Disciplina: ¿mala palabra en las escuelas argentinas?

¿Facilismo o nueva convivencia? Para algunos de los docentes consultados por Infobae.com, el orden y la autoridad son mal vistos; otros creen que la institución lidia bastante bien con una situación que no ha generado 

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"Hay un principio general de facilismo que ha venido de arriba desde hace mucho tiempo: cada medida que se adopta es para facilitar que no haya sanciones, que no haya exámenes, que el chico no se traume", sostiene Horacio Sanguinetti, ex rector del Colegio Nacional Buenos Aires (de 1983 a 2007), ante la consulta de Infobae.

Aún así, cree que la falta de disciplina es un fenómeno "irregular" que "depende de la escuela y muchísimo del director, cuya calidad incide enormemente en este tema". "En el Buenos Aires -recuerda- teníamos una fórmula consensuada, podemos discutir todo pero hay tres cosas dogmáticas: no se puede perder tiempo, porque la educación es gratuita para el alumno pero alguien la paga, no se puede ofender a nadie y no se pueden romper los bienes públicos, y eso se respetaba a rajatabla; si había una conducta como la vuelta olímpica a fin de año, que reunía las tres cosas, era perfectamente sancionable y nadie lo objetaba".

Para Vilma Saldumbide,  rectora del ILSE (Instituto Libre de Segunda Enseñanza) y psicóloga especialista en adolescencia y familia, "el concepto de disciplina ha tenido un giro muy importante, como lo han tenido los vínculos en los últimos años, pero lamentablemente dentro de las escuelas no ha cambiado siempre para bien". "La disciplina, explica, ahora llamada pautas de convivencia, o el nombre que se le quiera dar, está resultando muy trabajosa porque de una forma de ser, vivir y relacionarse mucho más rígida y pautada, se está pasando a una más laxa, en la cual es más difícil regular las relaciones humanas, con una simetría entre alumno y profesor que a veces impide la clase: yo soy igual a vos, y si quiero lo hago y si no, no".

Discrepa con esta visión el ex ministro de Educación de la provincia de Buenos Aires, Mario Oporto, quien está convencido de que "la disciplina sigue siendo un valor importante en la escuela y los progresos que se han dado en los últimos tiempos con los acuerdos de convivencia son tan importantes, que la escuela puede dar clases todos los días, en la mayoría de las situaciones, siendo tan agredida desde afuera".

Según su visión, "no es la escuela la que provoca esta situación ni se ha olvidado de la disciplina y el orden sino que tiene que lidiar con fenómenos muy novedosos de violencia extraescolar". "Pero bajo el rótulo de violencia escolar, dice Oporto, los medios presentan a una señora que le rompe la cabeza a una directora, a otra condenada por darle una paliza a un director y a dos alumnas que se acuchillan afuera de la escuela por peleas extraescolares. Eso le hace mal a la institución, que tiene que lidiar con ese panorama extraescolar y que forma parte de una crisis mucho más compleja. Y lo hace desde un valor fundamental que es la disciplina. No un orden y disciplina de tipo militar sino una organización del trabajo".

"La sociedad se ha vuelto mucho más violenta, lo que también explica la crisis en la organización familiar y hace que algunos padres no vean en el docente el aliado indispensable para el crecimiento de sus hijos sino un enemigo para éstos. La escuela resuelve estos temas la mayoría de las veces y los previene pero no siempre puede hacerlo", agrega el ex ministro, que sigue trabajando en la docencia.

Derechos versus responsabilidades

Claudio Chaves es profesor de Historia y director del CENS Nº5, un  secundario de adultos en la ciudad de Buenos Aires. Cree que "en los últimos 30 años hubo una tendencia, no sólo en la escuela sino en todos los ámbitos de la vida, por la cual lentamente las responsabilidades fueron dejadas de lado, y dentro de esas responsabilidades está la de la disciplina, el ser una persona ordenada, que respeta los marcos de las instituciones, en el trabajo, en la vida pública, en la familia, en la escuela".

"Es un fenómeno general, dice Chaves, y tiene que ver con que se empezaron a priorizar los derechos por encima de las responsabilidades. El derecho es ciertamente un valor, pero es un valor que remite al individuo. En cambio la responsabilidad es un valor social: tengo la responsabilidad de estudiar, conducir un grupo, trabajar; todo lo que tiene que ver con la responsabilidad revierte en un bien social, es en beneficio de todos. Esta excesiva demanda de derechos -que no es patrimonio de los argentinos sino un fenómeno universal- ha hecho olvidar cosas que tienen que ver con la comunidad. Uno de los valores a respetar cuando se vive en comunidad es la disciplina, el orden, la armonía, el respeto".

Para Chaves, además, "en la escuela incide un clima ideológico que hace que todo lo que tiene que ver con orden y disciplina suene a militar, a policía, y eso en nuestro país está muy mal visto, desde el gobierno mismo se promueve esa imagen".

Sanguinetti habla de un movimiento pendular: "Durante el Proceso hubo un exceso de disciplina. Por ejemplo, se podía dar 10 días de suspensión por tener corrida la vincha… Ahora no se puede ni hablar del uniforme, pese a que tiene muchas ventajas, porque se abusó en el pasado. Tenemos que volver a una disciplina razonable, fijar ciertas pautas fundamentales, compartidas, todo el mundo sabe lo que está bien y lo que está mal y los chicos lo aceptan. Los que a veces no lo aceptan son los padres que seguramente fueron las víctimas de aquel Proceso y que entonces tienen una conducta muy permisiva".

También Chaves ubica el comienzo del problema en aquel período: "Hace 30, 40 años, se dio el fenómeno de la autoridad que se impone sin aceptación del conjunto, es decir, el autoritarismo. La contracara de esto es que nos hemos ido al otro extremo: todo lo que implica normativa, reglamento o deberes suena a imposición de una autoridad que uno no reconoce. Entonces hay una especie de moral a la carta, hago lo que tengo en la cabeza".

La escuela que contiene

Aunque no coincide con el diagnóstico de laxismo, Mario Oporto admite que buena parte de la opinión pública tiene esa visión de la escuela. ¿A qué se debe? "Una razón –dice- es que la escuela, al democratizarse, abrir sus puertas a todos y al no excluir ni seleccionar previamente a los alumnos, ha hecho que todas las contradicciones, crisis y problemas se resuelvan en su interior. Antes había una selección previa, examen de ingreso, procesos de exclusión mucho más rígidos".

Oporto está convencido de que la escuela de hoy es más inclusiva: "Antes la secundaria atendía, con una selección previa, al 50% de los chicos y ahora llega al 80%, eso acrecienta las dificultades". Él aplaude esta escuela que contiene a todos y en el caso de la primaria pone el ejemplo de la decisión del Consejo Federal de Educación y del ministro Alfredo Sileoni, de eliminar la repitencia en primer grado o, dicho de otro modo, que el primer grado dure dos años.

"Escucho a los críticos decir que no se valora el esfuerzo. ¿Alguien puede pensar con seriedad que el chico que repite primer grado lo hace porque es vago, porque no se esforzó? ¿O es porque tiene otra problemática? ¿Por qué no podemos poner los objetivos a dos años y no a uno? ¿Quién dijo que un grado tiene que durar un año?"

Hacer repetir primer grado a un niño "lo estigmatiza por el resto de su vida escolar y no hay nadie que haya mostrado que la repitencia mejora el aprendizaje", asegura. "Las críticas a esto forman parte de esa visión de que tenemos una educación facilista, dice. Pero lo facilista para un docente es no ocuparse del pibe que tiene dificultades. La estrategia docente tiene que ser fortalecer al que tiene debilidades".

Chaves, en cambio, critica esta idea de la escuela contenedora: "Docentes y directores no tienen autoridad en la escuela. Se puede ejercer la autoridad, pero llegado el momento no te respalda el supervisor o el ministro. No pasa actualmente en la Ciudad, pero sí en otros distritos, donde se da el caso de que un alumno le pega a un profesor y es el profesor el que se tiene que ir. Y acá viene el tema de la contención: parece que la función de la escuela es contener, entonces se pierde el valor académico, el valor de los conocimientos, porque el alumno tiene que quedarse en la escuela como sea: indisciplinado, violento y que no estudie".

Oporto sostiene que "la escuela debe ser exigente porque si no exige, estafa". Pero aclara: "Exigencia no en el sentido de autoritarismo sino para crear un clima de trabajo y para esto tiene que haber orden, disciplina, solidaridad, equipo y mucho acompañamiento. No se resuelve el problema expulsando al chico que tiene dificultades".

Vilma Saldumbide, quien también es titular de la cátedra Didáctica I de la UBA, advierte: "A la disciplina siempre la tomamos como un contenido sumamente importante para la didáctica porque sin un marco de respeto, de orden, de que se escuche al otro, de que tenemos cada uno un rol diferenciado dentro del grupo, es imposible que circule el conocimiento y que podamos apelar a esto que tanto nos llenamos la boca que es la calidad educativa".

Los alumnos piden límites

"Los cambios en las relaciones, dice Saldumbide, acumulativamente han dado lugar a la pérdida de muchos soportes de antes del manejo interno de la convivencia que no han sido reemplazados o han sido remplazados por otros que no son suficientemente válidos: no se ha podido instrumentar una continuidad de vínculos que respete los cambios de época, sin llegar a los límites de anomia y caos que muchas veces vemos hoy en las instituciones".

"Ha habido una desvalorización de la autoridad docente y de la de los padres, agrega. Incluso a nivel familiar se da esta falta de encuadre, también allí hay simetría y muchísimos padres no pueden sostener un sí o un no porque hoy todo está tan distorsionado que hay temor a la reacción de los chicos. Esto descoloca al chico que necesita un marco de referencia, necesita límites. Hoy hay mucho miedo a los límites, porque parece que poner límites es autoritarismo, cuando en realidad es amor y contención. Te cuido, te limito y te protejo porque te quiero, no te estoy cercenando".

Sanguinetti cree que es posible corregir esta situación; restableciendo "en lo esencial ciertos valores fundamentales", sin por ello caer "en la disciplina germánica de los años 50".

También él señala preocupación por "el menosprecio social hacia el docente que antes tenía un prestigio inmenso y ahora le toman el pelo en la televisión, en la radio". "O se lo toman a sí mismos", agrega en relación a la parodia que hicieron los maestros en una escuela porteña. "Lo que más me dolió de esa parodia, aparte de si fue o no una insolencia, es la increíble torpeza intelectual, la incapacidad creativa, el mamarracho intelectual, lo vergonzoso de que haya docentes que escriban esa obra".

Claudio Chaves, autor de La gestión escolar en tiempos de libertad, coincide con sus colegas en que los alumnos quieren disciplina: "Cuando uno le pregunta a los chicos cómo les gustaría que fuese un docente, dicen: primero, que venga todos los días, segundo, que sepa y que enseñe, tercero, que me sepa ordenar y guiar. El pibe necesita ese orden porque sin ese orden le cuesta mucho estudiar. Y esto sale de una encuesta que está en manos del ministro Sileoni pero que todavía no se publicó".

"El adolescente quiere ser disciplinado, asegura. Cuando uno lo disciplina, protesta, pero ésas son las reglas del juego. El alumno que aprueba con un maestro exigente, se siente un gigante, se siente valorado. Aunque en el presente le moleste la exigencia, cuando pase el tiempo va a recordar que ese docente lo valoró, que cuando superó esa prueba con ese profesor, se dijo 'soy bueno entonces'".