¿La indignación puede ser una política?

Ante el riesgo de extinción del ardor de la protesta de los acampados en Madrid y otras ciudades de España, surge el interrogante de qué destino puede tener el movimiento de la Puerta del Sol

Guardar

¿Es productiva la indignación? ¿Es un valor en sí mismo? Me indigno, luego ¿soy revolucionario? ¿Puede organizarse algo coherente en torno a un sentimiento común a gente tan diversa? ¿Puede una reacción desencadenada por situaciones de índole muy diferente -a veces hasta contradictoria- dar forma y sentido a la acción política?

Como bien lo señaló el filosófo español Daniel Innerarity en una columna en el diario El País, indignados están, tanto "los que creen que el Estado de bienestar disminuye" como "los que consideran que está yendo demasiado lejos, los que piensan que ya hay demasiados extranjeros, los fanáticos de todo tipo", etcétera.

En Francia, país desde donde llegó la convocatoria a la indignación, bajo la forma de un opúsculo escrito por Stéphane Hessel, Indignez-vous (ver nota relacionada), la polémica arde. Con el título "¿La indignación es una política?", la revista Courrier International, por ejemplo, da cuenta del debate: "Los miles de españoles que manifiestan desde el 15 de mayo en Madrid" son, para unos "la expresión de un populismo bienvenido"; otros desconfían de quienes "se contentan con estar en contra de" o bien advierten que "a falta de líder, ese movimiento corre el riesgo de no ir a ninguna parte".

"La indignación no es un valor, sino una reacción (...) compatible con todos los discursos", escribió en la revista L'Express el también filósofo Raphaël Enthoven.

Tanto éste como Innerarity insinúan, incluso, que se trata de una pose conservadora, la famosa "indignación moral" que repugnaba a los hombres de acción. "Pedir a la gente que se indigne equivale a darles la razón para que continúen como hasta ahora, viviendo en una mezcla de conformismo e indignación improductiva", escribió el español, mientras que, para Enthoven, la indignación es "esencialmente conservadora y de mala fe, ya que necesita causas como la caridad necesita pobres: su propósito no es cambiar el mundo, sino encontrar ocasiones para quejarse de él".

Esta postura se emparenta con la de la filósofa Hannah Arendt que señalaba el peligro de una "política de la piedad", un sentimiento sutil que, para su existencia, depende del infortunio de otros. A la piedad, Arendt le contraponía la solidaridad, como "un principio [que puede] inspirar y guiar la acción".

"La indignación es una miopía deliberada, una ceguera voluntaria, escribe Enthoven en uno de sus párrafos más duros. El indignado se niega a ir más allá del espectáculo que lo indigna: separando los hechos de los mecanismos que los han generado, la indignación permite a cada individuo juzgar sin entender".

El francés ataca también esta postura porque permite evadir el verdadero compromiso: "Poco importa que la indignación culmine en la impotencia: lo esencial es indignarse, lo que no obliga a nada".

El politólogo Stéphane Rozès tiene una mirada más indulgente: "Indignez -vous es un librito sobre la voluntad de hacer posible lo que es deseable. Conlleva el riesgo de caer en la postura de las buenas conciencias. Aunque también dice que la indignación es necesaria, pero no suficiente". Rozès reconoce, sin embargo, que existe el peligro de que "los individuos se indignen y luego se replieguen sobre sí mismos" y admite que "si la cuestión moral sustituye a la de la política sin abrir perspectivas, puede suscitar abstención (del voto)".

No es casual que estos movimientos vayan acompañados por diferentes formas de rechazo a la política, a la dirigencia, a los partidos: llamados a boicotear los procesos electorales, pedidos de que se vayan todos, entre otros.

Si la indignación, como dice Enthoven, le ahorra a quien la siente el trabajo de buscar los mecanismos detrás de los hechos, no habrá una base común para resolver de qué modo actuar y no habrá forma de pasar del rechazo a la construcción. La movilización argentina del año 2001, que acabó con un gobierno, enfrentó la misma disyuntiva. Animada, entre otras cosas, por un fuerte rechazo a la política ("que se vayan todos" fue su lema), no pudo dar el paso del estado asambleístico al orgánico, ni provocar la renovación dirigencial a la que aspiraba. Los mecanismos de la política siguen viciados, desde la poca democracia en la elaboración de las listas de candidatos hasta la negativa de éstos a debatir públicamente, pasando por el clientelismo, el nepotismo y el favoritismo en el uso de los fondos públicos, todos los vicios de la política que generaron la gran indignación están intactos casi una década después.

Innerarity apela al concepto de "era de la política negativa", del historiador francés Pierre Rosanvallon, para exponer el problema de este modo: "Quienes rechazan [hoy en España] no lo hacen a la manera de los antiguos rebeldes o disidentes, ya que su actitud no diseña ningún horizonte deseable, ningún programa de acción. En este panorama, el problema es cómo distinguir la cólera regresiva de la indignación justa y poner esta última al servicio de movimientos con eficacia transformadora."

En la madrileña Puerta del Sol, muchos acampados pedían en las asambleas que "de una vez" termine de concretarse el manifiesto con las reivindicaciones principales del movimiento Toma la Plaza, al notar que cada vez son menos los que acuden a las concentraciones iniciadas hace diez días. Otras acampadas, como las de Barcelona y Sevilla, ya habían logrado plasmar en un documento común sus exigencias. Finalmente, en respuesta al reclamo, Madrid consensuó algunos puntos, cuya vaguedad salta a la vista:

1) Reforma electoral encaminada a una democracia más representativa.

2) Lucha contra la corrupción.

3) Separación efectiva de los poderes públicos.

4) Creación de mecanismos de control ciudadano.



Base para actuar

Lo "genial" de la indignación, dice Enthoven, es que "procura el sentimiento de ser iconoclasta perteneciendo al mismo tiempo a la mayoría (...); tiene un aire de revuelta pero es un sedante".

Corresponde aclarar que, a diferencia del filósofo español, la columna de su colega francés fue motivada por el best seller de Hessel, (Indignaos, en la traducción española) y escrita antes de la revuelta madrileña.

Ciertamente, sería injusto sostener que la multitud autoconvocada en la Puerta del Sol no tiene otras motivaciones que las de sumarse a una moda o tranquilizar su conciencia a bajo costo. Pero son válidos los interrogantes acerca del destino de un movimiento surgido de una reacción emocional, del hartazgo, del malestar frente a la injusticia, pero sin objetivos claros y quizá sin compartir siquiera categorías de análisis comunes acerca de la realidad que vive España. Como escribió el tres veces presidente de la Argentina, Juan Domingo Perón, en su manual Conducción política, "ver, base para apreciar; apreciar, base para resolver; y resolver, base para actuar".

El propio Hessel parece conciente de los riesgos de su convocatoria. En una entrevista emitida por la radio española RAC1, dijo que el movimiento de los "Indignados" carecía de líderes capaces de darle una dirección: "Está bien que estos jóvenes salgan a la calle, y se quejen de las cosas, pero es más importante aún que sepan por qué cambios en la sociedad están trabajando".

Cómo pasar de la indignación a la acción. O de la piedad a la solidaridad, en términos de Hannah Arendt. Cómo apreciar para resolver y, en consecuencia, actuar.

Es el desafío que deben enfrentar ahora los jóvenes que acampan en la Puerta del Sol, a riesgo de caer en la antipolítica, es decir, de rechazar la única herramienta posible de cambio.