Óscar Raúl Barrientos tiene 19 años, y su única familia es la mara que lo obligó a asesinar a su progenitor. Como trofeo por el parricidio, le tatuaron las siglas MSX3 en la parte interna de los labios. Esa es la marca, oculta e indeleble, de que pertenece a la pandilla.
"Nunca tuve una familia. Mi mamá me abandonó cuando tenía un año y cuatro meses, y mi padre fue un canalla, jamás me quiso. La mara es mi verdadera familia", declaró el joven ese día. Esta declaración explica por qué es tan difícil conseguir información sobre las maras en territorio sudamericano. Los códigos internos hacen que ninguno delate a su compañero, por más buen trato que la Justicia prometa a cambio.
La investigación del diario colombiano El Tiempo detalla lo poco preparados que están los sistemas sudamericanos para detectar a estos grupos ilegales. Ninguno de los países de la región están preparados para lidiar con esta cofradía. Y ninguno tiene datos certeros de cuántos son o de cómo se movilizan.
"Sus códigos de conducta indican que si hablas con la policía eres hombre muerto. Tienen un lema: 'Vives por la mara o mueres por la mara'", le explicó al diario colombiano Evelyn Villarreal, investigadora del Programa Estado de la Nación, de Costa Rica.
"Ya no es tan fácil identificarlos -dice Villarreal-, en los últimos años se ha ido quitando la costumbre de tatuarse todo el cuerpo, incluido el rostro". Esto, para no levantar sospechas de las autoridades. Según esta investigadora costarricense, las maras también diversificaron sus actividades: "Antes se dedicaban a la extorsión de los vecinos como principal actividad, ahora se complica el panorama, porque se ligaron a grupos de narcotráfico, de armas y de personas".
Laura Etcharren, socióloga y autora del libro Las maras, estado embrionario en Argentina, dijo que desde que la ley que en el 2010 prohibió las maras en El Salvador, pudo haberse generado el éxodo de algunos de sus miembros hacia otros países, aunque, según ella, estos grupos se vienen gestando en Suramérica desde el año 2000 y comienzan como pequeños parches que luego se vinculan con narcotraficantes.
"Hay maras locales e importadas. En Perú, reciben flujos informativos, vía tecnológica y presencial, de miembros de la mara Salvatrucha que son perseguidos en sus países de origen y saben que América del Sur devino en un centro especial para la creación de nuevas organizaciones criminales", aseguró Etcharren.
De acuerdo con el último informe de Naciones Unidas, en la actualidad operan en América Central más de 900 maras, que tienen unos 70 mil miembros. Los países más peligrosos son El Salvador, Guatemala y Honduras. La mara Salvatrucha y la mara 18 (enemigas acérrimas) de El Salvador son las más antiguas, las más numerosas, organizadas y extendidas en Centroamérica.
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