La droga llegó de la mano de un migrante que venía de Nueva York. Era la víspera de Navidad y se la ofreció a varios vecinos de Pueblo Nuevo (como le dicen a Romero Vargas), en el estado mexicano de Puebla. Según detalla para El Universal, la heroína se usaba dos veces por año, en las fiestas de Semana Santa y para Año Nuevo.
Durante años la droga se había mantenido en los estados de la frontera norte, pero en 1999 fue detectada en Puebla por la Subdirección de Investigación de los Centros de Integración Juvenil (CIJ), que depende de la Secretaría de Salud.
En México le dicen "tecatos" a los heroinómanos. Ellos roban, piden dinero en las calles, se intercambian jeringas, se hieren y hasta mueren por ella. Hoy ha convertido a Puebla en el cuarto estado con más casos de consumo, según reportan los CIJ. Se ubica por debajo de Chihuahua, Baja California y Nayarit.
Los adictos tienen cicatrices de consumo en Romero Vargas, pero también tienen cortes y marcas producidos por los intentos de suicidio. Esteban G., coordinador de un centro para adictos llamado Liberación, dice que en los últimos años el consumo de heroína se ha incrementado de manera alarmante en Romero Vargas. El 90% de los pacientes que llegan para curarse de una adicción, detalla, son consumidores de heroína.
Según El Universal, existen más de 20 grupos para adictos en Puebla, pero las disposiciones legales les hacen la tarea más difícil para trabajar con pacientes de heroína. "Ellos no pueden suministrar dosis controladas para los adictos que se internan, porque no está permitido, pero lo tienen que hacer, a menos que la familia esté dispuesta a comprar un tratamiento de metadona que tiene un valor de 1.700 pesos (más de 135 dólares)".
El médico Jorge Fuentes asegura que casi la mitad de los jóvenes de este municipio consume heroína. En lo que va del año, atendió a 50 pacientes por complicaciones. Coordina un grupo de adictos, que en un principio sólo trataba alcohólicos, pero en los últimos ocho años tuvo que empezar a atender heroinómanos.
Bruno Díaz, subdirector de Investigación de los CIJ, advierte que "un consumidor de drogas tarda, en promedio, 10 años en pedir ayuda a algún centro contra adicciones y además es difícil tener información certera de consumo, porque las familias siguen ocultándolo".
Por las noches, los adictos salen a las calles en busca de dosis que les quiten el malestar. Pocos piden apoyo a los centros de drogadicción, y según registros de grupos de ayuda, sólo uno de cada 70 pacientes se rehabilita.
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