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Las alianzas políticas estables, en las que distintas fuerzas con puntos de vista e intereses divergentes se ponen de acuerdo en un programa común de largo plazo, son casi una utopía en la región.

En la mayoría de los países prima la fragmentación. Decenas de partidos se pelean entre sí y no están dispuestos a ceder en sus máximas ideológicas, ni en sus intereses particulares de corto plazo.

Y cuando se terminan formando coaliciones, porque se presentan como la única forma de llegar al poder, éstas giran en torno a figuras capaces de conseguir votos y ganar elecciones. En caso de obtener la victoria, no se discute el programa ni las decisiones de gobierno. Las fuerzas se limitan a acatar los mandatos del líder, a cambio de prebendas repartidas debajo de la mesa.

Pero el panorama no es igual en toda la región. Algunos países lograron consolidar desde hace años alianzas de partidos estables, que se mantuvieron unidas a pesar de sus diferencias, tanto en el gobierno como en la oposición.

Es el caso de la Concertación en Chile (ahora Nueva Mayoría), el Frente Amplio en Uruguay, y la coalición de partidos en torno al PT en Brasil. Todos ellos lograron ir un poco más allá del tradicional cortoplacismo latinoamericano, para sostener políticas de estado duraderas.


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Las claves de las coaliciones políticas

"Chile, Uruguay, y Brasil desde los 90, tienen partidos políticos estables, que no cambiaron de etiquetas y mantuvieron un papel responsable dentro del sistema político. Han tenido que ser gobierno y oposición, o viceversa, y se han mantenido. En ese aprendizaje, los actores pudieron encontrar mecanismos para relacionarse", dice a Infobae el politólogo Facundo Cruz, docente de la Universidad de Buenos Aires y especialista en coaliciones políticas.

En otros países, la inestabilidad llevó al estallido del sistema de partidos, que modificaron profundamente el panorama. "En Argentina y Venezuela -continúa- lo que vemos es que cambiaron los actores en términos colectivos, con nuevos representantes que irrumpieron ante situaciones de crisis".

Colombia es otro ejemplo de un sistema de partidos muy debilitado. Los dos tradicionales, el Liberal y el Conservador, históricamente habían llegado al poder sin necesidad de coaligarse. Pero ya no.

Si bien la solución a esta crisis se dio a partir del armado de coaliciones, éstas no funcionan como tales. "Los presidentes conformaron grandes alianzas, con varios partidos, porque el sistema político se fragmentó y se pasó del bipartidismo al multipartidismo, con 10 o 12 fuerzas", dice el politólogo Javier Duque, profesor Universidad del Valle, Colombia, consultado por Infobae.

"Se trata de coaliciones pragmáticas -continúa-, sin cercanía ideológicas, muy híbridas y con una orientación de reparto de cuotas de poder. Tienen un corte muy clientelar".

La consecuencia de esta debilidad de los partidos, y su correlato en alianzas amorfas y sin mucho sustento, es que el único factor decisorio es el presidente. "Durante los último seis gobiernos -dice Duque- el Poder Ejecutivo es el principal actor legislativo. La mayoría de los proyectos que se convierten en ley son iniciativas suyas, y el Congreso se convirtió en un apéndice, que aprueba todo introduciendo algunos cambios".

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La falta de institucionalidad de las fuerzas políticas es una de las causas más importantes de la dificultad para constituir coaliciones estables. "En los países donde faltan partidos disciplinados, con líderes que hagan mantener la línea partidaria, las coaliciones tienden a disolverse más fácilmente", explica Peter Siavelis, profesor de Política y Asuntos Internacionales de la Universidad Wake Forest, Estados Unidos, en diálogo con Infobae.

"En Uruguay vemos fuerzas bastante disciplinadas, y en Chile también. En Brasil históricamente no era así, pero cada vez más. En cambio, en Argentina encontramos facciones", agrega.

El excesivo presidencialismo es otro de los factores que conspiran contra los acuerdos partidarios. Como toda alianza se sustenta en un reparto equilibrado los cargos entre sus distintos integrantes, un puesto que concentra tanto poder provoca un desbalance.

"El problema es que la presidencia es un cargo único. Es distinto en Europa, donde hay un gabinete con distintos ministerios, que son tan importantes como el primer ministro y no tienen una relación de fuerte desventaja en términos de poder. Así es más fácil distribuir los cargos. En América Latina hay alguien que está por encima de todos y que tiene decisiones sobre los ministros. El tema es cómo deciden en la coalición quién se lleva el cargo más importante", dice Cruz.

"Lo que ha pasado en Chile, Uruguay y Brasil es que los partidos tuvieron un aprendizaje que les permitió distribuir los puestos de manera balanceada, con un criterio común, que todos respetan. Porque hay dos momentos de la coalición: el electoral, en el que se distribuyen las candidaturas, y la coalición de gobierno, donde se materializa el acuerdo previo. Si eso ocurre en base al criterio establecido antes, se espera que la alianza sobreviva", agrega.

Tabaré Vázquez tiene una intención de voto del 41%, dos puntos menos que en julio 163
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El resultado de los comicios y la fuerza relativa de cada partido condicionan la distribución de cargos. En Chile y en Uruguay, por ejemplo, los que obtienen más bancas en el Congreso son los que reciben más y mejores ministerios.

En Brasil, el PT se adjudica las principales carteras sin tener una supremacía clara en las bancas, pero es el que aporta al candidato presidencial, Lula da Silva primero, y ahora Dilma Rousseff. La clave no está en el método de reparto, sino en que tenga cierto balance entre los participantes y, principalmente, en respetarlo una vez que se estableció.

Un caso de reparto desbalanceado y fallido fue el de la Alianza que llevó en 1999 a Fernando de la Rúa a la presidencia argentina. "Era netamente desbalanceada, porque había un actor muy predominante, que era la UCR, y uno menor, el Frepaso. A la hora de repartir los cargos ministeriales, el de mayor peso fue la UCR. Pero lo que intentó De la Rúa fue que los subniveles dentro de cada cartera estuvieran alternados entre los dos partidos", dice Cruz.

"Esa lógica de distribución -continúa- no funcionó bien porque los partidos se tenían mucha desconfianza. Además, no habían tenido suficiente práctica previa trabajando juntos".

Como toda actividad, la cooperación política y el ejercicio del pluralismo requieren un aprendizaje. Eso es lo que ocurrió en Uruguay y en Brasil, donde antes de llegar al gobierno nacional, las alianzas se pusieron en práctica en la administración local y regional. Eso no ocurrió en el caso argentino.

Esa experiencia es la que, entre otras cosas, permite conciliar las diferencias ideológicas entre los partidos. Sin un hábito de negociación, ante cada proyecto de ley que se discute en el Congreso hay riesgo de ruptura.

"Cuando un bloque funciona como una coalición en el Parlamento -dice Cruz-, siempre hay puntos de acuerdo. Pero sobre otros, más sensibles, no se puede alcanzar una postura común. Entonces los partidos acuerdan votar cada uno como pueda y luego encontrar la forma de comunicar públicamente que esa diferencia no implica que la alianza vaya a romperse. Si los puntos de acuerdo son más que los de desacuerdo, la coalición va a funcionar. Si no, surge el caldo de cultivo para que en algún momento se rompa".

Cuando las diferencias ideológicas están muy marcadas al interior de una alianza, se habla de coalición desconectada. Si bien los puristas sostienen que estos armados son una herejía y que están destinados al fracaso, eso no siempre es así.

"Existe un temor a pensar que la desconexión ideológica puede provocar una desconexión en el gobierno, pero eso no necesariamente tiene que ser así. Por ejemplo, en Alemania hay un partido de centroizquierda (Partido Socialdemócrata de Alemania) ligado a uno de centroderecha (Unión Demócrata Cristiana de Alemania), y ya funcionaron una vez y están funcionando ahora", agrega el politólogo argentino.


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La importancia del sistema electoral

"Cada partido tiene que hacer un cálculo de costos y beneficios. Un partido pequeño, con una ideología diferente de los dominantes, puede estar incentivado a asociarse si como resultado va a tener mayor influencia política. Allí los beneficios son más altos que los costos. Pero asociarse con un partido dominante que no tiene un nivel alto de popularidad puede tener un costo mayor al beneficio", dice Siavelis.

Por eso es tan importante el sistema electoral. "Tiene una incidencia altísima -dice Cruz-, porque condiciona el cálculo estratégico de los partidos, que son actores enteramente racionales, sobre todo en términos de ganar espacios de poder. Si un partido ve que puede ganar elecciones solo, sin coaligarse, no lo va a hacer".

El mejor ejemplo de un sistema electoral que empuja hacia la conformación de alianzas es el binominal chileno, único en el mundo. Al otorgar sólo dos bancas por distrito, deja a las fuerzas pequeños casi sin posibilidades de entrar al Congreso si van por su cuenta. Por eso les conviene aliarse con otros. Pero aún en un caso tan claro, el sistema no alcanza por sí sólo para garantizar que las coaliciones funcionen.

"

El binominal en Chile es un incentivo para que los partidos decidan sentarse a la mesa a negociar

, pero si se levantan contentos es porque

aplican el seguro para el subcampeón

. Primero se sientan a negociar en la mesa y distribuyen las candidaturas en base a cuál es más fuerte, y luego,

los que deciden bajar sus postulaciones reciben algo en compensación

. Puede ser un ministerio, una embajada o una secretaría. Eso es lo que se llama seguro para el subcampeón", concluye Cruz.