Tal como se relató en el primer capítulo de esta apasionante historia mundial, la Copa del Mundo debió crearse como consecuencia de la gran cantidad de masas que el fútbol estaba concentrando en los más diversos rincones del Globo. Y claro que los 'oportunistas' no iban a demorar en aparecer. De hecho, el dictador italiano Benito Mussolini vio rápidamente en el fútbol una gran posibilidad de publicitar su régimen fascista e intentó que la primera edición del certamen fuera 'su vidriera'. Sin embargo, se dice que la FIFA convenció a Italia de renunciar a la candidatura otorgándole a cambio prioridad para ser anfitrión en 1934.

Pese a contar con ese 'as bajo la manga', igualmente Il Duce se encargó de estar presente en cada detalle y maniobrar todo para que nada quedara librado al azar. Sus deseos eran órdenes y por ese entonces el dictamen era claro: vencer o morir. Italia debía organizar y ganar el Mundial o se pagaría con vidas el incumplimiento de su anhelo.  Tal es así que Suecia no demoró en ceder a las presiones del dictador y se bajó rápidamente de la candidatura (también buscaba albergar la competencia).

Asegurada la organización, sólo restaba hacer lo propio con la victoria final. Y las irregularidades para llegar a dicho logro comenzaron con mucho tiempo de antelación, mientras la FIFA miraba para otro lado y ponía en tela de juicio su credibilidad. ¿De qué manera? Conformando un equipo antirreglamentario que contaba con cinco extranjeros (cuatro de ellos argentinos y uno brasileño –Guarisi-). El primero en atrapar fue Luis Monti, a quien se lo llevaron a la Juventus luego de que en San Lorenzo lo tildaran como fracasado por su actuación en la final del Mundial anterior (atemorizado por las amenazas recibidas). A él se le sumaron Atilio Demaría (de Gimnasia al Inter), Enrique Guaita (de Estudiantes a la Roma) y Raimundo Orsi (de Independiente ala 'Juve').

En cuanto a las Selecciones participantes se dio un hecho bastante particular. Es que las repercusiones del primer Mundial fueron muy buenas y una gran cantidad de inscripciones llegaron a las oficinas de la FIFA. Sin embargo, había algo más llamativo: faltaba la vigente campeona, Uruguay, y muchos de sus vecinos. Claro, la 'Celeste' no olvidó el boicot europeo a 'su' Mundial y ahora era el turno de la indiferencia sudamericana. De hecho,Argentina había prometido solidaridad y estuvo cerca de no participar; pero por aquel entonces había dos asociaciones en el fútbol argentino y una de ellas fue convencida de mandar un combinado al Viejo Continente, aunque para sorpresa de muchos no estaban ninguna de las figuras sino que era una formación completamente amateur. Brasil fue el otro combinado que representó a nuestro continente.

Pese a que sólo había lugar para 16 participantes, 34 fueron los combinados que quisieron ser protagonistas del evento. Como consecuencia de esto, por primera vez se debieron jugar Eliminatorias, en las que participó incluso el país anfitrión (le ganó 4 a 0 la ida a Grecia y éstos se negaron a jugar la vuelta –se dice que habría existido una 'amistosa' intervención de Il Duce-). El 9-0 de España a Portugal y la eliminación de Yugoslavia (semifinalista en Uruguay) fue lo más destacado que dejó esta fase previa. Finalmente fueron 12 los europeos clasificados (la anfitriona, Alemania, Austria, Bélgica, Checoslovaquia, España, Francia, Holanda, Hungría, Rumania, Suecia y Suiza),tres americanos (Argentina, Brasil y Estados Unidos) y un africano (Egipto, siendo el primer país de dicho continente en disputar una Copa del Mundo).

Con todo ya planificado, el puntapié inicial sería dado el 27 de mayo de 1934. Ese día se jugaron los Octavos de final por completo y ya la mitad de las Selecciones se despedía del ansiado certamen (entre ellas las dos sudamericanas: Argentina luego batallar y perder 3 a 2 con Suecia y Brasil, vencida 3 a 1 por España). Las que se mantuvieron con vida fueron: la 'Azzurra' (que había hecho lo suyo para enfrentar al rival más accesible y vapuleó por 7 a 1 a Estados Unidos), Checoslovaquia (2-1 a Rumania), Alemania (5-2 a Bélgica), Austria (3-2 a Francia en tiempo suplementario), Suiza (3-2 a Holanda) y Hungría (4-2 a Egipto).

     

Cuatro días más tarde se jugaban los Cuartos de final y allí se dio un partido épico que quedaría grabado como uno de los más emotivos de la historia de los Mundiales. ¿Los protagonistas? Italia y España. Claro que al intervenir el combinado anfitrión no se pudo destacar sólo la intensidad y emotividad del partido, dado que la violencia también fue una marca distintiva de dicho duelo -y que quedó sellada en varias piernas españolas-. Tal fue la paridad de las Selecciones que no alcanzó con un solo partido de 120 minutos para determinar al semifinalista y hubo que jugar otro al día siguiente.

En el primer encuentro fueron los españoles quienes se adelantaron gracias al gol de Luis Regueiro a los 29 minutos. Pero claro, Mussolini ya había avisado antes: vencer o morir. Y dicho mensaje no era sólo para sus jugadores, sino para todo el que estuviera involucrado en el 'espectáculo' (entrenadores, rivales, árbitros... Todos). A sabiendas de esto, antes de finalizar la primera etapa Giovanni Ferrari decretó la igualdad luego de que su compañero Ángelo Schiavio tomara descaradamente al arquero Ricardo Zamora luego del ¡séptimo tiro de esquina seguido! De nada sirvieron las protestas, el destino ya estaba marcado... Una verdadera batalla fue el complemento, en el que los locales no tuvieron tapujos al momento de excederse con la pierna fuerte y ni el tiempo suplementario bastó para que se pudiera torcer el marcador que quedó trabado en la igualdad 1 a 1 (hasta los palos parecieron sentirse 'atemorizados' y colaboraron con la 'Azzurra').

Las piernas ya no daban para más y  se acordaba jugar un nuevo partido al día siguiente. Claro que la primera cruzada había dejado sus secuelas: mientras Italia perdió a tres titulares, España se quedó sin siete de sus hombres (siendo el arquero la víctima más sentida). Pese a esto, la violencia volvió a quedarse con la atención del duelo y la lista de soldados caídos se iba extendiendo. Fue a los once minutos cuando se logró el tan ansiado cometido y Giuseppe Meazza era el que marcaría el 1-0 que terminaría dirimiendo la llave. De allí en más todas las miradas se las llevó el árbitro René Mercet, quien tuvo una labor tan polémica que cuando regresó a su país fue expulsado del arbitraje de por vida. Así, con la anfitriona, Austria (2-1 a Hungría), Alemania (2-1 a Suecia) y Checoslovaquia (3-2 a Suiza) quedaron definidas las semifinales.

     

La anteúltima instancia no le fue esquiva tampoco a la polémica. A los locales le tocaba enfrentar al combinado maravilla: el Wunderteam austríaco. Los de Matthias Sindelar habían dejado boquiabiertos a propios y extraños con su atractivo fútbol. Pero nada pudo hacer el elenco revelación ante una nueva injusticia arbitral. Fue el argentino Guaita quien llevó a los italianos a la final, gracias al tanto que pudo anotar con gran facilidad luego de que Meazza cargara al arquero Platzer y éste no tuviera más remedio que ver desde el césped cómo la redonda cruzaba la línea y se metía en su tan bien protegido arco. Ya nada, ni el ignorado y claro penal cometido por el otro 'albiceleste' Monti, fueron suficientes como para hacer reaccionar a un temeroso juez que sólo se limitó a cuidar la victoria 'azzurra' y su pase a la final (donde se mediría con Checoslovaquia, que eliminó fácilmente a Alemania por 3 a 1).

Hecho esto, era la hora de la verdad: la pelota comenzó a rodar y la sólida Italia buscaba su gran conquista ante un combinado checo que arribaba como favorito, y al que también se habían encargado de avisarle que si frustraban el anhelo del 'Duce' sus vidas podrían llegar a correr algún que otro peligro. Por el marco se esperaba una nueva batalla y el encargado de impartir justicia volvía ser el polémico referí que arbitró a la anfitriona en la semifinal: el sueco Ivan Eklind. Estaba claro que Checoslovaquia debía perder como fuera.

La primera etapa fue dramática y nuevamente el juez no pudo apreciar con claridad un claro penal sobre el checo Puc. Fue en el complemento cuando llegaron las emociones, pero para sorpresa de propios y extraños la apertura del marcador no la lograron los locales, sino precisamente Puc. Todo un país había quedado perplejo y sumergido en un silencio sepulcral –ni hablar de la transformación del rostro del dictador que apreciaba atento las acciones desde su palco-.

Sólo 20 minutos le restaban a la presionada 'azzurra' para revertir la historia. Y fue precisamente esa desesperación la que les entregó la energía necesaria. Fue a nueve del final cuando los argentinos fueron más italianos que los propios 'tanos', empataron el encuentro gracias a una maniobra elaborada entre Guaita y Orsi, siendo este último quien empujó el balón al fondo de la  red; y forzaron el tiempo extra.

Los nervios ya habían cambiados por la fortaleza de saberse victoriosos. Checoslovaquia había dejado en el tiempo reglamentario sus mínimas ilusiones y ya nada ni nadie podía sacarles a los anfitriones esa ansiada –y ya saboreada- victoria. Nuevamente apareció el 'criollo' Guaita para vestirse de asistidor  y permitir que Schiavio decretara el 2-1 final.

     

Aunque no hubo 'tano' que no se acoplara a los festejos, ésa primera conquista 'azzurra' estaba manchada. El triunfo no fue del seleccionado italiano sino del fascismo. La pelota había sido embarrada por 'Il Duce', sin dejar siquiera un gajo de la misma libre de la suciedad. Mussolini ya podía venerarse ante el mundo y sus propios ciudadanos de los frutos de su régimen totalitario.

"Hace cuatro años me mataban si ganábamos, acá me mataban si perdíamos". Ésas fueron  las palabras con que el argentino Monti -siendo extremadamente literal- supo resumir lo que fue un Mundial manejado por el poder de turno.

Campeón: Italia

Segundo: Checoslovaquia

Tercero: Alemania

Cuarto: Austria

Selecciones participantes: 16

Partidos disputados: 17

Goles: 70 (promedio 4.12)

Goleador: Oldrich Nejedly (checo)