Venganza o perdón: ¿qué nos causa más placer?

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Protagonista de tragedias griegas y películas de la mafia italiana, la venganza ocupa en la historia un lugar no solo en el cine y en la mitología. Las noticias policiales suelen tenerla como motor frente a hechos tan incomprensibles como aberrantes.

Pero ¿qué es en verdad la venganza? "Es un acto que tiene por objetivo ocasionar un dolor muy grande –imaginario o real– a la persona que produjo un agravio, una afrenta importante a quien urde vengarse", aseguró la licenciada Adriana Guraieb (M.P. 28.816), full member de la Asociación Psicoanalítica Internacional y miembro titular en función didáctica en la Asociación Psicoanalítica Argentina.

      

Según la especialista, ésta "suele producir un sentimiento de placer mientras se la va planificando, porque el rencor y el resentimiento guardados pujan por su descarga".

Desligándola del contexto mitológico o cinematográfico, cuando una persona decide vengarse es capaz de provocar fatalidades: "Puede llegar a la tragedia. En Argentina tuvimos el caso de Barreda, Adriana Cruz, el del reciente condenado Aldalberto Cuello", dijo Guraieb, y manifestó que al vengador "no le alcanza o no puede tener los tiempos de la justicia legal, o desconfía de la misma y decide hacer 'justicia' por fuera de la establecida".

Justicia o venganza

La especialista sostuvo que es frecuente la confusión entre justicia y venganza, porque todo ser humano tiene un sentido propio subjetivo de cada acontecer, el cual no siempre coincide con el concepto de justicia: "Cuando interpretamos que se nos ha tratado injustamente, nace en nosotros el impulso de que no nos agravien, porque la dignidad es un derecho".

Por eso, continuó la psicóloga, "cuando tenemos deseo de planificar una venganza porque tenemos aún rencor y resentimiento, lo que se busca es que el daño sea reparado".

Cuál es "el circuito de la venganza"

Se inicia por la necesidad de devolver el mal recibido y, sumado a la impotencia de hacerlo, se genera un sentimiento de rencor y resentimiento. Eso es una autointoxicación psíquica constante, producto de la represión, de la descarga de emociones y de afectos que quedan `atragantados´ dentro de "la persona, que se siente débil por no expresarse y que se va volviendo amargada, rumiando broncas. Entonces crece su hostilidad y comienza a tornarse una obsesión (el pensar en el acontecimiento que la dañó) hasta convertirse en sed de venganza".

En ese punto es cuando comienza a planificar el desquite, a tomar revancha; se vuelve cada vez más susceptible y se siente herido con suma facilidad ante cualquier comentario. "Es un circuito ciego, pleno de insatisfacción".

Cómo es la personalidad del "vengativo"

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Según explicó Guraieb, tanto el vengador como el resentido no pueden perdonar ni perdonarse, y eso habilita las peores situaciones, entonces el vengador queda atrapado en sentimientos negativos y busca constantemente diferentes situaciones: "Equilibrar la balanza", "Dar una lección", mostrarle al `agresor´que no le va a salir gratis su ofensa y que "así no va a quedar".

El vengador se posiciona en una función moral buscando justicia. También juega a "salvar la dignidad" y mostrar al agresor y a quienes lo rodean –los testigos de la agresión– que es una persona que no se va a dejar avasallar porque tiene valor y poder.

Desde la mirada del psicoanálisis, los vengadores poseen inestabilidad emocional, pesimismo acentuado, recuerdo obsesivo del agravio padecido, son susceptibles a la mínima crítica, poseen sentimiento de proteger la dignidad mediante un acto contraofensivo y su autoestima está fragilizada.

"Sabemos que a lo largo del tiempo la violencia, las injurias y las injusticias abundaron por doquier, para ser parte de la condición humana y que –desde la más temprana infancia– la rabia y la frustración acompañan el desarrollo infantil", explicó la especialista.

Algunas personas quedan fijadas a situaciones que no pudieron superar, y la fantasía de vengarse se pone en marcha. Y si bien se les enseña a los niños que el rencor y la rabia no son buenos, lo cierto es que ante la amenaza de ser agredidos o ante una frustración reaccionamos listos a defendernos y, de ser necesario, atacamos.

"Yo no hablo de venganzas, ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón"

Tal como lo dijo el genial Jorge Luis Borges, el olvido puede ser aún más hiriente que el cobrar venganza. Pero del otro lado del rencor está el perdón.

La tradición judeocristiana habla del perdón, y la psicología incorporó este concepto como una poderosa herramienta terapéutica "para aliviar el sufrimiento, tal vez no fácil de trabajar, pero muy potente en los resultados", sostuvo la terapeuta.

El elemento en común y que borra las diferencias entre venganzas femeninas y masculinas es que "todos los procesos de venganza intentan restaurar un equilibrio perdido por un vínculo que nos ha herido profundamente y que se percibe por el vengador como una verdadera injusticia; entonces, a través de la venganza se pretende causar un daño semejante o parecido al que recibió".

El poder curativo del perdón

La venganza puede tener consecuencias para la salud de los individuos y en una sociedad. "Si bien se habla del dulce sabor de la venganza, en realidad deberíamos hablar del sabor agridulce de la venganza, mientras que los beneficios del perdón han sido implementados no sólo por la religión sino también por la psicología como camino de salida del rencor, el resentimiento y la venganza. Saber perdonar mejora la calidad de vida y previene depresiones y crisis de ansiedad".

El perdón se define como una reducción en la motivación de dañar al agresor o a la relación del agresor y simultáneamente un aumento de la motivación de actuar de modo favorable para el agresor o para la relación con el agresor. Etimológicamente, la palabra deriva del latín donnum, que significa "don" o "regalo". La preposición per significa "intensidad o totalidad" y donare significa "traspasar uno graciosamente a otro alguna cosa o el derecho que sobre ella tiene" (según el diccionario español Corominas, 1986). "Por lo tanto, concluimos que el perdón es un indulto, un eximir de los cargos y de la obligación a reparar –sin tener méritos para ello– de una acción del otro que nos ha perjudicado", sostuvo en un escrito el doctor Enrique Obstfeld, director de la Escuela de Psicosomática Psicoanalítica de España y sub director de la Fundación Chiozza.

La diferencia que existe entre disculpa y perdón es que, mientras que en la primera se exime de la reparación mediante la negación del acto doloso, en la segunda se exime de la reparación del daño como un acto generoso del damnificado que no niega el daño sufrido. Claro está que "ese acto generoso puede lindar con el masoquismo –cuando, aun sin negar el daño, no se toma en cuenta que el no pedir reparación puede afectarnos seriamente–; en ese caso, el perdón sería maníaco, una actitud omnipotente.

"Podemos concebir otro perdón más `depresivo´, que es el de aquel que toma a su cargo la responsabilidad por los daños sufridos, porque tiene con qué responder por ellos, tiene para `regalar´. Según M. Klein, la posibilidad de amar depende de la capacidad de otorgar perdón. Desde nuestra óptica podemos pensar que el proceso debería ser al revés, es decir, cuando tenemos la capacidad de amar, tenemos la capacidad para perdonar. La capacidad de amar es producto de tener incorporado un objeto interno por el cual nos sentimos amados y con el cual nos identificamos", señaló Obstfeld.