de que la literatura ficcionaliza guerras cuando no hay guerras reales y la posibilidad de hacer lecturas de Megafón o la guerra de Marechal o Diario de la guerra del cerdo, de Bioy o La guerra de los gimnasios de César Aira. Poder ver que cuando no hay guerra eso ha ido a parar a la ficción. La discusión sobre presencia y ausencia, que dura hasta hoy en el caso de la dictadura y los años anteriores, y si corresponde decir si hubo una guerra o no, era algo que se podía interrogar también en el libro.

-Respecto de la dictadura: la guerra supone un enemigo y su eliminación. ¿En esa narración que usted plantea se fue gestando el consenso discursivo para la desaparición forzada?

Es una cuestión muy compleja y decisiva. Lo que tengo como punto de partida del libro y que remite a trabajos que venía haciendo sobre la figura de San Martín -el ensayo Narrar a San Martín- retomo, estoy tentado de decirlo, en donde había dejado aquel trabajo, que es no la manera en que se construye una figura heroica para encumbrarlo como Padre de la Patria, sino las derivaciones que de eso se desprende. ¿Qué supone y qué implica de ahí en más la configuración de un panteón coronado por una figura de guerra? Lo que supone construir un mito de fundación de identidad nacional en un escenario de guerra y con un Padre de la Patria señalado y definido por la guerra. En la medida en que cualquier mito de origen de cualquier Patria va a funcionar siempre como una usina de valores y, en tanto usina de valores, fuente de legitimación de cualquier práctica política. Al menos toda práctica política que pretenda encuadrarse en esa identidad nacional, como gesta argentina, no puede sino remitirse a ese horizonte de valores. Por lo tanto, no hay manera de que el horizonte de referencia no sea la guerra en la medida que los mitos de origen y el panteón de héroes nacionales está tan marcado por una impronta bélica. Hacia el siglo XX muy a menudo las prácticas de la violencia en relación con formas de guerra recurrieron permanentemente a un pasado que funciona como tradición y como sustrato.

-¿Vincula con esto el hecho de que el principal líder político del siglo XX haya sido un militar?

Me habría encantado tener más materiales para poder trabajar peronismo y guerra. Entra fundamentalmente por Leopoldo Marechal y por Megafón, pero entra necesariamente en esa zona del libro que trabaja ficciones de guerra con guerra vacante y no la posibilidad de trabajar guerras concretas. Si uno quiere pensarlo en los setenta, ahí es un lugar donde interrogar eso: en la discusión sobre si hubo o no guerra, y ese aspecto perturbador y muy inquietante: una guerra, si uno postula la idea de que la hubo, en la cual en una y otra fuerza había peronistas. Parece ser la condición de la política argentina hasta hoy, el declive en las antinomias entre el peronismo y su otro. Vamos cada vez más, según todo parece indicar, hacia antinomias entre variaciones de peronismo.

En el libro entran formas de ese intercambio específico de la violencia que admiten ser definidas como guerra. No iba a entrar, si quería ser preciso en la conceptualización de lo que entiendo por guerra, en episodios como la quema de Iglesias en el 55, ni siquiera el bombardeo en Plaza de Mayo, que no es un episodio de guerra, no es un intercambio entre grupos organizados para la guerra, es una masacre lisa y llana. Ezeiza entra a través de un capítulo sobre poesía, un poema de Fabián Casas y uno de Ariel Schettini, donde el intercambio de violencia en Ezeiza es tematizado. Esos son los momentos de peronismo y guerra y que a la vez no responden a la condición militar de Perón.

-Usted plantea la civilización de la violencia. ¿Podría explicar de que se trata?

El siglo XIX me llevó a Sarmiento porque era alguien que no sólo tendía a una concepción agonística de la historia, la cultura y la civilización, sino que sus mismas prácticas eran muy belicosas. No diría belicista, aunque él mismo, como los hombres de su tiempo, se vio involucrado en acciones militares e integró el Ejército de Urquiza. Me interesó la dimensión belicosa de sus prácticas de escritura y de sus prácticas discursivas. En un punto, la idea misma de civilización y barbarie, aún cuando uno no tenga por qué suscribir a sus términos ni concebir la historia como los progresos de la civilización contra la barbarie. No hace falta adherir al modelo conceptual para detectar, percibir y, eventualmente, admirar esa concepción en definitiva agonística. No deja de ser una concepción de la historia como una inmensa lucha, una larga y duradera lucha que ha menudo tiende a ponerse en términos de la civilización aniquilando a la barbarie. La idea de que la civilización no viene a terminar con la violencia, sino a dominarla e incorporarla. Esto es, la idea de la civilización no como lo otro de la violencia, sino con un uso específico de la violencia, una apropiación, domesticación, adecuación e implementación de un régimen de violencia administrada. Frente a eso, una resolución que, cuando uno lee a Sarmiento efectivamente está ahí, y que cuando se desplaza de un texto como Facundo y lo que Sarmiento dice sobre las memorias del General Paz y el adiestramiento de soldados, cuando uno se propone, como me propuse en el libro, leer en esa clave un clásico como el Martin Fierro de Hernández, queda claro que el propósito de la civilización es civilizar la violencia, no eliminar la violencia.

-¿Incorporar la violencia y administrarla?

La civilización ya no es la gesta racional, en el sentido de un entendimiento consensuado puramente discursivo, sino la civilización en lucha con la barbarie (para ponerlo en los términos de Sarmiento) que procura apropiarse de la violencia bárbara para civilizarla: civilizarla no es eliminarla, no es ir a una sociedad sin violencia, es ir a una sociedad en donde la violencia pueda administrarse. No la idea de que el orden social progresa desde la violencia hacia la no violencia. El desarrollo de estas sociedades, aún en los términos de civilización como los utiliza Sarmiento, es el desarrollo de una violencia que el Estado no termina de controlar hacia el momento en que el Estado incorpora esa violencia, la entrena, la disciplina, la regula y la utiliza.

-Siguiendo este razonamiento, usted plantea la parábola del servicio militar obligatorio, desde su gesta –con el debate parlamentario inicial- hasta su desaparición...

La discusión de 1901 es muy interesante, en el sentido que se puede dar cuando no hay guerra. Cerrado el ciclo de guerras del siglo XIX se puede discutir qué clase de Ejército necesita esta sociedad. Lo cual revela detectar las formas de la guerra en la paz. La discusión parlamentaria de qué clase de Ejército organizar sin el requerimiento inmediato de una situación de beligerancia. Cuando ya no existe la coyuntura bélica, presionando y marcando sus urgencias, es que se puede discutir el lugar que la guerra va a tener en la paz. Se puede discutir lo que se discute en esos debates parlamentarios: la relación entre guerra y ciudadanía, guerra y patriotismo, guerra y paz. Y la función civilizatoria que en alguna medida viene de Sarmiento y que en una coyuntura completamente diferente uno ve transformarse para perdurar: la idea de que hay un tipo de formación educativa y moral del ciudadano que se seguía asignando al Ejército. Que el Ejército haya llegado a ser una de las instituciones más indignas y que más daño produjo a la propia sociedad es un dato que viene a descalabrar ese largo proceso de armado de un relato de indentidad que articulaba argentinidad, Patria y Ejército. El siglo XX pone en crisis ese armado y lo hace colapsar más de una vez.

-Usted afirmó que el siglo XIX es un siglo de guerras y el XX de paz, sin embargo tenemos Malvinas. ¿Cómo se narró?

Mi formación y práctica es de lectura y de análisis de relatos, es el género que el libro tiene. La Guerra de Malvinas es muy interesante porque produce cortes narrativos muy distintos y desarrolla dimensiones de narratividad muy distintas. Si bien tiendo a pensar que la literatura introduce una dimensión diferencial y que siempre va a trabajar con un orden de representación y con un orden de lenguaje diferenciado, premisa que le puedo asignar en términos generales, en el caso de Malvinas eso se marca con una claridad muy particular. Hay un tipo de versión y de subversión y de desarticulación y corrosión de todo ese relato integrado para la fusión de argentinidad y Ejército o de argentinidad y guerra. El modo en que eso puede colapsar a propósito de Malvinas es algo que la literatura ha captado y plasmado como ningún otro discurso social que yo conozca. El tipo de ferocidad crítica que a fuerza de sátira, parodia o sarcasmo uno puede encontrar en las versiones de la literatura de la guerra de Malvinas pone esa cualidad diferencial de la literatura muy en primer plano.