"Yo soy Gatica, ¿se acuerda de mí? ?"

A continuación, la vida de este boxeador vista por uno de los periodistas que más datos reunió de lo momentos más importantes de su vida y que acompañó a la multitud en su camino hacia el cementerio de Avellaneda

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José María Gatica terminó sus días arruinado económicamente y con agudos problemas de alcoholismo.

Pocos le tendieron una mano, ni siquiera a los que el Mono (odiaba ese apodo) había ayudado en sus tiempos de gloria y de dinero a manos llenas.



Mucho se habló de la generosidad de su eterno rival, el fallecido

Alfredo Prada

, quien en aquéllos tiempos de "malaria", lo tuvo en cuenta cuando abrió un local gastronómico, la cantina

Nocaut

.



Gatica atendía a los comensales que le pedían autógrafos, dejaba tomarse fotos y aceptaba contar alguna de sus múltiples anécdotas. Un RRPP sin Internet, teléfonos móviles, pero de pocas pulgas. Si lo fastidiaban demasiado, "a otra cosa mariposa", decía y no se lo veía hasta el día siguiente.



Después, cuando el boliche cerró porque no funcionaba, se quedó si nada y no buscó reproches.


En su vida hizo lo que quiso,

dilapidó fortunas y llegó a vivir como un rey para terminar muriendo como un linyera.


Completamente olvidado, el 10 de noviembre de 1963 decidió ir a ver a Independiente ante River, en el estadio de Avellaneda.



No fue a vender muñequitos,

como dicen algunos. En la puerta de la cancha se encontró con un amigo que vendía diablitos rojos de peluche. Y recibió uno de regalo, con el que "sobornó" a un control, para que lo dejara pasar, además de chapear con un

"Yo soy Gatica, ¿se acuerda de mi? ?"

.



Como había bebido demasiado, se aburrió pronto y salió del estadio en pleno partido.



Junto a un amigo tomó el colectivo de la línea 295 que pasaba por la calle Alsina. De ahí siguieron hasta la avenida Mitre, hasta que pasaron el viejo puente Pueyrredón. Bajaron a tomar un vinito en un bar de por ahí,

El As

, entre las calles Herrera y Luján.

Se puso cargoso y la dueña le negó otra copa. El Mono salió furioso de la fonda y en la puerta vio que se acercaba otro 295, al que intentó subir en pleno movimiento, sin que el conductor lo advirtiera.


Gatica trastabilló y quedó colgado unos metros del pasamanos del colectivo, hasta que cayó al adoquinado, pasándole por arriba las recapadas ruedas traseras del vehículo.



Lo trasladaron al Hospital Rawson, y

según el parte médico, presentaba fracturas múltiples de cadera, luxación de vértebras, fractura de apófisis transversal de la cuarta vértebra, fractura de pubis y rotura de uretra.


Murió luego de dos días de agonía, cuando apenas tenía 38 años.


El país se conmovió con la triste noticia. De repente, todos se acordaban del inefable pugilista que llenaba el Luna Park en base a guapeza, puños de acero y desplantes que irritaban al más tranquilo de sus oponentes.



Convertido en leyenda, abanderado de los lumpen, a Gatica lo velaron en la Federación de Boxeo.



De ahí hacia el cementerio de Avellaneda, el féretro fue llevado a pulso, entre la multitud, en gran parte de su recorrido. Fueron muchas horas de tránsito lento. Hacía mucho tiempo que Buenos Aires no vivía un acontecimiento tan conmovedor y multitudinario.



Al llegar al cementerio hubo forcejeos, tal vez alguna riña para llevar el cajón hacia la cripta, quizás por aprovechamientos políticos, en medio de alguna corona con la faja de

Juan Domingo Perón

, en épocas en que éste estaba proscripto y residía en España.



José María Gatica, el Mono, o el Tigre, como le agradaba que lo apodaran, recibió cristiana sepultura ese 12 de noviembre de 1963. Fue el día en que su imagen, genio y figura, se convirtió en inmortal.


 

Oscar Lemos