Los suicidios a lo bonzo alarman a los regímenes árabes

Un hombre se prendió fuego en Egipto y otro lo hizo en Mauritania, ambos por motivos políticos. Ya son nueve los émulos de Mohamed Bouazizi, quien desató la revolución tunecina

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Cuatro personas se inmolaron intencionalmente en Argelia, un hombre lo hizo frente al palacio presidencial de Nuakchot, Mauritania y cuatro más en El Cairo, Egipto, uno de ellos en las puertas del Parlamento. En todos los casos, fueron inspirados por el ejemplo del vendedor ambulante tunecino Mohamed Bouazizi, quien dio inicio a la saga en diciembre.

La policía destrozó su pequeño puesto de venta de verduras por no tener la licencia impuesta por el gobierno. Su reacción provocó la revuelta contra el hoy derrocado Ben Alí, quien se refugió en Arabia Saudita -estiman que se llevó 1,5 toneladas de oro en su huida- dejando el país en medio de una profunda crisis socioeconómica.

El ejemplo de Bouazizi, potenciado por la repercusión mediática y el éxito posterior de la lucha popular que representaba, causó una enorme impresión en el mundo árabe y puso sobre la superficie la cruenta opresión en la que viven las clases bajas de muchos de los regímenes que lo gobiernan.

La ola de suicidios a lo bonzo parece no tener fin, después de los dos conocidos este lunes en Egipto -donde ya hubo otros tres casos- y Mauritania. Un dato llamativo es que el fenómeno se propaga a pesar de ser contrario a los preceptos del Islam, según expresó claramente el muftí de la República de Túnez, Otman Batik.

Los antecedentes históricos de suicidios de este tipo siempre han estado relacionados con regímenes autoritarios, por lo que son muy temidos por esa clase de gobiernos. Según diversas fuentes, el primero en hacerlo fue un monje budista, Thich Quang Duc, quien lo hizo como protesta por la opresión que sufría en Saigón, Vietnam, en 1963.

En 1968, Ryszard Siwiec lo hizo en Polonia como protesta por la invasión rusa a Checoslovaquia. Cuatro meses después, el checo Jan Palach se inmoló en la plaza San Wenceslao por la misma razón. En 1972, el estudiante lituano Romas Kalanta marcó otro hito al generar las revueltas más intensas en el país báltico tras la II Guerra Mundial y previas al hundimiento de la Unión Soviética.