Malvinas -esas dos grandes islas (la Gran Malvina y la Soledad) con su archipiélago de islas menores- debe su nombre a los balleneros franceses de Saint Maló, aunque su descubrimiento se atribuye a españoles, ingleses y holandeses.
Su soberanía se disputó por primera vez en 1770, cuando por su reivindicación España e Inglaterra estuvieron dispuestas a ir a la guerra.
En 1774, Inglaterra aceptó la dominación española y desde entonces, primero la corona y luego su heredera, las Provincias Unidas del Río de la Plata, afirmaron su soberanía.
El último gobernador de Malvinas fue el mítico Luis Vernet, pues en 1833 Inglaterra volvió a ocupar las islas bajo protesta del gobierno argentino, que nunca se desentendió, con mayor o menor fortuna, de esa reivindicación. Los reclamos a Gran Bretaña se extendieron hasta la ONU, la OEA y diversos foros internacionales.
En 1982, el gobierno militar de Leopoldo F. Galtieri decidió la ocupación militar de las islas, lo que produjo el inicio de las operaciones británicas.
La guerra fue cruenta. Gran Bretaña, a pesar de los reveses sufridos por parte de la aeronáutica argentina, contaba con el apoyo de los países alineados en la OTAN y la CEE, el auxilio de los Estados Unidos y de Chile, y estaba bien preparada para las acciones bélicas. Argentina carecía de material moderno y abundante y sólo tenía el apoyo moral de los Países No Alineados.
La comunidad internacional se movilizó para lograr una paz negociada, pero no pudo solucionarse el diferendo, sino cuando las fuerzas argentinas capitularon.
Las guerras dejan su secuela de desgracias, la mayor para Argentina fue la pérdida de vidas inocentes, jóvenes a veces trasladados desde zonas cálidas a un clima duro e inhóspito, sin material eficaz para su defensa, unidos por el amor a la bandera que habían hecho flamear en las islas.
No sólo quedaron tras la guerra las tumbas de los sacrificados, a las que recién pudieron acceder sus familiares a partir de 1999, sino también los desórdenes post-traumáticos de los que volvieron, a los que no se les ayudó a insertarse en la sociedad.
La suerte de los gobiernos que inician las guerras, en general con la idea de ganar prestigio, es disímil. Los militares argentinos, desprestigiados, debieron abrir en el país el proceso democrático. Margaret Thatcher, merced al triunfo británico, pudo recuperar una popularidad que en esos momentos se mostraba en decidida baja.
El futuro de esas islas a las que la historia, la geografía y la política las reivindican argentinas, es un problema que la diplomacia de nuestros gobernantes debe solucionar.
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