Hace tres años, los medios del mundo hablaban del colapso de California. El estado, gobernado en aquel entonces por el actor Arnold Schwarzenegger, tenía un déficit fiscal de US$ 60.000 millones, una cifra inmanejable para las arcas públicas.
El 1 de julio de 2009, el gobernador republicano decretó la emergencia fiscal de California y convocó a los legisladores de los dos partidos para firmar un pacto de drástica reducción del gasto público en todas las áreas, menos en educación.
Los empleados públicos sufrieron un recorte salarial que llevó sus ingresos a mínimo de US$ 7,25 la hora, el salario más bajo de todo EEUU.
Legisladores y funcionarios también debieron recortar sus ingresos, mientras la presión fiscal se incrementaba ante el déficit descontrolado tras la crisis financiera que comenzó con la caída de Lehman Brothers.
No faltaron los duros críticos que aseguraban que la economía se hundiría en la recesión y el desempleo se dispararía. El debate se instaló entre los partidarios de "estimular la demanda" mediante más gasto público y la postura de Schwarzenegger, que soportó el costo político y dejó la gobernación en 2011 con la popularidad en mínimos, un desempleo del 12% y un déficit de 20.000 millones de dólares.
El sucesor del actor fue el demócrata Jerry Brown. En su discurso de asunción, y ante el gobernador saliente, admitió que California debía afrontar las medidas de austeridad más duras, evitó la crítica a su antecesor y se concentró en la gestión.
Los impuestos fueron elevados por el gobernador demócrata, mientras que el gasto público mantuvo los duros recortes de su predecesor.
Según The New York Times, tras cuatro años de ajuste, el estado de California anunció que las cuentas fiscales registrarán un superávit de entre US$ 1.200 millones y US$ 4.400 millones en 2014. Las cifras se explican por el aumento de la recaudación impositiva por la mayor actividad económica, la mejora en el resultado de las inversiones realizadas en el mercado de acciones, la reactivación de la compra-venta de propiedades y fundamentalmente por la liquidación de grandes inversiones que tenían por delante la pérdida de los beneficios fiscales de la era Bush.
Todavía es prematuro anticipar que el ciclo económico para ese estado permitirá mantener cuentas superavitarias, pero los resultados similares de Wisconsin, Connecticut y Utah animan a pensar en un cambio de ciclo, que surgió tras un gran esfuerzo de los políticos demócratas y republicanos que asumieron el costo político del ajuste. Con superávit fiscal, el sector privado tiene más estímulos para desarrollar la inversión y la creación de puestos de trabajo.
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