El día que Grondona se enfrentó a la elección más difícil de su gestión

Acababa de enterarse del dramático doping de Maradona en el Mundial de Estados Unidos en 1994. Extractos del libro que repasa el momento en que el eterno titular de la AFA se vio tironeado entre dos lealtades

Guardar
Julio Grondona presenta a Diego
Julio Grondona presenta a Diego Maradona como DT de la selección argentina, 2010<br> Télam 162

En El último Maradona, cuando a Diego le cortaron las piernas, (Aguilar, 2014) Andrés Burgo y Alejandro Wall reconstruyen el episodio que llevó al Diez a pronunciar su ya célebre frase. A continuación, un extracto de la parte en que los autores relatan los primeros momentos posteriores a la llegada del "telegrama del desastre argentino". El que comunicaba el doping positivo del ídolo.

El último Maradona (por Andrés Burgo y Alejandro Wall)

(....) El desbande fue cuando Joseph Blatter (entonces secretario general de la FIFA) descifró al día siguiente en Dallas, el martes 28 de junio, a quién le pertenecía el código FIFA 220 que el laboratorio Paul Zibbern le había enviado como positivo. En el formulario 5, esa clave pertenecía a Diego Armando Maradona. Como el fútbol es el reino de las curiosidades, pero no de las infidencias, no está claro a quién llamó primero Blatter cuando se enteró del positivo de Maradona, pero se presume que el orden fue proporcional a las jerarquías dominantes en la trama: 1) El presidente de la FIFA, João Havelange; 2) otro presidente, el de la Comisión Médica de la FIFA, el belga Michel D'Hooghe; y 3) un tercer presidente, el de la AFA, Julio Grondona. En 1994, el dirigente argentino ya era un hombre de confianza dentro de la FIFA, aunque todavía sin la fuerza que conseguiría algunos años después, justamente a partir de que Blatter le ganara al sueco Lennart Johansson la pulseada para suceder a Havelange en 1998. El triunfo del suizo sería el de Grondona: una vez al frente de la FIFA, Blatter le recompensaría con puestos estratégicos los votos sudamericanos que el argentino le había garantizado durante la elección.

Es verdad que Grondona, en el Mundial de Estados Unidos, ya sumaba seis años como uno de los vicepresidentes de la FIFA de Havelange: en 1988 había tomado la posta argentina que en 1984 había dejado vacante el vicealmirante Carlos Lacoste. Pero también es cierto que en 1994 todavía no había sido bendecido con el selecto rango de vicepresidente senior ni con la dirección de la multimillonaria Comisión de Finanzas, los puestos que Blatter le ofrecería en 1998.

Serían justamente esos nuevos cargos los que llevarían a Grondona a autoproclamarse, con exageración pero de manera muy gráfica, como el vicepresidente del mundo, el Himalaya para un hombre que había empezado a escalar desde el llano de Sarandí. Grondona heredó de su padre, Enrique, una buena posición económica que le permitió cursar el secundario en el Colegio del Salvador, de la orden jesuita. Desde muy joven, a los 20, debió convertirse a la fuerza en un self made man: su padre quedó postrado por una parálisis y tuvo que abandonar en tercer año la Facultad de Ingeniería de La Plata para hacerse cargo del corralón familiar Lombardi y Grondona. No tuvo tiempo para caer en melancolías: su padre moriría cuatro años después, en 1956.

El martes 28 de junio de 1994, cuando atendió su teléfono, Grondona era un dirigente importante en el organigrama de la FIFA pero no el número dos. Estaba en el Holiday Inn Government Center de Boston y del otro lado de la línea lo saludó Blatter, que lo buscaba desde el hotel Four Seasons Las Colinas de Dallas, cuartel general de la FIFA.

Lo que siguió fue un diálogo incómodo entre dos hombres a los que todavía les faltaba atravesar la última frontera de confianza mutua. Su verdadera historia de a dos comenzaría en el Mundial de Francia 1998, cuando el suizo llegó a la presidencia y se renovaría gracias a la triple reelección de 2002, 2007 y 2011. Esa confianza entre hermanos no habría sido posible si Grondona no hubiese actuado desde siempre como un hombre dispuesto a mostrar su lealtad a la FIFA, incluso en las circunstancias más difíciles. Por ejemplo, en una que el perjudicado fuera Maradona.

Lo que se jugaría desde entonces y hasta el jueves 30 de junio por la mañana en Dallas sería una pulseada de poder. De eso se trata el fútbol que no vemos en las tribunas ni nos muestra la televisión. De política. De presiones. De estrategia. De elegir, bajo apremio, un camino. ¿Cómo respondería Grondona al dóping del ídolo del pueblo, de su pueblo, pero también a la presión de Havelange y de Blatter? ¿Con el traje del presidente de la AFA o con el del vicepresidente de la FIFA, si es que tal disociación es posible en el entramado de este tipo de instituciones tan conservadoras? ¿Grondona jugaría el partido con intereses nacionales o como dirigente internacional? ¿Podía elegir la opción que quisiera? ¿El contexto le permitiría inmolarse por Maradona? ¿O sus ambiciones, el futuro de su carrera como dirigente, se lo negarían? ¿A quién le debía mayor lealtad? ¿A Diego, responsable primario de todo este embrollo, pero sin cuyas proezas en México 86 no habría llegado al Comité Ejecutivo de Zúrich dos años más tarde? ¿O a la FIFA, el organizador del Mundial, encargado de las reglas de juego y casa central del dúo Havelange-Blatter, con quienes ya había comenzado a tejer una empatía que en poco tiempo lo llevaría al segundo escalón de la FIFA?

La efedrina había dejado a Grondona enfrente del escenario al que los estadounidenses llaman crossroad: cuando se abren dos caminos y sólo se puede optar por uno. Y a ese dilema de Grondona, el de soltarle o no la mano a Maradona —aunque la figura más apropiada sería la de negarle o no el último paracaídas que ralentizara su choque contra el piso—, Havelange y Blatter le confrontaban otra duda desde la cúpula de la FIFA. ¿Podría Grondona contener al resto de la selección argentina en caso de que la contraprueba diera positiva? ¿Los compañeros de Maradona se declararían en rebeldía y amenazarían con abandonar los Estados Unidos y boicotear el Mundial? Suena a dato de alcoba forzado, pero ese era el miedo que corroía a los dueños de la Copa del Mundo. El temor de la FIFA al enorme ascendiente de Maradona sobre sus compañeros es una referencia sin la cual no podrá entenderse el desenlace.

Todas esas preguntas empezarían a desatarse cuando, finalmente, el martes 28 de junio, Blatter dio con Grondona en el teléfono y le anunció que el mundo se caía:

Julio, lo lamento mucho, pero el análisis de Maradona dio positivo. La contraprueba es mañana en Los Ángeles.

Más que diálogo, fue un parte de guerra. Un telegrama del desastre, el desastre argentino, al que Blatter y Havelange intentarían controlar desde entonces. Antes de que la AFA comenzara el operativo salvación —y Grondona su crossroad particular—, la FIFA ya estaba obsesionada en que ese dóping no traspasara los diques de la concentración argentina ni afectara al resto del Mundial.

En la antesala de su función más delicada como contorsionista, Grondona le transmitió el Waterloo maradoniano a la persona en quien más confiaba: su esposa, Nélida Pariani. También se desahogó en Eduardo Deluca, el otro argentino que, en representación de la Conmebol, por aquellas horas tenía línea directa con Blatter.

La acción comenzó cuando Grondona salió con urgencia del Holiday Inn para el campamento de la selección, el Babson College, un campus universitario ubicado en la periferia de Boston. El presidente de la AFA atravesó una ciudad que —salvo por la presencia de cientos de argentinos que a esa hora iniciaban su migración a Dallas para completar la trilogía triunfal de la primera fase— no contagiaba atmósfera de fútbol: los diarios hablaban más de los Red Sox y de los Celtics, y si los taxistas portaban el logo del Mundial era por una promesa del alcalde a cambio de comida gratis.

El presidente de la AFA tenía la primicia más cáustica de la historia, pero todavía no era tiempo de compartirla con Maradona ni con Alfio Basile. Todavía no. Primero debía hablar con los médicos, así que dejó que la selección siguiera su rutina de esa tarde. El programa del plantel establecía un ensayo tan distendido que pocos jugadores pensaban en el partido que debían afrontar en 48 horas contra Bulgaria. La mayoría se anticipaba al cruce de octavos de final de la semana siguiente y hacía cálculos sobre los posibles rivales (...).


Texto: Andrés Burgo y Alejandro Wall