Todo empezó el 27 de octubre pasado cuando las autoridades del puerto nigeriano de Lagos interceptaron un barco proveniente de Irán con destino a Gambia que transportaba varios contenedores cargados de armas.
Esto generó el inmediato enojo de las autoridades de Dakar, reacción entendible si se echa un vistazo al mapa (ver foto relacionada): Gambia, el supuesto destinatario del incómodo cargamento, es un país ubicado en el vientre mismo de Senegal, una cuña heredada de la estrategia colonial británica. Al parecer, el gobierno gambiano está embarcado en una carrera armamentista que no puede menos que inquietar al vecino.
El 13 de noviembre pasado, Dakar había expresado oficialmente su preocupación por la amenaza que semejante operación de tráfico de armas desde Irán representaba para la paz y la seguridad en la región. Según la prensa senegalesa, el gobierno del presidente Abdoulaye Wade (en la foto con su par iraní, Mahmud Ahmadinejad) sospecha que las armas tenían por destinatario último al grupo independentista Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance, región sur del país que limita con Gambia. El MFDC está en rebelión armada contra el gobierno desde hace 20 años.
"El presidente gambiano, Yahya Jammeh, es un diola [etnia mayoritaria en esa región] originario del sur de Senegal y no duda en inmiscuirse en los asuntos de Casamance y sostener a una facción contra la otra", explicó un periodista senegalés al diario francófono, Jeune Afrique.
La reciente visita a Senegal del ministro de Relaciones Exteriores de Irán, Manucher Mottaki (a horas de su defenestración por el presidente Mahmud Ahmadinejad), llevando un mensaje de explicación sobre el asunto de las armas, no satisfizo a las autoridades senegalesas. Es comprensible: el cargamento tenía por destino la residencia del presidente gambiano Yahya Jammeh.
En todo caso, CMA CGM, la transportista francesa responsable del envío -que afirma no haber tenido conocimiento de su verdadero contenido-, confirmó haber embarcado los trece contenedores -diez de ellos cargados de granadas, obuses de mortero y municiones- en el puerto iraní de Bandar Abbas. Y dos empresarios de ese país, tenidos como responsables del envío, se refugiaron en la embajada de Teherán en Abuja, la capital nigeriana, apenas conocido el escándalo.
Por otra parte, la embajadora estadounidense en Dakar, Marcia Bernicat, dijo al presidente Wade que Washington tenía la certeza de la responsabilidad de Irán y Gambia en el asunto.
Esto explica el comunicado emitido por la cancillería senegalesa, poco después de la visita de Mottaki: "Senegal, fiel a las exigencias de paz y seguridad que deben gobernar las relaciones entre Estados y estimando que las explicaciones provistas sobre este caso por la parte iraní no son satisfactorias, ha decidido llamar a consulta a su embajador en la República Islámica de Irán".
Amistad traicionada
El costo no es menor para Teherán, ya que sus relaciones con Senegal eran hasta ahora excelentes y es lógico que Dakar se haya sentido traicionado al enterarse de que un país amigo estaba proveyendo de armas a un vecino incómodo y, tal vez, con destino último a un movimiento separatista armado.
"Es triste que Irán nos dé semejante golpe con todo lo que Senegal ha hecho por ese país, dijo un diplomático senegalés al diario local Le Quotidien. ¡Pensar que nuestro compromiso junto a Irán nos ha valido tantas enemistades e incomprensión en el mundo!".
El ahora ex canciller Mottaki dijo a las autoridades de Dakar que ese tráfico de armas era un asunto privado. Pero no pudo convencerlas de la inocencia de su gobierno. "Irán es un Estado policial. No es posible que semejante transacción con armas de guerra y por un valor de más de veinte millones de dólares tenga lugar en las narices del gobierno iraní", dijo un alto dirigente senegalés al citado diario.
El gobierno de Wade está llegando pues a la conclusión de que la amistad de Irán no vale lo que le cuesta a su país en materia de críticas internacionales.
El problema para Teherán no empezó allí. Nigeria, que era el país de tránsito del embarque disimulado bajo el rótulo de materiales de construcción, no dudó un minuto en denunciar el caso -una violación al embargo militar dictado por la ONU contra Irán- ante el Consejo de Seguridad. Siempre según Le Quotidien, fueron los servicios de inteligencia estadounidenses los que dieron el alerta a sus pares nigerianos acerca del barco con carga prohibida.
Finalmente, Gambia, supuesta destinataria de la incómoda carga de lanzagranadas y cohetes, rompió relaciones con Irán el 22 de noviembre pasado. ¿Por qué? El politólogo Babacar Justin Ndiaye adelantó dos hipótesis a Jeune Afrique: "O bien Gambia no quiere ser sorprendida con las manos en la masa y encontró en la ruptura de relaciones diplomáticas con Irán la forma de desmarcarse de todo este escándalo o bien su presidente Yahya Jammeh está verdaderamente contrariado por el decomiso de los contenedores y responsabiliza a Teherán".
En síntesis, el cargamento interceptado en octubre pasado abrió una crisis diplomática para Irán con tres países africanos amigos cuya consecuencia será sin duda un mayor aislamiento internacional para el régimen.
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